El campo relacional

Hace unos meses, con mucho cariño, escribí sobre lo que yo entiendo por campo (véase El sentido de pertenencia más allá de la Vida). Me apetece, ahora, retomarlo.

Por deformación universitaria (la última vez, ya lo hice así), introduzco la noción de campo diciendo que, según la Física Clásica, una partícula da origen a una modificación del espacio que se encuentra a su alrededor (crea un campo: gravitatorio, eléctrico, magnético…), y otra partícula experimenta la acción de dicho campo (me parece especialmente útil la imagen de un imán, y todo aquello que sucede cuando vamos colocando virutas de hierro más o menos cerca del “campo” de acción que ha creado). Trasladando este concepto a las relaciones humanas, tendríamos que toda persona crea un campo y todo aquél que se relaciona con ella experimenta su acción. Siguiéndole el hilo a este razonamiento, dos personas se influirían mutuamente a causa de la interacción entre sus campos y, a su vez, entre las dos, coconstruirían un campo total (fruto de su particular relación) que afectaría a posibles terceros. Generalizándolo a todo un grupo de personas (desde un pequeño grupo hasta toda la humanidad), podríamos concebir el Campo como una inmensa red de resonancias que se caracterizan por un principio unitivo que nos conecta con los demás, con los vivos y con los muertos. El gran poeta libanés, Kahlil Gibran (1883 – 1931), lo expresaba de la siguiente manera: La tierra es mi patria, la humanidad, mi familia.

De esta manera, el campo nos indica que todo está conectado con todo, y todos estamos conectados con todos. En este sentido, como ya decíamos, hay multitud de campos que interaccionan y se influyen mutuamente: el tú, el nosotros, el grupo, la familia, los colegas, el pueblo, la ciudad, el país, el planeta… Todo aquello que transciende lo personal constituye un campo en el que estamos nadando sin darnos cuenta. Resonamos y vibramos con/en todos los campos a los que pertenecemos, desde la pareja, pasando por la familia, los grupos de los que formamos parte, hasta llegar a la totalidad de la humanidad. En este sentido, el sufismo, en una adaptación de Rumi (1207 -1273) , lo manifiesta de esta manera: «Un hombre presentóse ante la casa de su amada y a la puerta llamó. Preguntaron: “¿quién es?” Repuso: “yo”. Replicaron: “No hay para ti y para mí, no hay sitio para los dos”. Un año después, volvía el hombre y a la puerta llamó. Preguntaron: “¿quién es?”. Repuso: “soy tú”. Y la puerta se le abrió».

J. Garriga (1957), en Vivir en el Alma (2008) comenta lo siguiente: No sólo tenemos una mente personal, sino que participamos de una mente grupal, de un campo de conciencia grupal, de un espacio de resonancias donde todos estamos interconectados. R. Sheldrake (1942), biólogo británico, lo explica de la siguiente manera: La memoria y la información se encuentran en el campo y no en la persona individual. B. Hellinger (1925) lo aplica a través de las llamadas por él Constelaciones familiares; y, según su criterio, en Felicidad que permanece: lo esencial de las Constelaciones Familiares (2007): Mi felicidad no es plena hasta que todos los que forman parte de mi familia tienen un lugar en mi corazón. G. Bateson (1904 – 1980), tal y como apuntaba en otra reflexión (véase Espiritualidad) nos dice que hay una Mente mayor, de la que la mente individual sólo es un subsistema.

En educación, y en terapia, ser consciente del campo entre adulto y niño es de suma importancia. Gilligan nos recuerda que esa zona vincular contiene las diferencias y que, todavía hay un campo mayor que lo sostiene todo. Marroquín pone el énfasis en el hecho que es en ese espacio donde se construye y actúa la empatía relacional (Véase Superposición e incertidumbre). Rogers (1902 – 1987) y Gendlin (1926), según mi lectura, apuestan por la eficacia de la atención y presencia que sólo puede ser darse, de manera auténtica, si uno es consciente de la creación y el cuidado de esa envoltura relacional.

En la vida, el campo genera una fuerza que nos tironea dentro de todos aquellos grupos humanos a los que pertenecemos. Cada una de nuestras personalidades individuales, únicas y singulares, constituyen nuestro yo que, como animales mamíferos que somos, encuentra su verdadero sentido cuando se siente que pertenece al nosotros. Cada uno de nosotros, en general, y nuestros hijos, en particular, tomamos sentido en el marco de los sistemas a los que pertenecemos. En cada uno de nosotros, lo personal y lo generacional se mezclan y entrelazan; nuestras experiencias individuales con el legado de nuestros antepasados. Es decir, para vivir en armonía y felicidad es necesario que nos sintamos nosotros mismos en relación con los demás dentro de una estructura que, con Amor, nos dé un lugar, nos acoja y nos sostenga.

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5 respuestas a El campo relacional

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  4. Los campos relacionales entrelazan todos las entidades de la realidad (las realidades). Estos trascienden las relaciones entre mi ser individual y su entorno al mundo de las ideas, las dimensiones espacio-temporales, el ayer, el mañana, …
    Los campos relacionales se construyes a partir de la necesidad de comprensión y cada uno de sus nodos puede ser considerado como enfático en algún momento, cuando tratamos de dar explicación desde su perspectiva.
    Los campos relacionales son dinámicos, tonto como lo es la realidad, y no soportan la linealidad, ya que en ellos se comprende que algunos eventos suceden de forma simultánea y en diferentes dimensiones a la vez.

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