Bienvenida al número

A veces, no sé si fue un sueño o uno de esos episodios que, de tanto recordarlos, les he ido añadiendo adornos y detalles que realzan su veracidad, aunque, tal vez, sólo hayan existido en mi imaginación. Para evitar deformarlo más, me decido a escribirlo.

El sábado fuimos al puerto. Las nubes cubrían el cielo y la lluvia amenazaba alegremente caer sobre nosotros. Jan y Óscar se sentaron en sendos norayes y, con actitud tranquila, como quien espera encontrar aquello que sabe que lleva dentro, parecía que oteaban el horizonte. Me acerqué y los observé atentamente; entonces, me di cuenta que estaban contando las barcas atracadas en una de las dársenas del muelle. Me senté a su lado, y les acompañé con el respeto y la admiración de quien se sabe afortunado por estar delante de científicos o artistas ensimismados en la creación de una gran obra.

Según J. Piaget (1896 – 1980), el número es una síntesis de dos tipos de relaciones que el niño establece entre los objetos (por abstracción reflexiva). Una, la de orden; la otra, la de inclusión jerárquica.

Jan y Óscar, hasta ahora, cuando contaban objetos lo hacían sin orden ni concierto; saltándose unos u otros, y/o contando alguno de ellos más de una vez. Jan y Óscar no sentían la necesidad de hacerlo de otra manera. Para estar seguros de que no pasamos por alto algún objeto, o contamos alguno de ellos más de una vez, es necesario establecer entre ellos una relación de orden. No necesitamos, sin embargo, poner los objetos literalmente en orden espacial para establecer entre ellos ese tipo de relación; lo importante es que los ordenemos mentalmente.

Jan y Óscar, hasta ahora, si, después de contar una serie de objetos y afirmar una cantidad (por ejemplo, 8), les pedía que me enseñaran los ocho, algunas veces, señalaban el último objeto (el objeto octavo). Para ellos las palabras uno, dos, tres, etc. eran nombres de elementos individuales de la serie como lo pueden ser Noa, Candela, Nil, Guillem, etc. Para cuantificar objetos como un grupo, tenemos que establecer entre ellos una relación de inclusión jerárquica. Esta relación significa que incluimos mentalmente uno en dos, dos en tres, tres en cuatro, etc.

En el puerto, cuando Jan, de 4 años y medio, y Óscar, de 5 años y 2 meses, empezaron a contar barcos establecieron entre esos objetos, por primera vez para mi conciencia, una relación integrada, sintetizando el orden y la inclusión jerárquica; es decir, fueron capaces de asimilar de manera recíproca dos esquemas de conocimiento: el de orden y el de inclusión jerárquica. En ese momento, fui testigo de la emergencia, en ellos, del concepto de número (véase ¿Cómo sé lo que sabes?).

Actualmente, gracias a los trabajos de Piaget y otros, sabemos que los procesos que conducen a la emergencia de la noción de número no pasan ni por la memorización ni por actividades mecánicas de reproducción. Incluso nosotros, adultos, si hemos podido integrar esas nociones no ha sido gracias a esos métodos, que los hemos sufrido y/o gozado, sino, tal vez, a pesar de ellos. Por suerte, tal y como expone S. Greenspan (1941 – 2010), ningún niño espera a recibir instrucciones de un adulto para empezar a clasificar y ordenar objetos.

Este proceso, en Jan y en Óscar, se ha dado sin la cata, al menos consciente, de método alguno. La abstinencia del primero, la abalan mis propios ojos; la del segundo, la confianza y el respeto que siento y se respira en el ambiente familiar que lo acoge. Jan y Óscar no han elaborado fichas, no han recibido instrucciones, no han escuchado explicaciones (véase No aprendemos a través de la instrucción). Y, esto, es la imagen de algo que yo supongo firmemente: hay aprendizajes que no dependen de los métodos. Los métodos pueden frenar o ayudar, facilitar o dificultar pero no crear ni construir aprendizaje.

Ahora bien, lo que sí han hecho es manipular (véase Fichas. aprendizaje y educación infantil), cuando lo han necesitado, objetos y materiales (estructurados y no estructurados): avellanas, aceitunas, cerezas y nísperos recogidos con inocente glotonería; vasos, platos y cubiertos que han llenado mesas para supuestos comensales; piedras para levantar imaginarios muros, casas y castillos; palazos de arena y cubos de agua; cubiletes, regletas, maderitas, fichas, bolas y cien piezas más que han encontrado a su disposición en anaqueles y estanterías… Han obtenido su propio conocimiento como resultado de su propia actividad. Ellos como seres humanos intelectualmente activos no se han caracterizado, sólo, por hacer muchas cosas; sino por comparar, excluir, ordenar, categorizar, comprobar, reformular, clasificar, formular hipótesis, etc.; ya sea, en acción interiorizada o en acción efectiva.

Y, ahora, yo, pequeño y humilde como un Santo Tomás de mi propio hijo, llorando de alegría, confiando en la vida cuando los resultados confirman mis expectativas, me pregunto, junto a mi inseparable compañera, la duda, que no me da ni un respiro: ¿no ocurrirá lo mismo con la lecto-escritura? Y la respuesta, que en mi foro más interno no deja de ser afirmativa, me retumba en la cabeza con la misma sorpresa e incertidumbre que  el estremecimiento de la aldaba cuando, en una noche de tormenta, a la luz tranquila del hogar, tocan a la puerta y sabemos que ya han llegado a casa todos aquellos a los que esperábamos.

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6 respuestas a Bienvenida al número

  1. Juan Ma dijo:

    Que artículo más bonito, Guillem. Es emocionante sentir lo que explicas en este artículo.
    Un abrazo,
    Juan Ma

  2. Maria Magarolas Jordà dijo:

    M’ha emocionat. Petons

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