Segunda piel

La primera vez que escuché el paralelismo entre la estructura de la célula primigenia y la del ser humano fue en Calidad de Vida (2001) de R. Wild (1939). Más tarde, me ha gustado volver a encontrarla en autores como C. Rodrigañez y, hace unos días, me llenó de gozo, descubrirla en Y el cerebro creó al hombre (2010) de A. Damasio (1944). Quiero decir, en referencia a este libro, que en uno de sus capítulos dibuja mi descabellada idea sobre el cuento de la cooperación entre las células de nuestro cuerpo (véase La evolución cooperativa).

De todas las implicaciones que tiene la metáfora de la célula, ahora y aquí, me voy a centrar en la que hace referencia a la membrana. La membrana semipermeable que cubre a la célula le permite separar dentro de fuera. Gracias a ella, la célula se protege del caos de fuera y puede organizar, estructurar y proteger el orden de dentro; deja entrar aquello que supone beneficioso y mantiene fuera aquello que puede perjudicarle. Si, de alguna manera, se daña la membrana, la célula, debe tomar, con prontitud, medidas adecuadas ya que le puede ir la vida en ello; podrían entrar elementos dañinos que afectarían, en mayor o menor grado, a su estructura interna. Wild, en mi opinión, tiene la virtud de haber llevado esta metáfora a un terreno bien fértil: el ser humano tiene 3 membranas que se asemejan en uso y estructura a la de la célula. La 1ª, la piel, que cubre nuestro cuerpo físico; la 2ª, una especie de membrana emocional, que cubre nuestro cuerpo emocional; la 3ª, una cognitiva, que cubre nuestro cuerpo cognitivo. Cabe decir que, esta metáfora, además, se nutre útilmente las ideas de cerebro trinuo de McLean (véase Nuestro cerebro: 3+1 colaborando).

Desde hace algún tiempo, en paralelo con esta metáfora de Wild, utilizo la que aprendí de S. Gilligan y que él llamó segunda piel. Los seres humanos, para poder vivir con bienestar y seguridad, necesitamos construir, a lo largo de nuestra infancia, una especie de segunda piel, por encima de la piel que recubre nuestro cuerpo físico. Esta segunda piel no es una armadura; sino una membrana semipermeable y selectiva. Y, aunque hay diferencias, esta segunda piel, en el sentido de diferenciadora (dentro-fuera), protectora, semipermeable y selectiva mantiene semejanzas con lo propuesto por Wild. Los niños, por no haber desarrollado plenamente su aparato cognitivo (y por estar madurando, también, su aparato emocional) aún no gozan de esta segunda piel y encuentran seguridad y apoyo en la piel que les proporcionan sus padres. A mí, me gusta ejemplificarlo con una imagen bien cotidiana: un niño juega tranquilo en su habitación acompañado por su padre y, de repente, entra en ella un extraño; el campo relacional (véase El sentido de pertenencia, más allá de la vida) creado por su padre, que le protegía, queda, de alguna manera, alterado por la presencia del desconocido. El pequeño busca protección y, para sentirla, necesita acercarse más núcleo de donde emerge el campo; rápidamente, corre a refugiarse cerca de su padre.

D. Winnicott (1896 – 1971), a su manera, argumenta que el niño no posee un aparato psíquico al nacer, y es la madre con sus cuidados, con su sostén, la que posibilita el movimiento entre estados de no integración (estados de desorientación, de relajación, de falta de certezas) y estados de integración (en los que se recobra la atención, la vigilia, la certeza de sí mismo). Según el autor y otros, por ejemplo D. Anzieu (1923 – 1999), este movimiento, luego, se interioriza, posibilitando el funcionamiento de lo psíquico (véase Acompañar tocando).

Según lo que yo creo, esta segunda piel nos permite, entre otras, dos cosas fundamentales:

    1. Estar presentes sin ser vulnerables. Es decir, nos permite presentar la parte más profunda de nuestro ser interior, ser auténticos (en el sentido de ser verdaderamente nosotros mismos) sin sentirnos vulnerables. En otras palabras, nos dará el sentido y la dirección para sentirnos legítimos – Maturana (1928)– delante de nosotros mismos y delante de los demás, pudiendo ser y hacer sin la necesidad de pedir disculpas por ello (véase Los tres chilenos y el amor).

    2. Abrirnos al campo sin estar expuestos a él. Como ya hemos comentado existen muchos campos (alrededor de nuestro cuerpo, el espacio entre yo y el orto, la familia, la sociedad, la cultura, etc.). Y, por lo tanto, esta segunda piel, nos será útil para equilibrar el sentimiento que surge de lo espontáneo con el que surge de la adaptación a los deseos de los demás; nos permitirá conservar nuestro núcleo intacto, aprovecharnos (crecer y desarrollarnos) y disfrutar de la influencia de los demás y, al mismo tiempo, ni sentirnos ni vivir sometidos a los establecido por ellos.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Amor, Aprendizaje y Desarrollo, Dentro-Fuera y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Segunda piel

  1. Pingback: Variaciones I sobre Segunda Piel | Ser para educar

  2. Pingback: De lo que aprendí en un campo de futbol (1ª parte) | Ser para educar

  3. Pingback: La emergencia de las 3 membranas | Ser para educar

  4. Pingback: Sra. Vergüenza | Ser para educar

  5. Pingback: Ciudadanas y ciudadanos (1/2) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s