Agresividad y violencia

A lo largo del tiempo, me he encontrado con multitud de teorías explicativas de la conducta agresiva. Desde la piscoanalítica a la conductista (mejorada por A. Bandura (1925) y, ahora, llamada teoría del aprendizaje), pasando por la del procesamiento de la información. Yo me quedo con lo que considero mejor de cada una, y, además, le sumo la visión de E. Fromm (1900 – 1980).

Fromm, en Anatomía de la destructividad humana (1973), abre una brecha entre agresividad y violencia. Según él, y desde un marco casi etológico, existe una agresividad defensiva, una respuesta instintiva al servicio del individuo y de la especie. A este tipo de agresividad la llama biófila, por estar a favor de la vida, al servicio de la necesidad de afirmación, del amor y de la autorealización; nos permite defender nuestros límites (físicos – emocionales – cognitivos). Fromm a la violencia la llama destructividad. La violencia es un impulso como reacción a las pulsiones agresivas frustradas, no escuchadas, no aceptadas. El sentimiento de impotencia, que genera la frustración, al no sentirse escuchado ni aceptado, se transforma en prepotencia que se dirige al otro.

La rabia es una emoción que supura de una herida, de una carencia, de una necesidad, de una frustración o de una injusticia. Es la mecanismo con el que nos ha provisto la naturaleza para afirmar nuestra integridad, nuestros límites y nuestras Identidad. Una rabia sana habla de uno mismo. Cuando alguien con quien tengo un relación próxima me niega algo, la rabia y la agresividad que surgen reclaman a gritos restablecer el vínculo roto (véase Los tres chilenos y el amor). Si somos capaces de acompañar la agresividad que surge de la rabia, los niños tendrán la posibilidad de crecer siendo capaces de expresar con palabras sus frustraciones y deseos. Si la agresividad causada por una herida (física, emocional o cognitiva), una injusticia, una necesidad, una frustración, puede ser expresada y escuchada recuperamos el equilibrio. En mi caso, acepto el enfado, según sea el caso: “Estás enfadado porqué querías que te lo diera”, “Es cierto. Esto es muy injusto”, “Veo tu enfado. Sé que esto te importaba mucho”, “Comprendo que te sientas enfadada”…

La violencia, en cambio, es el fracaso de la cólera y está vinculada con la impotencia para gestionar nuestros estados emocionales, con la incapacidad para expresar nuestras propias necesidades, y con la imposibilidad de recibir y sentir satisfacción. Si no escuchamos nuestra cólera (o la de los otros), si la reprimimos, si no la toleramos, si sentimos miedo, si acumulamos sentimientos de impotencia e incapacidad, puede aparecer la violencia (contra uno mismo o contra los demás). La rabia no sana, la violencia, habla del otro, proyecta en el otro mi malestar y le responsabiliza de mi situación.

En mi trabajo con niños, la conducta violenta la leo como un síntoma de una determinada situación que, por lo general, se ubica en su sistema familiar. De acuerdo con M. Erikson (1901 – 1980), E. Rossi y S. Gilligan, detrás de todo síntoma hay una emoción ignorada. Es importante y muy útil ir más allá de lo evidente: en la agresividad, aceptarla, acompañarla y escucharla, y descubrir de qué nos habla; en la violencia, aunque disfraza más de lo que muestra, como el último intento para que se nos escuche, es importante descifrarla. Detrás de la violencia, probablemente, se escondan emociones que nos hablen de carencias, frustraciones, injusticias, miedos, tristezas, culpabilidad.

En el trabajo con niños me he encontrado, a veces, con cóleras difíciles de entender a simple vista: iras corrientes y habituales, cóleras fuera de lugar, comportamientos violentos desmesurados… Poco a poco, les he ido dando significado. A veces, la cólera y la agresividad, en forma de rabietas, por ejemplo, pueden darse como una válvula de escape de la acumulación de tensiones. Movido por la necesidad de evacuar sus tensiones, el niño, inconscientemente, aprovecha cualquier situación para enfadarse. A. Solter llama a este tipo de ira “el síndrome de la galleta rota”, refiriéndose a aquellos momentos en que una simple galleta rota encoleriza al niño. La galleta rota, el límite que no se quiere cumplir…, y el enfado posterior, son el medio para, después de la descarga tónica, a modo de olla exprés, poder regresar al equilibrio. En otras ocasiones, las cóleras aparentemente gratuitas pueden ser iras desplazadas; es decir, expresadas en relación a algo que no tiene nada que ver con el verdadero origen de la frustración. En estos casos, vale la pena descifrar la verdadera necesidad; cuando la cólera, la violencia, o incluso la agresividad, parecen sin sentido y sin objeto… es útil buscar la razón o el objeto algo más lejos. Hay otras situaciones, en cambio, en las que puede tratarse de una cólera inconsciente, no asumida o no dicha por los padres. Los niños son verdaderas esponjas. Absorben las cóleras, los miedos, las tristezas, las tensiones no expresadas de sus padres. Al no estar informados acerca del origen de sus sensaciones, las atribuyen a algo de su entorno y se “enfadan por nada”; es decir, se enfadan para evacuar la tensión de algo no dicho, de una emoción no reconocida, no asumida por sus padres. Éste sería uno de los casos más claros de la influencia inconsciente y sutil del campo más potente al que pertenecemos: la familia. En otros casos, incluso, la cólera puede funcionar como una emoción máscara; estos tipos de cóleras cargadas de interrogantes pueden tratarse de otra emoción (miedo, tristeza) camufladas porque la expresión de la verdadera emoción resulta imposible o está prohibida.

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5 respuestas a Agresividad y violencia

  1. Marcos dijo:

    Hola,

    Me ha encantado. Expresa perfectamente lo que he visto en la práctica😉

    Saludos.

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