Nuestro cerebro: 3 + 1 colaborando

A principios de agosto (véase Los tres mosqueteros), hablé de Paul D. MacLean (1913 – 2007), físico y neurocientífico norteamericano. MacLean, en las décadas de 1950 y 1960, propuso el modelo triuno para el cerebro humano: una estructura, producto de la evolución, que contenía 3 cerebros en 1: el tronco cerebral, el sistema límbico y el neocórtex.

El tronco cerebral o cerebro reptiliano es la zona más baja de nuestro cerebro y la más antigua en términos evolutivos (unos 200 millones de años y unas raíces de 500 millones ). Madura durante el embarazo y no está en pleno funcionamiento hasta que el bebé empieza la etapa de su primera infancia. Recoge los datos procedentes del mundo exterior a través de las sensaciones corporales y de los sistemas de percepción (excepto el olfato). Está vinculado con el sistema nervioso autónomo (SNA), que regula funciones tan importantes como el ritmo cardíaco, la respiración y la digestión; y desempeña un papel fundamental en la regulación de los estados de sueño y vigilia. También es muy importante para la regulación de la respuesta de supervivencia: lucha – huida – bloqueo. A su vez, las reacciones automáticas, instintivas y reflejas son reguladas, en parte, por esta zona del cerebro. Vive en un estricto presente.

El sistema límbico es la zona media de nuestro cerebro (tiene una antigüedad de unos 65 millones de años). Madura durante toda la primera infancia y no está en pleno funcionamiento hasta entrada la pubertad. El área límbica regula las emociones y está vinculada con la motivación y la memoria; por lo tanto, tiene un papel fundamental en todo lo que tiene que ver con el aprendizaje, la adaptación a entornos cambiantes y la conexión significativa con los demás. El límbico evita el dolor y se acerca al placer. Desde el punto de vista de la educación, hay unas regiones límbicas significativamente más importantes: el hipocampo, la amígdala, el cingulado anterior y el córtex orbifrontal (que forma parte, también, del neocórtex). Vive en presente y pasado.

El córtex es la zona alta de nuestro cerebro y la más moderna en términos evolutivos (3,5 millones de años). Madura durante la infancia tardía y está en pleno funcionamiento en la edad adulta. Se considera el asiento de las funciones cerebrales más avanzadas como, por ejemplo, el pensamiento abstracto, la reflexión y la autoconciencia. El córtex está dividido en varios lóbulos que regulan diferentes funciones. De todos ellos y desde el punto de vista educativo me interesa destacar el lóbulo frontal responsable de los procesos de asociación y razonamiento. La zona anterior del lóbulo frontal se denomina córtex prefrontal que, a su vez, se subdivide en dos zonas laterales y una parte intermedia, que se denomina córtex orbifrontal. Vivie en presente, pasado y futuro.

Según el informe a la UNESCO de la comisión internacional para la educación para el siglo XXI, presidida por J. Delors (1925), La Educación encierra un tesoro (1996), son 4 los pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser. Que duda cabe que 3 de estos 4 tipos de aprendizaje coinciden con los 3 centros de los que ya hablaba Gurdieff (1869 – 1949) – instinto, emoción y cognición- y se acoplan al modelo cerebral triuno del que hemos hablado: reptiliano: hacer (instinto); límbico: convivir (emoción); neocórtex: conocer (cognición). C. Naranjo (1932) desarrolla una brillante relación entre estos 3 centros y los 3 tipos de amor (véase Los tres chilenos y el amor). Además, según C. Naranjo, en La mente patriarcal (2010), el cuarto tipo de aprendizaje, aprender a ser, siguiendo con estas comparaciones, coincidiría con ese elemento integrador y armonizante de los 3 centros del que hablaba Gurdieff, el Ser; y podríamos encontrarle semejanzas con la zona orbifrontal (y, en general, con toda la zona prefrontal) de nuestro cerebro, que (por ubicación y funciones) realiza -como si de un cuarto cerebro se tratara-, entre muchas otras cosas, a través de la atención, una especie de labor integradora de los 3 cerebros, más allá del pensar, sentir y querer.

El córtex orbifrontal está conectado con el neocórtex; a su vez, descansa sobre las estructuras límbicas y, al mismo tiempo, está en contacto con el tronco cerebral. Así pues, el córtex orbifrontal es la única área del cerebro donde confluyen sinápticamente las 3 principales zonas del cerebro. Es decir, según D.J. Siegel, en La mente en desarrollo: cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser (1999), de ella parten y a ella retornan varios tejidos nerviosos que recorren el córtex, las estructuras límbicas y el tronco cerebral, integrando esas tres zonas en una totalidad funcional. El córtex orbifrontal constituye, de alguna manera, la parte superior del sistema límbico y, también, la zona más límbica del neocórtex. Es el punto de llegada de los impulsos del SNA procedentes del tronco cerebral, y registra y supervisa diferentes funciones corporales. Juntamente con el cigulado anterior, forma parte del extenso circuito prefronal que permite coordinar la atención con los complejos procesos autobiográficos, sociales, corporales y emocionales. Asimismo, ayuda al procesamiento rápido de las emociones, propio de la amígdala. Por último, destacar que, el córtex orbifrontal contribuye a coordinar nuestros estados mentales con los de otras personas; de este modo, esta región integradora es el portal que vincula nuestras conexiones interpersonales con nuestros estados de equilibro interno.

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