De Kafka a Samsa

Durante una época se publicaron unas tiras cómicas en las que el protagonista era el actor y director norteamericano Woody Allen (1935). En una de ellas se ve a Woody Allen padre jugando al ajedrez con su hijo (un Woody Allen chiquitito muy gracioso). Woody padre se planteaba algo así: “Si gano la partida, mi hijo va a pensar que el mundo es un lugar terrible donde todo es duro y difícil. En cambio, si pierdo, creerá que el mundo es un lugar fácil donde todo se puede conseguir”. Finalmente, sin saber qué hacer, se levanta de la mesa y vuelca el tablero. Entonces, Woody hijo piensa: “El mundo no tiene sentido”.

En esta caricatura, ¿qué ve y qué vive el niño? Ve el gesto del padre, su expresión; y vive la ruptura sin sentido del juego. Aprende lo que su padre aporta, consciente o inconscientemente, a la convivencia con él. No aprende el juego, no aprende la reflexión filosófica del padre, sino la falta de sentido que su padre valida en su relación con él.

El niño no aprende los discursos (sobre la generosidad o la honestidad o cualquier otro valor), sino aquello que vive como válido y lícito en su convivir con los adultos con los que tiene vínculo. Lo que se aprende no es lo que se describe, sino lo que se vive, el cómo se vive; aquello que se vive inconscientemente en las sucesivas interacciones de nuestro convivir. La descripción nunca capta aquello que es el vivir mismo; es algo auxiliar que usamos para evocar algo, para dirigir la atención hacia algo; por eso las descripciones nunca pueden reemplazar a las experiencias mismas. Las descripciones del mundo siempre están a dos pasos de la realidad; no son la realidad.

Franz Kafka (1883 – 1924), escritor nacido en Praga, escribió Carta al padre (1919). Se tarta de un texto duro y claro que Kafka escribió a su padre, criticándolo por su conducta. He querido destacar el siguiente trozo.

“Como, de niño, yo estaba contigo sobre todo durante las comidas, tus enseñanzas versaban en gran parte sobre las buenas maneras en la mesa. Lo que llegaba a la mesa había que comerlo, sobre la calidad de la comida no se podía hablar. Pero muchas veces a ti la comida te parecía incomestible; le dabas el nombre de «bazofia»; aquella «bestia» (la cocinera) la había echado a perder. Como tú tenías un apetito enorme y te gustaba comer todo deprisa, muy caliente y a grandes bocados, aquel niño tenía que darse prisa, en la mesa había un lóbrego silencio, interrumpido por amonestaciones: «Primero comer, luego hablar», o «Más deprisa, más deprisa, más deprisa» o «Lo ves, yo he terminado hace tiempo». No se podían roer los huesos, tú sí. No se podía sorber el vinagre, tú sí. Lo importante era cortar el pan en rebanadas regulares, pero que tú lo cortaras con un cuchillo chorreando salsa, eso daba igual. Había que tener cuidado de que no cayera comida al suelo, donde más había al final era debajo de ti. En la mesa sólo había que ocuparse de la comida, pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, afilabas lápices, te limpiabas los oídos con un mondadientes. Padre, por favor, entiéndeme, en sí eso habrían sido detalles sin la menor importancia, y si a mí me agobiaban era sólo porque tú, un ser para mí tan absolutamente determinante, no acatabas los mandamientos que me imponías a mí. Por ello el mundo quedó dividido para mí en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía bajo unas leyes que sólo habían sido inventadas para mí y que además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo; después, otro mundo que estaba a infinita distancia del mío, un mundo en el que vivías tú, ocupado en gobernar, en impartir órdenes y en irritarte por su incumplimiento, y finalmente un tercer mundo en el que vivía feliz el resto de la gente, sin ordenar ni obedecer. Yo vivía en perpetua ignominia: o bien obedecía tus órdenes, y eso era ignominia, pues tales órdenes sólo tenían vigencia para mí; o me rebelaba, y también era ignominia, pues cómo podía yo rebelarme contra ti; o bien no podía obedecer, por no tener, por ejemplo, tu fuerza, ni tu apetito ni tu habilidad, y tú sin embargo me lo pedías como lo más natural; ésa era, por supuesto, la mayor ignominia.”

¿Qué aprendió Kafka de la convivencia con su padre? ¿Qué relación tendrá La Metamorfosis (1915) con las transformaciones interiores que Kafka vivió en la historia de interacciones con su padre? ¿Será un reflejo de un modelo autoritario, incoherente y para nada amoroso? ¿Será la imagen de esa especie de cucaracha gigante una metáfora de su sensación de aislamiento, soledad e incomprensión?

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2 respuestas a De Kafka a Samsa

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