Conectados con la Vida

La Vida fluye a través nuestro. El gran poeta Rumi (1207 -1273) nos recuerda que todas y cada una de las experiencias humanas nos visitarán una y otra vez.

El ser humano es como un albergue. Cada mañana llega alguien nuevo. Este es una alegría, este otro es tristeza, allí viene la mezquindad y aquí una chispa de comprensión. El pensamiento oscuro, la vergüenza, lo malicioso, puedes encontrarlos a la puerta, sonriéndote; invítalos a entrar. Sé agradecido con quien viene, porque cada uno ha sido enviado como un guía desde el más allá.

Por el hecho de estar vivos somos tocados, cíclicamente, una y otra vez, por todo el abanico de emociones humanas. Todos y todas las experimentamos, aunque cada uno de nosotros las entiende y se relaciona con ellas de manera singular. Algunas maneras de relacionarnos con esa paleta emocional nos son útiles y nos ayudan a crecer; otras, nos son inútiles y nos hacen sufrir en exceso.

A menudo, en nuestra vida cotidiana (incluso en nuestro trabajo como educadores), vivimos demasiado identificados con nuestra cabeza y/o demasiado enmarañados en nuestro corazón y, eso, tanto lo uno como lo otro, nos produce sensación de insatisfacción y de no comprensión. Pero, sin duda, hay diferentes maneras de liberarnos de la tiranía de nuestra mente cognitiva y/o de limpiarnos el fango que nos recubre cuando nos revolcamos en demasía en nuestras emociones. La relajación, la meditación, la atención plena… son maneras de reconectarnos con nuestro Centro (véase Identidad y esencia), a modo de armonizar el pensar, el sentir y el hacer. Para vivir conectados, necesitamos encontrar y mantener un equilibrio dinámico entre nuestras tres mentes (véase Nuestro cerebro: 3 + 1 colaborando) -instintivo, emocional, cognitivo-. M. Csikszentmihalyi (1934), en su libro Fluir (1990), ha llamado a este estado de armonía perfecta fluir. K. Dürckheim (1896 – 1988), en Hara: centro vital del hombre (1986), nos recuerda:

El hombre que tiene Centro está siempre en un equilibrio perfecto; tiene algo de tranquilo y generoso, una amplia dimensión humana. Delante de los demás y frente a los imprevistos, el hombre que ha encontrado el Centro es capaz de construirse un juicio matizado y sereno. Mide sus palabras y sabe distinguir aquello que es importante de aquello que no lo es. Ve la realidad tal y como es y la considera de manera sosegada en toda su complejidad.

En el Bhagavad Gita el Señor ordena al fiel que entre a la cruel batalla y, al mismo tiempo, mantenga su corazón en paz a los pies del loto del Señor. Y, nosotros, después de tantos años, nos preguntamos, ¿cómo es posible no salir de nuestras casillas en determinados momentos? Y, además, si estar centrado nos permite conectarnos con todas nuestras capacidades y nos ofrece la posibilidad de relacionarnos con nosotros y con el mundo de una manera más útil y grata, ¿por qué desconectamos? Como dice un proverbio griego, abandonamos nuestras almas más de 100 veces, no, más de 1000 veces cada día; el problema se presenta cuando dejamos de volver a nuestro centro.

A veces, la Vida nos presenta experiencias difíciles, dolorosas o apabullantes. Y, aunque es mucho más útil y honesto aceptarlas, también tenemos la posibilidad de cerrarnos a ellas, de negarlas o de proyectarlas fuera de nosotros. A menudo, así lo hacemos: nos desconectamos porque estar conectados con la Vida, a veces, nos produce dolor. Cuando sentir la Vida nos duele, desconectarnos funciona como mecanismo de defensa. Desconectar es sinónimo de dejar de sentir; nuestra mente se escinde de nuestro cuerpo, y con ello dejamos de oírlo. El dolor forma parte de la Vida; y la Vida a través del dolor nos pide ayuda. Ciertamente, la desconexión es una manera de no sentir dolor; una manera de evitarlo. Desconectarnos del dolor, del sufrimiento, de la angustia… muchas veces nos es útil. Pero, a menudo, no es ecológico, ya que la desconexión del dolor, también y al mismo tiempo, nos desconecta de la Vida.

Desde nuestro Centro, a pesar del dolor, podemos manejar útilmente los golpes con los que la Vida nos embiste (y, al mismo tiempo, no dejar de sentirnos vivos). Desde la mística cristiana, Santa Teresa (1515 – 1582), conectada con ella misma y abierta al Campo (véase El sentido de pertenencia, más allá de la vida), lo expresó con abrumadora belleza y sencillez:

Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.

No tengo ninguna duda que, si la educación es una senda hacia la compasión y la felicidad, aprender a vivir conectados con nosotros mismos y, a la vez, abrirnos al Campo, debería ser una prioridad.

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9 respuestas a Conectados con la Vida

  1. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Solo leer este artículo ya da paz. Es curioso que experimentando el estado sereno, plácido de estar en el Centro, nos salgamos tan a menudo de nuestras casillas. La persona nos sorprende cada dia. es una fuente de sorpresas.
    Trabajar la rutina de buscar en todas nuestras acciones el centro, el equilibrio y ser receptivo a lo bueno y a lo malo que se presente nos hace crecer como personas y nos ayuda a comprender y ser compasivos con los seres humanos.

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