El sentido de pertenencia, más allá de la vida

Ayer, leí el correo y me enteré de la muerte de la madre de dos buenas amigas. Los lazos con los que me siento unido a Mar y Ángeles no se ven, no pueden tocarse y van más allá del espacio y el tiempo. Al menos, yo lo siento así; y, al pensar en ellas, acuerdo totalmente con el zorro de El Principito (1943), de Saint-Exupéry (1900 – 1944), y hago mías sus palabras: lo esencial es invisible a los ojos.

Tengo la firme convicción que existe una presencia mayor que todas y todos nosotros a la que, de alguna manera, me siento vital y orgánicamente vinculado. Seguramente por deformación universitaria, concibo esa presencia como una especie de campo. En ocasiones, en física, definíamos el campo como una clase de abstracción útil para estudiar la variación de cierta magnitud; en este sentido, el campo era algo que no podía verse pero sí medirse. Ejemplos clásicos de campos serían el gravitatorio o el electromagnético. Así pues, usando la metáfora física, me atrevo a escribir que concibo esa presencia como un gran espacio de expansión en el que me siento conectado a algo más grande que yo mismo, que me contiene y de alguna manera me sostiene y me da sentido.

Curiosamente, a lo largo de la historia, lo trascendente ha sido fuente de gozo y crecimiento y, a su vez, razón para el odio y las guerras. De modo que, por su envergadura y relieve, creo firmemente que, en educación, no podemos pasarlo por alto; y debemos abordarlo abiertamente, con delicadeza y consciencia. Personalmente, en mi vida y en mi trabajo, le doy un alto valor, y lo tengo presente como un elemento altamente significativo porque incluye y va más allá de lo personal e identitario, y nos conecta con el importante e imprescindible sentimiento de pertenencia. Tal y como afirmaba G. Bateson (1904 – 1980), no solo tenemos una mente individual, sino que existe una mente mayor de la que todos y todas formamos parte. Además, me parece interesante resaltar que, a lo largo de toda mi carrera, todavía no he encontrado a nadie que no sienta, de alguna manera (y a su manera), esa presencia del campo. Algunos lo llamarán Inconsciente; otros, Amor; otros, Dios; otros, Naturaleza; otros, Comunidad; otros, Alma... San Agustín (354 – 430), en sus Confesiones, y dentro de un contexto cristiano, lo expresa de la siguiente manera: Dios es Aquél que me es más íntimo que yo mismo. Yo soy más suyo que de mí mismo. S. Gilligan nos dice que la sensación sentida de este campo relacional se asemeja a sentirse rodeado por un sentimiento de bienestar.

Como seres humanos, pertenecemos a unos campos bien especiales. Unos campos como una suerte de redes de resonancias, estructurados bajo un principio vincular que nos conecta a cada uno de nosotros con todos los demás y, de manera especial y significativa, con aquellos con los que nos ha tocado estar vinculados afectivamente (emparentados), o hemos decidido estarlo. Ese campo vincular sería como un gran abrazo transpersonal que nos une a todo lo vivo y con el cual vibramos a diferentes niveles. Por ejemplo, en contacto con el tú palpitamos con el otro; en el nosotros, con el grupo; en la familia, con el grupo que sentimos con más fuerza; en la especie, con lo humano; en la naturaleza, con todo lo vivo; etc.

En el caso especial de la familia, según B. Hellinger (1925), en el sentido amplio, incluyendo a los antepasados, todos y todas estamos unidos entre sí como si tuviéramos una alma común más grande. En este gran campo familiar se ubican todos y todas los que pertenecen o alguna vez pertenecieron a ella, los vivos y los muertos. En este campo todos los miembros familiares del presente y del pasado, vivos y muertos, están en mutua y estrecha consonancia. Según A. Jodorowsky (1929) somos fieles a unos vínculos familiares invisibles y poderosos como las raíces de un árbol.

Ciertamente, siento que Antoñita sigue presente, participando activamente de esa red de resonancias en la que estamos todos y todas imbricados. A ese nivel, los seres humanos, los vivos y los muertos, no somos individuos separados, sino que estamos unidos por esa energía que llamamos Amor. Y, es a través del Amor que se produce entre nosotros lo que podríamos llamar comunicaciones de alma a alama. En este sentido, el alma sobrepasaría la concepción individual para adoptar un significado grupal y sistémico. Recordando a R. Tagore (1860 -1941), algún día sabremos que la muerte no puede nunca robarnos nada que nuestra alma haya ganado, porque sus ganancias forman parte de ella misma.

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14 respuestas a El sentido de pertenencia, más allá de la vida

  1. Judith dijo:

    Comparto opinión, sensación y sentimiento. Genial, Guillem!!
    Un abrazo.

  2. Margalida dijo:

    M’atrapen sempre els posts que vincules a la física. Aquest a més és delicat i especial, espero que l’Angeles i la Mar l’arribin a llegir… Ptns

  3. ángeles dijo:

    Querido Guillem,
    no puedo dejar de emocionarme al leerte
    hoy creo entender más y sentir más
    mi cuerpo empieza a abrirse, encuentra su estado vibratorio y energético
    la nueva presencia de antoñita hace crecer mi alma
    y su Amor generoso me acompaña, nos acompaña

    te abrazo y te agradezco la delicadeza de esta dedicatoria
    mi madre sonríe, ya para siempre.

  4. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Estic emocionada. Vaig conèixer a l’Antoñita a classes de ioga. Més tard vaig saber que era la mare de la Ma Angeles i la Mar. Em vaig sentir unida a ella en moltes converses i punts de vista sobre les coses, ara també mi sento propera. Sí crec en un espai relacional més gran que nosaltres que inclou els que tenim més propers, els que es van relacionar amb nosaltres i ara estan lluny i els que han mort i jo l’anomeno Déu-

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