Una educación matrística

Según C. Naranjo (1932), en Cambiar la educación para cambiar el mundo (2004), la razón de todos los males que pesan sobre nuestra sociedad, que nos ha arrastrado a la actual crisis, es nuestra limitada capacidad para construir y mantener relaciones personales saludables. Naranjo afirma que aquello que se interpone entre nosotros y nuestra capacidad de establecer relaciones sanas, fundamentadas en la aceptación, es la persistencia, en nuestra sociedad, de vínculos obsoletos de autoridad y dependencia que son el abono de la dictadura de lo paterno sobre lo materno y lo filial. Según Naranjo, el mal reside en aquello que se ha dado en llamar patriarcado. La mentalidad patriarcal haría referencia a una pasión ilimitada por la autoridad, por el ego, el ego patrístico; una mezcla de violencia, voracidad, consciencia insular y egoísta, insensibilidad y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Para H. Maturana (1928), en Amor y juego: fundamentos olvidados de lo humano. Desde el Patriarcado a al Democracia (1993), la cultura patriarcal está constituida por una coordinación de acciones, pensamientos y emociones que transforman nuestro cotidiano en un tipo de convivencia que valora la guerra, la competencia, la lucha, las jerarquías, la autoridad, el poder, la procreación, el crecimiento, la apropiación de recursos, y la justificación racional del control y la dominación de los otros a través de la apropiación de la verdad.

Sin duda, algo pasó hace unos 6000 años, que la historia celebra como el nacimiento de la civilización, que originó las primeras desigualdades, la esclavitud y las guerras. Naranjo, en La mente patriarcal: transformar la educación para renacer de la crisis y construir una sociedad sana (2010), nos recuerda que el establecimiento de la sociedad patriarcal está íntimamente ligada al establecimiento de la institución pater familias, a la que pertenecen las mujeres y los hijos. Esta sociedad patriarcal ha perdurado gracias y a través de la hegemonía del aspecto paterno de la mente individual, con la consiguiente subordinación del aspecto amoroso materno y el aplastamiento de la espontaneidad del niño interior que es, a su vez, nuestro aspecto instintivo animal.

Desde esta perspectiva, la violencia en contra de las mujeres, en particular, y la violencia familiar, en general, serían un reflejo y una consecuencia de una sociedad patriarcal, fundada en unas relaciones de poder y autoridad histórica y culturalmente desiguales entre hombre y mujer. Haber mantenido este tipo de relaciones nos ha llevado inexorable y consecuentemente a la dominación de la mujer y a la creación de obstáculos para limitar su desarrollo.

Ahora bien, parece que esto no siempre fue así. La arqueóloga M. Gimbutas (1921 – 1994) en su libro Diosas y dioses de la Vieja Europa (1974) nos descubre que la cultura pre-indoeuropea, matrifocal, era agrícola y sedentaria, igualitaria y pacífica; y que contrasta con la proto-indoeuropea, patriarcal, estratificada, pastoral, móvil y guerrera. Cabe decir que, esta última se impuso en casi toda Europa, entre el 4500a.C. y el 2500a.C. Además, durante y después de este periodo, la Diosa Creadora de los pre-indoeuropeos, en sus diversas formas, fue remplazada por los dioses predominantemente masculinos de los indoeuropeos. Pero, ¿cuánto tiempo abarca el período pre-indoeuropeo?, y ¿cómo se vivía en estas comunidades?, y ¿qué es lo que se conservaba en las relaciones entre estos seres humanos que hizo posible que emergiera un modo de convivir tan diferente al que predomina actualmente? Gimbutas, basándose en el estudio de una gran variedad de sitios arqueológicos y en una miríada de piezas de esculturas de todo tipo y material, afirma la persistencia de la veneración a la Diosa Creadora –con los valores que lleva asociada- durante más de 20.000 años, desde el Paleolítico al Neolítico, y más allá de éste. Según Maturana, en la evolución de la especie humana durante este extensísimo período se conservó una convivencia donde las personas eran legítimas, aceptadas, diferentes y responsables; entendida la responsabilidad como el momento en el cual el individuo es consciente de las propias acciones y actúa aceptando sus consecuencias. Así pues, maternal o ámbito materno, son conceptos que emergerían de las relaciones que se establecieron entre los miembros de los primeros grupos humanos que compusieron las sociedades que se han dado en llamar matrísticas. Maturana, rememorando estos tiempos perdidos y basándose en sus estudios biológicos, nos recuerda que como seres humanos somos seres adictos al amor y dependemos, para la armonía biológica de nuestro vivir, de la cooperación y la sensualidad, no de la competencia y la lucha (véase La evolución cooperativa). Según C. Rodrigañez, en El asalto al Ades (4ª edición: 2010), el fin de lo matrístico como sociedad coincidiría con el surgimiento de la idea de dominar la tierra -opuesta al arte Neolítico- y parece que ello arrancaría en los tiempos del Génesis, al igual que el parto con dolor, la dominación del hombre sobre la mujer, y todo aquello propio de la sociedad patriarcal. A partir de este momento y en este otro espacio de la evolución de la especie humana, se conserva la competencia, el poder, la ilegitimidad y la irresponsabilidad; se empieza a vivir en la desconfianza y se buscan certidumbres en el control del mundo natural, de los otros seres humanos y de uno mismo. Al vivir en la desconfianza no se aceptan los desacuerdos como hechos legítimos, y sólo se tolera lo divergente cuando se cree que eventualmente será modificado o eliminado.

Y, todo esto, me he decidido a escribirlo al ver a mi sobrino, de 2 días de edad , y la manera en como estamos viviendo su nacimiento y las relaciones que establecemos a su alrededor. Y, por haberlo vivido, acuerdo con Maturana cuando afirma que, actualmente, sólo vivimos los valores de lo matrístico en la relación materno-infantil.

La educación en la que creo y para la que vivo acuerda con ello, con lo matrístico: valorando lo corporal y la sensualidad, las relaciones de confianza y aceptación, la horizontalidad y la escucha, las relaciones cooperativas y respetuosas, lo emocional, la presencia, la honestidad y la sinceridad, el ser uno mismo…

Ojalá sepamos conservarlo en el ámbito materno-infantil, ojalá sepamos vivir desde ahí, ojalá sepamos trasladarlo al resto de ámbitos de nuestro maltrecho mundo.

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13 respuestas a Una educación matrística

  1. Carolina Cid dijo:

    Cambiar la educación para cambiar el mundo… que palabras tan sabias del Sr. Claudio Naranjo, cuanta razón tienen. Guillem espero que algun dia con los pasitos que damos cada uno de nosotr@s, desde la transformación interna hacia el cambio externo, podamos crear una realidad llena de dulces experiencias para la infancia, y que de una vez esa Vaca Sagrada llamada educación nos acompañe en el proceso de mejora… supongo que cuando llegue el dia que abrazemos lo emocional y guardemos en un cajón lo material, estaremos preparados para ver a nuestros semejantes desde la participación y no la competición. Un abrazo compañero.

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  4. Maria Magarolas Jordà dijo:

    La mare, la transmissora de la llengua, de la cultura dels afectes… El pare, el transmissor de l’herència, de l’ofici… Així ho havia estudiat jo al parlar de la família.
    Avui al llegir-te s’ha eixamplat l’horitzó i s’ha completat. Es veritat que les relacions que teixim al voltant nostre i la manera que tenim de gestionar-les ens fan d’una manera determinada.

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