Métodos blados o duros (1ª parte)

No sé si fue abatido por el tedio o tocado por el azar que, el pasado sábado, leí, como cuando iba al barbero, un artículo del periódico. La experiencia, al inicio, harto indiferente, emprendida con actitud abúlica, mezcla de ocio y pereza, me fue llevando, renglón a renglón, a un estado de interés, situándome, ya a su fin, en el más puro desconcierto y, por qué no decirlo, en una profunda conmoción. Sirva mi lectura como escusa para pensar, lujo y riesgo, sobre el contenido de la misma.

La noticia versaba sobre educación y, con peligrosa simplicidad, dividía los métodos de enseñanza en dos: los suaves y los duros. Según el cronista, los blandos se basan en una pedagogía que sigue los ritmos de evolución del niño y lo acompañan mientras saca lo que lleva dentro. Por su lado, los duros actúan de forma más dirigida sobre el alumno para obtener resultados inmediatos. El escrito polemizaba sobre una proclama, hecha en el Parlament de Catalunya, que abogaba por el regreso a los métodos duros con el objetivo de mejorar los resultados.

Lleno de estupor, me pregunté, ¿por qué se clasifica los métodos educativos en suaves o duros?, ¿por qué se establece una relación tan directa entre métodos y resultados?, ¿por qué esa pasión desaforada que detecto en casi todo, desde que tengo uso de razón, y, últimamente, ¡también en educación!, por el producto final, la obra, el beneficio, o el provecho? Recordando, de nuevo, la época en la que solía ir al barbero, empezaré mi reflexión por el final y la terminaré en el principio.

Ya lo dijo el poeta, (en este caso, el griego Hesíodo, que la tradición sitúa como contemporáneo de Homero -s VIII aC-) que la educación consiste en ayudar a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser (véase Carta a favor de la autonomía). Partiendo de ahí, y asumiendo con humildad que cada niña y niño, único e irrepetible, en sus inicios, no sabe, ¡oh maravillosa y fructífera ignorancia!, qué puede llegar a ser, me pregunto, ¿cómo, los adultos, podemos predecir, en ellos, el producto final de un proceso que, auguramos, si no hay interferencias graves que lo bloqueen -que, desgraciadamente y cotidianamente, las hay a mansalva-, creativo, inesperado y singular donde los haya? Siguiendo por este trecho, me sigo preguntando, si el destino es impredecible, incluso para el propio conductor del proceso -el niño y la niña-, al menos en un inicio y, cabe decir, durante una larga andadura del mismo (o, en el peor de los caos, a pesar de que se da en un gran número de ellos, para siempre, ya que uno se puede tornar ciego al propio destino y quedarse a merced de la caterva), ¿puede existir un método -suave o duro-, aplicable desde el exterior por otro, que asegure, a cada cual, su propio destino?

Ya lo dijo el prosaico, que la educación consiste en obligar a la persona a ser como un observador externo, según sus propios criterios, decide que uno debe ser. Y, si así es, ¡adelante! Si lo prioritario es llegar al final, a la meta, la relación entre método y resultado la veo directa. Además, ¡qué lujo!, si la llegada está dibujada por otro, el niño ya no debe buscar en su interior aquello que brilla y le es propio, sino que debe aprender a mirar fuera y ajustarse, con exacta prontitud, a los criterios de aquel que observa. De esta manera, el niño, lejos de aprender de él mismo y de su propio camino, se centrará en aprender los criterios de validación de aquel que planifica, dirige, y califica su sino (véase ¿Cómo sé lo que sabes?).

En prosa, sin duda alguna, el más diestro en detectar, comprender e interiorizar las reglas del juego, será, a la vez, el mejor calificado por el crupier. Y, éste, con premios, elogios, calificaciones, y lisonjas de todo tipo, reforzará el vínculo del niño con su suerte en la ruleta de la vida. Pero, ¡ay de aquél!, que, o bien por los avatares de la vida, o bien por aprender en un domino distinto al que el observador dirige su mirada, o bien por cuestiones internas, de dentro, (que, como invisibles que son, no existen en este paradigma), se desoriente del camino trazado. Ahora sí, el crupier, cual pastor de rebaño, por seguir las reglas del juego -no por placer-, habiendo tenido que encarrilar a todo el grupo hacia un mismo destino y, por querer recuperar al hijo pródigo, hará bien de hacerse con las herramientas y los métodos necesarios para regresar al prófugo al redil, a saber, los duros. De todos conocidas son sus extraordinarias cualidades: hábiles, cual perro ovejero, para encauzar a los descarriados. Y, éste, el crupier, de nuevo, pero ahora con castigos, reproches, descalificaciones, y desaires de todo tipo, reforzará el vínculo del niño con su suerte en la ruleta de la vida.

Para mí la educación se acerca más a la poesía que a la prosa; tiene más de arte que de ciencia. Y, tal y como dijo el gran físico N. Bohr (1885 – 1962), hay dos tipos de verdades. En la verdad superficial, el opuesto de una declaración verdadera es falso. En el tipo de verdad más profunda, el opuesto de una declaración es igualmente verdadero; por lo tanto, según mi experiencia, la relación educativa, lejos de fundarse en una disyuntiva entre métodos, se construye, no en la discusión sobre qué poema es el correcto, sino en el comprender de qué manera tal o cual poema ha tocado y abierto la experiencia de un niño o una niña en particular. Y, parafraseando a F. Nietzsche (1844 – 1900), me gustaría acabar diciendo que, no todos los fines son metas. El final de una melodía no es una meta; sin embargo, si la melodía no ha llegado a su final, tampoco ha llegado a su meta; de la misma manera, confío, sin reservas, en que, aunque en la educación en la que creo no trabajamos en pro de los resultados, si cada alumnos no llegara a ellos no habría llegado, tampoco, por su propio pie y camino, a su particular meta (sigue en Métodos blados o duros (2ª parte)).

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3 respuestas a Métodos blados o duros (1ª parte)

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