La estética de la Vida

A causa de las reflexiones que hemos compartido con un grupo de formadores, me propongo escribir sobre la estética. Voy a empezar diciendo que, según mi experiencia, y lo que yo he sacado de ella, la experiencia infantil es fundamentalmente estética. Y, la estética, la entiendo como una especie de empatía física y emocional con el entorno, que nos permite, cual Argonautas, ir en busca de un especie de belleza. En este sentido, la estética, siguiendo a J. Dewey (1859 – 1952) no sería algo aislado, sino algo que forma parte del flujo de la vida. De esta manera, creo, el educador, que acompaña el proceso, sería fascinante que entrenara -en el sentido de C. Rogers (1902 – 1987)-, por decirlo de alguna manera, una suerte de actitud estética de fusión con el niño y la niña y con aquello que observan; y, a través de ella, permitirse, sin perder el sentido en el colador de la lógica, una verdadera comunicación, desde su propia autenticidad, con el infante, como si de una canción a dos voces se tratase. En el educador, como adulto que acompaña conscientemente y con respeto la experiencia estética infantil, emergerá, pudiera ser, ¡qué sorpresa!, un intuición relacional que le permitirá desarrollar, también, su propia estética; la manera cómo emociones y sentimientos pueden ajustarse e ir de la mano, como yin y yang, a su vez opuestos y complementarios, con el mundo objetivo.

A menudo, los seres humanos, cuando somos capaces de estar, con presencia, conectados con nosotros mismos, al mirar el mundo físico, social, cultural, animal o vegetal nos podemos conectar -en el sentido de empatizar profundamente- con aquello que vemos y, a través de esa unión, crear una obra de arte. C. Jung (1875 – 1961), de pequeño, sentado encima de una piedra, ¿no estaría viviendo una experiencia estética?: Me siento encima de esta piedra y ella está debajo. Pero entonces, la piedra también puede decir ‘Yo’ y pensar: ‘Estoy situada aquí en esta pendiente y él está sentado sobre mí’, dando lugar a esta pregunta: ‘¿soy yo el que está sentado en la piedra o soy la piedra en la cual está sentado él?’. En esta creación-conexión artística, además de las impresiones recibidas del mundo exterior recogemos, también, las experiencias del mundo interior. Para W. Kandinsky (1866 – 1944), el arte y, en especial el color, es un medio para influir directamente en el alma. El color es la tecla. La vista es el macillo. El alma es un piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, tocando esta o aquella tecla, hace vibrar el alma.

La estética entendida, también, como la búsqueda de estructuras. G. Bateson (1904 – 1980) la definió como la capacidad de ser sensible a la estructura que conecta las cosas o los acontecimientos; como si de una experiencia interna sistémica consciente se tratara, ir agarrando el conjunto de relaciones que existen entre los diferentes elementos que constituyen el todo de nuestro conocimiento. En este sentido, la estética sería un tipo de pensar global, sincrético, que predomina en la primera infancia de manera natural, seguramente hasta los 6-7-8 años. La estética, como los 100 lenguajes de los que hablaba L. Malaguzzi (1920 – 1994), sería una posibilidad más emocional que racional que se fundamentaría en formas de conocimiento precursoras del conocimiento verbal; es decir, la imaginación, la visualización, la creatividad, la intuición, la no-verbalidad (miradas, sonrisas, posturas, silencios, gestos…), los ritmos, los colores, etc. Desgraciadamente, en nuestra sociedad está arrinconada, marginada y menospreciada por el pensar lógico y analítico; al parecer, ¡qué atrocidad!, único lenguaje. Y, en cambio, reflexionar, decidir y elegir, como procesos con base emocional -avalados por A. Damasio (1944)-, necesitarían, pues, de un marco de referencia estético, que nos permitiera esa mirada poética, de la que habla H. Maturana (1928).

Cuando nos encontramos delante de algo, aquello que encontramos en nuestro proceso relacional depende de la manera como miramos y del tipo de presencia con la que estamos. Así pues, la estética es una manera de percibir; es empatía. En este tipo de percepción, el observador descubre los sentimientos que surgen en él en el momento de examinar una realidad concreta y objetiva. Y, así, percibe significados que van más allá de la simple y pura descripción verbal. En este sentido, parafraseando a P. Picasso (1881- 1973) cuando decía que si sólo existiera una sola realidad no se podrían pintar 100 cuadros sobre un mismo tema, el arte se vuelve experiencia estética, ya que busca el máximo número de formas de poder expresar un mismo objeto o experiencia. Y, en eso, se complementa con la ciencia que, a menudo, busca la razón fundamental. Por lo tanto, en pro de una vivencia más profunda y significativa, en educación y en la vida, pienso y siento, es interesante integrar la dos. Una educación, donde niños y niñas, como pequeños Leonardos, coconstruyen, reformulando a G. Celaya (1911 – 1991), un mundo lleno de belleza cargado de futuro.

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