Socialización y escuela (2/3)

(Viene de Socialización y escuela (1/3)) En esta segunda entrega y, antes de seguir, voy a matizar qué entiendo por autonomía (véase Autonomía y heteronomía). Y, para empezar, quiero exponer aquello que no es. Para mí, y siguiendo a Maturana, la autonomía no implica la negación del otro; la autonomía no se realiza en oposición al otro. Así pues, según lo que yo creo, en la convivencia respetuosa con otras personas no se es independiente, sino autónomo. De esta manera, uno no deviene autónomo respecto a los otros desde la oposición a los otros, sino que la autonomía emerge cuando uno está centrado en el respeto a sí mismo, y, desde ahí, se da permiso para ser, existir, opinar, e, incluso, discrepar y, al hacerlo, esa discrepancia no se vive como una ofensa sino, todo lo contrario, como una oportunidad reflexiva.

Por lo tanto, la autonomía, desde esta óptica, es la base de la colaboración. Entonces, el espacio social y de convivencia que construimos de esa manera surge porque las personas que lo constituyen existen en esta autonomía y en el respeto hacia ellas mismas, de tal manera que no se han de disculpar por el hecho de ser ni de existir.

Esa autonomía, tal y como intuyó W. Reich (1897 – 1957), se construye desde la Autorregulación (véase Autorregulación) Y, entonces, ese espacio de convivencia, autorregulado, no crece desde la negación, sino que lo hace desde la escucha, el respeto y la participación.

Así pues, el arte de convivir, rescatando la idea de A. Maslow (1908 – 1970) (véase Motivación y aprendizaje o el sorprendente caso del Sr. Pink (1ª parte)), podríamos definirlo como la mutua Autorealización: la realización de uno mismo en comunidad, conjuntamente con otros, desde el respeto hacia uno mismo, hacia los otros y hacia el entorno que nos acoge y nos sustenta a todos.

El respeto y la aceptación hacia uno mismo, de pequeños, empezaría y se nutriría de la aceptación que uno recibe de sus padres y de las personas que lo acogen (y de su capacidad de autorregularse). El adulto acoge al niño a través de la mirada que le da llena de amor. No en el negación, sino en la acogida; no en la crítica ni en la exigencia, sino en la total aceptación. En este proceso, pues, es importante poder recibir al niño abriendo un espacio de convivencia que no esté centrado en las expectativas de aquello que ha de venir o en el miedo a aquello que podría llegar pasar; sino fundamentado en todo aquello que sucede aquí y ahora, y se acepta como tal, en el presente de las interacciones que se están dando, y que son importantes por el hecho de darse, no por el hecho que puedan o no ser útiles para fines u objetivos futuros.

Para seguir con mi reflexión, y ahondar en el segundo objetivo de mi escrito, voy a proponer un paralelismo. Me permito la licencia de comparar el proceso de socialización con el proceso de hacer pan. ¿Por qué? Primero, por lo cotidiano y lo diario de ambos procesos (para comer pan cada día es imprescindible hacerlo a diario; o comprarlo en la tahona). Segundo, porque ambos son procesos que emergen; es decir, son procesos que no los hace nadie, sino que se dan o no se dan por una determinada interacción de una serie de elementos en un entorno que ofrece unas condiciones más o menos necesarias (el panadero no “hace que el pan suba”, sino que su labor es la de preparar ciertos ingredientes y el entorno adecuado para que el pan emerja fruto de las relaciones entre los elementos y las condiciones del medio). De igual forma, el jardinero no “hace que el árbol crezca”, sino que prepara el terreno para que el árbol encuentre en él todo lo necesario para que pueda desarrollar su particular proceso.

La socialización no consiste en agrupar a personas en un espacio; de las misma manera que hacer pan no consiste en unir una serie de ingredientes en un recipiente. Para que se dé un proceso de socialización en el que emerjan personas autónomas no vale cualquier espacio y no vale cualquier tipo de relaciones entre personas; de la misma manera que para que en el proceso de hacer pan emerja un determinado pan no vale cualquier espacio, ni cualquier tipo de ingredientes, ni cualquier proporción entre ellos. La autonomía, al igual que el pan, es un desenlace muy específico. Por lo tanto, si queremos que emerja la autonomía en una comunidad, o el pan en el horno, necesitamos optimizar una serie de condiciones y facilitar una cantidad de procesos. (Sigue en Socialización y escuela (3/3))

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4 respuestas a Socialización y escuela (2/3)

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  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Bona nit,

    quan important és reconèixer-se en l’aquí i l’ara sense expectatives del que hauria d’haver estat, tant per un mateix com pels infants que acompanyem com a pares o educadors!

    Una abraçada,

    Joan

    • Realment,
      amic Joan,
      ser conscient de les nostres expectatives,
      dels nostres prejudicis…
      dels nostres “hauria de ser…”
      és una de les primeres portes que val la pena atravessar…

      Gràcies,
      guillem

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