Elogio de la timidez

Normalmente, y haciendo uso de un lenguaje coloquial, llamamos timidez a ese tiempo que la mayoría de niños necesitan antes de acoger al otro, antes de poder establecer un auténtico contacto en un determinado contexto. Habitualmente, según mi experiencia, el buenos días que no surge espontáneamente, el beso que no llega de manera automática, el vamos a jugar juntos que no se da a la voz de ya, desequilibra a los adultos que, cual tromba de agua, mojan al niño con frases del tipo: ¡Venga! No seas tímido; ¡Huy! ¡Qué tímido! ¿verdad?; Pero…¿qué te pasa? ¡Que no te voy a comer!; y un largo etcétera.

A veces, a ciertos adultos, para no sentir el malestar que les producen ciertas situaciones sociales, les parecería más adecuado que los niños dijeran hola sin atender realmente a lo que dicen. A mí, personalmente, me parecería más un signo de automatismo que de responsabilidad y autonomía.

Poco a poco y a mi ritmo, he ido descubriendo que cada uno de nosotros necesitamos nuestro particular tiempo para, desde dentro, aceptar e integrar aquello que está fuera. Cada uno disponemos de nuestro propio proceso para asimilar aquello que pasa a nuestro alrededor, con el objetivo de poder interactuar en un determinado entorno de manera segura y confiada. En el caso del niño, este proceso, con tiempo y ritmo específicos, depende de él, de los adultos involucrados, de la relación-vínculo entre él y los adultos, y del contexto en el que se encuentran.

Desgraciadamente, esta sociedad presiona para que los procesos de aceptación sean rápidos y uniformes; como una especie de fast food para los primeros minutos de un encuentro. Por lo tanto, cuando alguien se toma su tiempo se lo tilda de tímido. Desde hace unos años, cuando me encuentro involucrado en uno de estos desaguisados, me parece adecuado responder: No, no es tímido. Simplemente, necesita su tiempo para entrar en contacto.

Hasta ahora, he hablado des del punto de vista del adulto que acepta o no el ritmo, el tiempo y la emoción del niño. Pero, ¿qué pasa si miramos con los ojos del niño? Cuando un niño se encuentra con nosotros, nos acoge en la medida en la que se siente aceptado. Y, sin duda, si se siente aceptado significa que esa aceptación la hemos hecho desde la emoción y no desde la razón. Cuando un niño siente que nos acercamos a él (con el cuerpo, con gestos, o con palabras), pero lo hacemos lejos del dominio emocional en el que se encuentra; entonces, no puede acogernos, no puede mirarnos ni escucharnos; el niño no se siente aceptado ni reconocido, no nos percibe en la misma sintonía. En estos tipos de encuentro, metafórica o literalmente, podemos tenderle la mano, y él no nos la tomará. Ahora bien, en el momento en el que el niño nota que resonamos en el mismo campo emocional en el que él se encuentra; entonces, se siente aceptado en su emoción, y, sin dudar, agarrará nuestra mano. Entiendo ese acto metafórico de tomar la mano como una declaración del niño hacia nosotros que podría transcribirse, parafraseando a H. Maturana, más o menos así: te acepto en la mutua convivencia.

Y, ¿cómo nos acercamos a los niños? Voy a poner un ejemplo. Cuando, como adulto, te acercas a un perro que no conoces, primero, observas y analizas en qué emoción está fluyendo. ¿Está tranquilo? ¿Está nervioso? ¿Está con miedo? ¿Está rabioso? A continuación, estructuras tu acercamiento en función de aquello que has observado, haciéndole entender al animal que has comprendido y aceptado el estado emocional en el que se encuentra. Así pues, según el caso, te aproximas a él lentamente, con los brazos abiertos, sin mirarle directamente a los ojos, mostrándole las palmas de las manos, un poco agachado, susurrando palabras con un tono suave y melodioso… a la espera que, por sentirse en sintonía contigo, te acepte y te acoja. Y… ¿por qué no tenemos la misma consideración con los niños?

Si pongo este ejemplo no lo hago con la intención de comparar un perro con un niño (¡Válgame Dios!); sino por la razón de que la manera de procesar de un adulto es tan distinta a la de un perro como a la de un niño. Los adultos y los niños vivimos en dominios relacionales muy distintos y, sin duda alguna, intersectar con el domino de los niños es responsabilidad del adulto.

Virgina Satir (1916 – 1988), psicoterapueta estadounidense, conocida sobretodo por sus trabajos en terapia familiar, decía que en el sentir de toda experiencia existen dos niveles. El primero, correspondería a aquello que sentimos; el segundo, sería aquello que sentimos por el hecho de sentirnos de una determinada manera. Según ella, el problema que nos lleva a un psicólogo, nunca se da en el primer nivel, sino en el segundo. La limitación la sentimos cuando, fruto de nuestras creencias, valores, experiencias previas, mensajes recibidos, costumbres y presiones sociales…, no nos aceptamos de determinadas maneras, en determinados haceres o sentires.

Así que, el problema no está en necesitar más o menos tiempo para establecer contacto con el otro, sino en que, a causa de nuestros comentarios y etiquetas, hagamos creer al niño que aquello que siente no es aceptable, no es adecuado y, por consiguiente, le hagamos sentir la presión del: debes hacer un esfuerzo por cambiar.

Sin duda, en estas situaciones, en lugar de mirar al niño, invitaría a los adultos a que se miraran a ellos mismos y atendieran, sin dilación, a ese malestar que sienten cuando los niños se toman el tiempo justo que necesitan para conectar desde dentro con el afuera de manera segura y confiada.

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4 respuestas a Elogio de la timidez

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Un comentari molt interessant Guillem, m’ha fet pensar molt!

    Una vegada més la lliçó és que hem d’aprendre a respectar els ritmes dels infants, i per això cal molta sensibilitat dels adults per captar el seu llenguatge tant complex i a la vegada tant simple, com ho són, per exemple, els grinyols dels dofins…

    Aquest cap de setmana vam anar amb al Berta a una boda d’uns amics. Era al aire lliure en un lloc preciós enmig d’unes vinyes. La Berta va està molt inquieta tota l’estona, i jo em preguntava el perquè. Però si la Berta és molt sociable?. Quan va ser el moment de fer-la dormir, els seus grinyols no eren pas un sistema de comunicació amb els dofins, sino més aviat el crit enajenat del mateix Zaratrustha!.

    Després ho penses i ho veus. Tanta gent diferent vestida amb colors estrafolaris, maquillats i tota la parafernàlia… tothom acostant-se a la Berta amb la mateixa intensitat una i altra vegada, … allò va ser un “xute” de sociabilitat forçada que fins i tot als adults ens cansa. Ningú s’ha preguntat mai perquè acabem tant esgotats després d’un esdeveniment d’aquestes característiques?…

    Preguntes punyeteres: és introvertit qui guarda silenci quan els atres omplen de paraules el vuit?, o bé és un observador?. És l’extraversió un mecanisme de defensa del propi jo com a resposta preventiva a la possibilitat de ser rebutjat per la manada?. Quan la timidesa és converteix en un problema del jo, n’és el brevatge curatiu les relacions socials?.

  2. Pingback: Sra. Vergüenza | Ser para educar

  3. Pingback: Al lado del miedo | Ser para educar

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