¿Hay algo que cierra?

Acabo de terminar El caballero inexistente (1959) de Italo Calvino (1923 – 1985). Esta novela junto al El vizconte de mediado (1952) y El barón rampante (1957) conforman, para mí, una maravillosa trilogía de grandes personajes. Hoy y aquí, me quedo con la primera. Y, de ésta, quiero rescatar a Agilulfo, guerrero encerrado e invisible en su armadura, queriendo ser cuando no es, difuminado tras un cúmulo de conductas y atribuciones preestablecidas; y a Gurdulú, escudero sin conciencia de ser, que está pero no sabe que está, fundiéndose con todo lo que le rodea.

Al terminar el libro, se me ha ocurrido pensar que, en nuestra sociedad, en la manera como educamos, pareciera como si hubiera algo que cerrara, que sellara el alma de las personas (véase Identidad y esencia). Eso, que serviría, cual grillete, para asegurarnos, presidiarios de las formas sin fondo, vendría a ser como una especie de capa de cemento aislante, tipo armadura, que nos incomunicaría con nosotros mismos y con nuestro alrededor.

El cemento protege, pero no nos permite ser nosotros mismos, nos vuelve inflexibles, nos torna impermeable; nos uniformiza, nos iguala, anula nuestro ser más profundo. Y todo ello nos injerta a todos y a todas a un mismo árbol genealógico sociocultural con un antepasado común: el Caballero inexitente.

Mi esperanza, y lo que saco de la manera que tengo de relacionarme con niños y niñas, apoya mi creencia que eso, el irnos encerrando en coraza vacía, no es consubstancial al ser humano, sino sólo algo propio de nuestro momento geográfico-histórico-cultural. Esta intuición, que en mí sólo es un olor que me transporta de un fogonazo a mi propia niñez, es claro y obvio en ciertas comunidades africanas; mucho más cercanas que nosotros a aquello que llamamos sociedades matrísticas (véase  Una educación matrística). En determinados poblados de este antiguo continente, cuando nace un pequeño, pasados unos días, se le plantea una cuestión. El chamán de la tribu, como encargado de iniciar el diálogo con el nuevo ser, le pregunta: ¿por qué has venido a este mundo?, ¿cuál es la misión de tu espíritu? La comunidad no sabe qué respuesta recibe el sabio brujo, pero aquello que sí sabe es que si ese recién llegado no encuentra su misión no llegará, tampoco, a ser feliz.

Cuando uno no es capaz de conectar con su esencia, cuando uno no es capaz de navegar guiado por su misión, a pesar de hacerlo y tenerlo todo, siente un vacío en su interior, como si le faltara algo invisible que no le permitiera vivir en paz (véase Variaciones I sobre Segunda Piel y Motivación y aprendizaje o el sorprendente caso del Sr.Pink (1ª parte)). Según C. Naranjo (1932), la persona, de tanto dolor acumulado, finalmente se desconecta de su verdadera humanidad. Poco a poco, desde el almete del yelmo hasta las grebas, nuestra esencia va desapareciendo, pieza a pieza, ocultada e inservible. Y, desde ahí, dirigidos por nuestro ego de metal, las personas actuamos, movidas por el miedo y la necesidad de supervivencia física y emocional, con el objetivo de conseguir que la realidad se adapte a nuestros deseos, necesidades y expectativas egoístas.

La educación en la que creo, y para la que trabajo, acompaña a cada niño y a cada niña en su particular proceso de seguir conectados con ellos mismos; a la vez, aprender a conectarse con los demás; y, al mismo tiempo, mantener su canal abierto al campo. Y, eso, coincidiría con el mensaje que he interpretado de, por ejemplo, Buda o Jesucristo: aprender a integrar y trascender nuestro ego para poder vivir conectados con nosotros mismos, con los demás y con el entorno.

El mensaje vendría a ser: no existe la fragmentación, sólo la unidad: todos somos uno (véase Más allá del dualismo). En este sentido, la búsqueda de la verdad nos llevaría a cuestionarnos nuestro condicionamiento familiar y sociocultural, nuestra inexistencia cotidiana, nuestra alienación, para recuperar el contacto con nuestra verdadera naturaleza, con nuestra esencia.

La bailarina Martha Graham (1894 – 1991) expresó la unicidad y la singularidad del ser humano de de esta manera:

Existe una fuerza vital que se traduce en acción a través de ti, y como sólo existe un solo tú en este mundo esa expresión es única. Si la bloqueas no podrá existir a través de ningún otro medio y se perderá. El mundo la perderá. No depende de ti determinar cuán buena es, ni compararla con otras expresiones. Tu misión es mantener el canal abierto.

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3 respuestas a ¿Hay algo que cierra?

  1. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Mantener el canal abierto…Mantener los ojos abiertos; los oidos abiertos…y los brazos abiertos. En estos dias nos ha nacido un niño. Una gran alegria. Un niño deseado y querido por todos. El bebe cuando nace està abierto y necesitado de todo y nosotros podemos (o no) cogerlo, tocarlo, abrazarlo, besarlo y fundirnos con el en un interminable abrazo.
    Estaria bien que esta actitud formara parte de nuestro hacer de cada dia, sin cementos ni corazas que nos impidieran comunicarnos y emocionarnos, crecer y aprender de todos.
    Realmente os digo que en cuanto podais abraceis un bebe. No perdais la ocasión.

  2. Pingback: La crisis de la adolescencia | Ser para educar

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