La felicidad de sentirse acompañado

Hoy, con el equipo de educadores, con los que compartimos proyecto y vida, hemos estado hablando del proceso de acompañar. Al acabar nuestro conversar y subir al coche, me he sentido invadido por un cascada de relaciones entorno a ese tema.

Quiero reconocer que no me siento muy devoto del terapeuta argentino J. Bucay (1949); y, a su vez, quiero reconocerle que leyendo su libro Cartas para Claudia (1989) me paré a reflexionar, por primera vez, sobre la diferencia entre entender, comprender y aceptar. Hace apenas unas horas, emergió del baúl de mis recuerdos la tríada de Bucay; bueno, para ser exactos, más que su tríada, el recuerdo y la adaptación que yo tengo de ella.

A veces, acompañar tiene que ver con entender; y sitúa mi abordaje desde una óptica cognitiva. Entender a un niño, de esta manera, tendría que ver con la capacidad de situar sus acciones, sentimientos y pensamientos dentro de un marco lógico y razonable. Entender nos serviría, entre otras cosas, para justificar sus conductas, buscar causas, esbozar propósitos.

Otras veces, acompañar tiene que ver con comprender; y se me antoja como un modo más emocional. Comprender a un niño vendría a resaltar la capacidad de “sentir con”. Comprender nos serviría para sentir dentro de nosotros sus acciones, sentimientos y pensamientos. Intuyo que comprender estaría vinculado con conceptos como los de empatía y simpatía.

Acompañar siempre tiene que ver con aceptar. Aceptar es como una catapulta que va más allá de lo cognitivo y lo emocional; implica a todo el ser, a todo su esencia. Aceptar a un niño, entonces, nos invitaría, simplemente (que no sencillamente), a activar nuestra capacidad de verle tal y como es. Podría ser que, en el momento, no fuéramos capaces de entenderlo, tampoco de comprenderlo; pero, sin embargo, aceptarlo pondría en marcha nuestra capacidad de verlo en su totalidad y unicidad: estás bien así.

Cuando aceptamos a un niño de esta manera, no perseguimos ni modificarlo ni cambiarlo a nivel de su ser, de su identidad; no pretendemos que sea como a nosotros nos gustaría que fuera; no lo forzamos para conducir su vida según nuestras preferencias… En resumidas cuentas, lo aceptamos en el aquí y en el ahora tal y como es. Eso no quita que, en algún momento -o en más de uno-, queramos corregir aquello que hace; en el nivel de su hacer, de su conducta.

Según el biólogo y espistemólogo chileno H. Maturana (1928), de quien sí me siento algo devoto, el amor es la emoción que constituye el conjunto de conductas que cuando alguien las recibe se siente total y absolutamente aceptado por parte de quien las emite (véase Los tres chilenos y el amor).

Así que, según mi reflexión, que ciertamente no concluye nada, la legitimidad del otro, de la que habla Maturana, se construye fundamentada en conductas o haceres que respetan y aceptan su existencia -y todo su ser tal y como es-, sin esfuerzo y como un fenómeno del simple convivir. Efectivamente, en el convivir respetuoso con el adulto, el niño y la niña pueden ser capaces de mirarse des de fuera de ellos mismos porque son mirados -léase, respetados, amados- por otro que les acepta, con quien tienen un vínculo. Así, de esta forma, el adulto ejerce de espejo, y el niño, al mirarse, recibe una imagen más o menos distorsionada de su propio ser (como si de un laberinto de espejos de un parque de atracciones se tratara), lo que le lleva a construirse su propia y particular visión de él mismo. Ni que decir tiene que, la visión que el niño se vaya haciendo de él mismo, como si de unas gafas se tratara, influirá en el enfoque y la óptica que le va a dar a las miradas que les dirija a aquellos que se crucen en su camino.

Gurdjieff (1869 – 1949) hablaba de la importancia de armonizar el pensar-sentir-hacer (querer); Claudio Naranjo (1932), nos invita a realizar nuestro potencial interno para que dé fruto. Acompañar al niño es aceptarle para que pueda conectar con su potencial interno, con su Ser, y, desde ahí, integrar su pensar-sentir-hacer, para que ese potencial se haga acto.

Creo que, finalmente, la idea sería: puedo aceptarme porque soy aceptado. Y, sin duda, este sentimiento que va construyendo el niño y la niña de aceptarse a si mismo, que le permite apostar por una dinámica de crecimiento en libertad y autonomía dentro de un grupo social, culminará, en el mejor de los casos, en: puedo aceptar al otro porque puedo aceptarme a mi miso porque he sido aceptado.

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5 respuestas a La felicidad de sentirse acompañado

  1. Albert dijo:

    Impressionant!
    Gr’acies Guillem, per les teves paraules.

  2. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Si un nen és estimat i se sent estimat, sabrà estimar-se i estimar als altres. Un nen maltractat no sabrà estimar. No podem fer, actuar si no ho hem aprés d’alguna manera. Aprendre sentint, raonant, comprenent…així com un univers de relacions és com crec que anem creixent.

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