Abrir i cerrar puertas

Después de una semana de estar ingresada, hace unos días, Noa salió del hospital. De esos 7 días, pasó 4 con la prohibición de salir de su habitación. En su primer día de encierro, en algunos momentos, alargó su brazo en dirección a la puerta indicándonos que quería salir. Nosotros, resignados y apenados, le decíamos que no y, ella, sin insistir demasiado, pareció conformase. Al día siguiente, sus demandas e intentos por salir de su celda de aislamiento fueron cada vez menores. Y, en los 2 últimos días, ya no hizo prácticamente ademán alguno en dirección a la cancela que sellaba su cautiverio. Su vida espacial, parecía, se había empequeñecido y, yo, horrorizado, fui testigo de su proceso de adaptación a las reducidas dimensiones de ese cubículo sanitario.

El día que nos dieron el alta recordé un cuentito de J. Bucay de su libro Déjame que te cuente (1999) que relata la historia de un enorme elefante que, después de cada actuación y hasta poco antes de volver a la pista del circo, permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. La estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera y, aunque la cadena era gruesa, parecía que el animal podría liberarse con facilidad. Entonces, ¿por qué el elefante no se escapaba? Parece ser que el elefante había estado atado a una estaca parecida desde su más tierna infancia. El elefante, cuando chiquito, atado a la estaca, debió empujar y tirar tratando de soltarse; y, a pesar de todo su empeño, no debió conseguirlo. Con el tiempo y algunos fracasos, llegó el día en el que el paquidermo se resignó a su destino. Y, al crecer, ese enorme elefante, grande y poderoso, no volvió a intentar escaparse porque creía firmemente que no podía. Y, lo peor es que, jamás volvió a cuestionarse esa creencia.

Nuestro sistema de creencias tiene semejanzas con la habitación de Noa. Los dos son como una caja, más o menos amplia, más o menos segura y confortable, con limitaciones y potencialidades. Y, lo más curioso, los dos tienen una puerta, o varias, que si las abres te permiten acceder a otras cajas (pasillos, salas, ascensores, etc.) un poco mayores, que contienen más puertas, que comunican con más cajas (vestíbulos, calles, etc.) y, así, hasta abarcar todo un mundo de infinitas posibilidades. Cabe decir que, cada nueva caja ofrece nuevas seguridades y dudas, potenciales oportunidades y/o problemas y, a veces -no siempre-, la opción de regresar (por incertidumbre, ansiedad, deseo o añoranza) a las dimensiones del antiguo corral. En la vida, hay situaciones que te permiten darte cuenta de esas puertas que, si las traspasas, te concenden ampliar el mapa de tus posibles opciones. A veces, optamos por cruzar el dintel de algunas y, en otras ocasiones, preferimos quedarnos en nuestro zaguán y ni tan solo tocar la aldaba de otras.

A través de Bateson (1904 – 1980) llegué a A. Korzysbki (1879 – 1950), matemático, ingeniero y filósofo polaco, quien formuló unas, aparentemente, sencillas premisas que, cabe decirlo, incluyen, como un caso particular, las 3 leyes de pensamiento que, según Aritótiles (384aC – 322aC), fundamentan cualquier discurso supuestamente coherente. Podemos enunciar sus premisas así:

a) un mapa no es el territorio (las palabras no son aquello que representan)

b) un mapa no cubre todo el territorio (las palabras no pueden cubrir todo aquello que representan).

c) un mapa es autoreflexivo (con el lenguaje podemos hablar sobre el lenguaje)

Las cajas que habitamos confortablemente, o no tanto, funcionan como modelos mentales de la realidad y determinan, mucho más que la realidad misma, nuestra manera de sentir, hacer y pensar. Y eso me recuerda la canción de M. Reynolds (1900 – 1978), popularizada por P. Seeger (1919), que habla de la uninformidad de nuestras cajas y el papel que en ello juega la educación.

Noa exploraba su redil y, para ella, aquel cuchitril, franquicia de la caverna de Platon (427aC – 347aC), llegó a ser todo su mundo; sobras del afuera. Las personas exploramos el mundo a través de nuestros sentidos; y, todo lo percibido lo pasamos por una serie de coladores (biológicos, socio-culturales, individuales…). A partir de nuestra historia de interacciones y de nuestras experiencias, matizadas por tamices y significadas por las relaciones que vamos estableciendo, construimos nuestros mapas, que, cual quimera, prueban de cubrir el territorio por el que nos movemos.

Cuando Noa dejó de ver la puerta como una opción para ampliar su pequeño mundo, igual que el elefante del circo, quedó encerrada en sus cuatro paredes con todo lo que eso implica (seguridades, limitaciones, ventajas e inconvenientes). Los seres humanos, cuando nos aferramos a nuestros modelos mentales, priorizamos la seguridad por encima del desarrollo. Si somos capaces de enriquecer y expandir nuestro mapa -cuando somos capaces de desarrollar la seguridad necesaria para poder desarrollarnos con seguridad-, es probable que, entre otras cosas, disfrutemos de más opciones y tengamos acceso a maneras de pensar, sentir y hacer más útiles, flexibles y coherentes con los cambiantes contextos en los que vivimos.

A. Baricco (1958), en 1994, pone en boca de Novecientos, un pianista excepcional que no ha bajado nunca del barco que, a principios de siglo XX, recorre la ruta entre Europa y América, la siguiente reflexión: (…) ¿pero tú no has visto las calles? Solamente de calles, allí había un millar, ¿cómo hacéis allá abajo para elegir una? (…) ¿Es que no os da miedo, a todos vosotros, terminar hechos pedazos solamente de pensar en ella, en esa enormidad, solamente de pensar en ella? En vivirla… (…) Ciertamente, para alguien que toda su vida ha vivido en un barco, la realidad se limita a aquello que cabe entre la proa y la popa; y todo lo que va más allá se figura inalcanzable. La felicidad, pues, no pasa solamente por tener más opciones; además, hace falta saberlas gestionar y poder elegir.

El día que le dieron el alta, le dije: “Noa, ahí, hay una puerta que te puede llevar a un mundo mucho más rico que el que has conocido y te ha dado seguridad en los últimos días. ¿Quieres que te ayude a abrirla?” Ella me miró, sonrió como sólo ella sabe hacerlo y asintió con la cabeza.

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5 respuestas a Abrir i cerrar puertas

  1. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Visca la Noa que sap adaptar-se a la habitació i que també sap sortir afora de la ma dels seus pares. Jo crec que va quedar-se, conformada, per què estava amb persones que l’estimaven i va sortir amb les persones que l’estimaven. Una persona confinada, sense lligams afectius, no es conforma i segurament lluita.
    Per altra part, les portes obertes o tancades. A vegades deixem les portes tancades per por del que hi ha fora o per comoditat del que hi ha dins. Obrir les portes és un acte de valentia, de coratge, de ganes de créixer, d’amor al desconegut. És formidable deixar portes obertes i obrir-ne voluntàriament per fer més gran el nostre món de dins i el món dels altres.

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Bones Guillem i família, és una gran alegria que la Noa ja s’hagi recuperat! Quan un infant recupera el somriure, tots hi sortim guanyant!

    Una abraçada i força salut!

  3. Pingback: Estructura en forma de esquemas | Ser para educar

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