¿Qué esconde una pregunta?

Parece ser que, alrededor de los 3 años, antes que después, los niños comienzan a plantear preguntas sobre los porqués de las cosas. Según J. Piaget (1896 – 1980), no hay duda que, la manera como se formulan las preguntas puede indicar el tipo de respuesta que se está esperando y, por ende, el entendimiento que de la respuesta se posee. Para el suizo, con los porqués, los niños preoperativos (antes de los 6-7-8 años) buscan una explicación finalista de los fenómenos y de sus propias experiencias. Esta búsqueda (que para los adultos estaría más cercana al para qué) la relaciono con el camino que nos lleva, a lo largo de toda la vida, a distinguir entre dentro y fuera. Así pues, esta especie de precausalidad se estructuraría alrededor del modo en que el niño prueba de asimilar el mundo a sus propios esquemas de comprensión. Cosa que, por otra parte y a otro nivel, también hacemos los adultos (si no lo creo, no lo veo). Así, el niño podría decirse a él mismo, si estoy vivo y tengo conciencia, algunos objetos y fenómenos naturales también deben estarlo y tenerla, por ejemplo, el sol nos mira de día y duerme de noche; o, si me atribuyo intención, también puedo atribuírsela a las cosas, por ejemplo, la luna nos sigue.

Cuando un niño me hace una pregunta, me paro. Y, ese parón, me permite conectarme conmigo mismo y me invita a la reflexión: ¿qué hago?, ¿de dónde surge la pregunta?, ¿doy un respuesta directa?, ¿investigo qué sabe el niño sobre el tema?, ¿le pregunto y a ti qué te parece?, ¿solicito que sea él quién responda?, ¿le reflejo la pregunta sin responderla?, ¿es una manera de racionalizar una inseguridad?, ¿requiere acompañamiento emocional?, ¿busca mi atención?, etc.

El año pasado, un enjambre de abejas ocupó un níspero japonés que nos da sombra y frutos sin pedir nada a cambio. Después de pasar una semana en compañía de esos intrigantes insectos, Óscar, de casi 4 años, me preguntó: ¿por qué pican las abejas? Entonces, yo, me agaché a su altura, le di mi atención plena (véasa Atención plena) y, de alguna manera, le reflejé, al estilo C. Rogers (1902 – 1987), su pregunta: tienes curiosidad por saber porqué pican las abejas. Acto seguido, esperé. A menudo, algunos niños han aprendido que con las preguntas consiguen la atención de los adultos y, cuando, de verdad, la consiguen ya tienen suficiente y su curiosidad se desvanece. Por eso, esperé, y, en este caso, Óscar, como el Principito de Saint-Exupéry (1900 – 1944), insistió: ¿por qué pican las abejas? En ese momento, mientras le calibraba, tenía la opción de contestarle directamente, con una respuesta adaptada a su nivel, por ejemplo, las abejas pican porque se sienten amenazadas, sienten miedo, y de esa manera se defienden; o, incluso, devolverle la pregunta para conocer lo que el ya sabía sobre el tema, por ejemplo, ¿y a ti qué te parece? Por lo que yo he vivido, cuando un niño pregunta -también un adulto-, de alguna manera, ya tiene construida una posible respuesta; y, a mí, como educador, me interesa más bucear en su manera de construir significados que en plantarle los míos. Ahora bien, algunas veces, las preguntas de los niños, también las de los adultos, reflejan algo más que curiosidad y ganas de conocer el mundo. Según mi experiencia, entre otras cosas, cuando no buscan nuestras atención verdadera, pueden ser la mejor manera de que disponen para poder sostener una emoción. En el caso de Óscar, después de calibrarlo y enmarcar su pregunta en esa semana de convivencia con las reinas del aguijón, me di cuenta que me estaba pidiendo que le acompañara a nivel emocional. Según mi opinión, muchas de las preguntas que enmascaran emociones están vinculadas con el miedo, la inseguridad, la incertidumbre… En este caso, hice lo siguiente: le toqué, poniéndole una mano en la espalda y la otra en su barriga, y le dije: te dan miedo las abejas, ¿verdad? Y, ahí, empezamos una exploración, no del maravillosos mundo de las abejas, sino de su fascinante mundo interior, siguiendo a E. Gendlin (1926): ¿dónde sientes eso que te asusta?, ¿qué te dice ese miedo?, etc.

Si el niño está verdaderamente interesado en saber algo, insistirá hasta obtener una respuesta que lo satisfaga, y será útil que la respuesta que le demos (y el cómo se la demos) se ajuste a su manera de percibir y significar el mundo; y, a su vez, respete su verdadera necesidad de ser él quien encuentre sus particulares significados aplicando sus actuales estructuras a sus propias experiencias.

Si busca nuestra atención, y ha aprendido a conseguirla a través de la pregunta (que sin duda, es una manera que puede llegar a agradarnos), la seguirá usando con esa intención, y será útil que la reciba sin haber de pedirla. En otros casos, o en otras ocasiones, para conseguir satisfacer esa verdadera necesidad de atención, podría llegar a usar modos menos agradables; y, entonces, será bueno que recordemos esa máxima que reza así: cuando un niño parece que merezca menos nuestra atención es cuando más la necesita.

Si lo que necesita es que lo acompañemos emocionalmente, insistirá hasta que encuentre un adulto que le ayude, o bien a sostener aquello que siente, o bien a bloquearlo. Si desgraciadamente encuentra lo segundo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, los mecanismos que use para protegerse de esos estados desagradables irán estructurando una coraza -bien particular- que, aunque parezca ligera, la ira sintiendo, con el tiempo y la vida, cada vez más rígida y pesada; y, alejándose del dolor, ira alejándose, a su vez y al mismo ritmo, de su sentir. Por suerte, la naturaleza, que es sabia, le irá presentando, a lo largo de su vida, situaciones y experiencias que le permitirán, si está atento y abierto -entre otras muchas cosas-, reconectarse con ese dolor hasta que logre, al fin, acompañarlo, aceptarlo e integrarlo.

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7 respuestas a ¿Qué esconde una pregunta?

  1. Juan Ma dijo:

    Hola Guillem,
    quiero resaltar esta parte
    ” Por suerte, la naturaleza, que es sabia, le irá presentando a lo largo de su vida, situaciones y experiencias, que le permitirán, si está abierto y atento -entre otras muchas cosas-, reconectarse con ese dolor hasta que logre, al fin, acompañarlo, aceptarlo e integrarlo”
    ya que me gusta que le llames “suerte” y “sabia” a la naturaleza, aunque ésta nos presente situaciones y experiencias dolorosas.
    Personalmente, saber que la naturaleza te presenta estas situaciones hace que me sienta más responsable de mi propia vida y no proyecte o responsabilice la causa de mi dolor en los otros/as. Y eso hace que pueda crecer convencido día a día, de que algunos seres humanos, niños, adultos, ancianos… puedemos empezar a aceptar e integrar el dolor, incluso, y a pesar de los reversos que la vida nos pueda traer.
    Las preguntas que salen del miedo de nuestro corazón y que lanzamos a la naturaleza, al universo, nos volveran en forma de nuevas preguntas y/o quizas con alguna respuesta, aunque al fin y al cabo no nos hace falta ninguna respuesta, pero sí sentir que no estamos solos, que pertenecemos a la vida o que ésta nos pertenece y que podemos estar conectados con algo que está por encima de nosotros mismos.
    Todo ello si estamos abiertos y atentos y así poder acompañar, aceptar y integrar el dolor y la dicha también.
    Un fuerte abrazo
    Juan Ma

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Bones Guillem i companyia,

    Michael Brown, en el seu llibre “El proceso de la presencia”, i també posteriorment a “La alquimia del corazón” proposa una manera molt particular de fer-se preguntes, cito alguns fragments:

    “Cuando abordamos una pregunta con la idea preconcebida de que sólo podemos acceder a la respuesta a través del pensamiento, hacemos del ego un cómplice, al tiempo que nos limitamos a la mente pensante como único mecanismo posible para lograr el empeño. ”

    “Comprendiendo y aceptando que todas las preguntas que nos formulamos van a ser respondidas inevitablemente (per la llei de la causa-efecte), podemos poner toda nuestra atención en el proceso de formulación de preguntas útiles y retirar nuestra atención del proceso de intentar “pensar” las respuestas”.

    Pot ser, només amb aquestes dues cites no s’acaba de comprendre l’abast d’aquesta idea. Per a mi va ser molt reveladora!!!!, perquè jo estava acostumat a “pensar mentalment” en les preguntes que venien de fora i de dins, i mai havia fet l’exercici de deixar que les preguntes ressonessin dins meu i no posar cap esfoç en “pensar” la resposta i deixar que la resposta “vingués sola”. Centrar-se en fer-se preguntes “pures”, i deixar que el TOT faci la seva feina… és un autèntic plaer no ser esclau de les respostes!!!

    Salut!

    • Gràcies per la cita. M’arriba caiguda del cel…
      Ho comparteixo plenament!!!! És increïble!!!!
      No coneixia aquest autor i m’agradaria molt poder-lo llegir.

      Moltes abraçades de tot cor

  3. Sebas dijo:

    Ayer, en el parque, un niño de unos 5, hijo de unos amigos, me preguntó:

    ¿Cómo se hacen los rayos?

    La noche anterior había habido una tormenta de verano, con rayos y truenos, y todo eso…
    Le respondí:

    Y… ¿tú qué crees?

    Él me respondió:

    Creo que hay una energía dentro de las nubes que…

  4. Pingback: El control de esfínteres y un poco más (2/2) | Ser para educar

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