En brazos. Necesario pero no suficiente

Hace unos días observaba un grupo de escolares que subían al bus dispuestos a ir de excursión. Curiosamente, todos ellos, antes de entrar al autocar, buscaban el abrazo tranquilizador de su madre.

Una de las ideas que se pueden extraer de los libros de J. Bowlby (1907 – 1990), constructor de la teoría del apego, es que la relación que se crea entre niño – madre es la base desde la que el niño descubre el mundo. Los fuertes lazos emotivos entre madres e hijos aumentan la disposición de los niños a explorar su entorno. Cuánto más convencidos estamos de que podemos volver, de que nunca seremos rechazados, de que somos aceptados, más osadas serán nuestras aventuras. Cuánta mayor seguridad tenemos en el vínculo con nuestra madre, más propensos somos a ensayar cosas nuevas y a asumir riesgos, efecto que, sin duda, perdura hasta la edad adulta. Sin ir más lejos, la mera evocación de la caricia de una madre o su voz por teléfono bastan para cambiar estados de ánimo.

El contacto físico no es la única fuente de energía maternal. En referencia a ello, leo un artículo en el que se cita un estudio publicado en Proceeding of the Royal Society B. En dicho estudio, unas investigadoras de la Universidad de Wisconsin-Madison estresaron a un grupo de niñas de entre 7 y 12 años. Les exigieron que realizasen ejercicios de matemáticas y que hablasen en público. Después, algunas niñas, se reunieron con su madre, otras, sólo pudieron hablar con ella por teléfono. Las últimas liberaron iguales dosis de oxitocina, la hormona que, entre otras cosas, induce el vínculo social (véase La hormona del vínculo), que aquellas abrazadas por su madre. Ambos grupos presentaron similares niveles bajos de cortisol (hormona del estrés), lo que podría explicar por qué tantas personas, sean jóvenes o adultas, llaman a su madre cuando se sienten tristes. Parece que se trata de un fenómeno básico: en el fondo, tiene que ver con el hecho que nuestra madre fue la primera en abrazarnos, y los efectos de ese vínculo perduran. Incluso, yendo un poco más allá, podemos intuir que las primeras relaciones con la madre y otras personas cercanas (el padre, sobretodo) pueden prefigurar el resto de nuestras relaciones o, mejor dicho, por decirlo de alguna manera, nuestro posterior modus operandi relacional.

Así que, contrariamente a lo que mucha gente cree, los niño y las niñas que son llevados en brazos y pasan mucho tiempo con su padre y su madre se tornan más seguros y autónomos. Y, aquí, quiero hacer un comentario que, aunque pueda parecer obvio, siento que es importante apuntar. El hecho que el niño pase tiempo con sus padres, el hecho que un niño sea llevado en brazos, no significa que, a ese niño, se le deban satisfacer todos sus deseos y necesidades. Y, ahora, voy por partes: las necesidades verdaderas de un niño es importante que las satisfagamos -siempre que podamos, claro está-, por no decir imprescindible; las otras, las sustitutas, deben ser exploradas y descubrir qué esconden. Por su lado, los deseos es importante que sean escuchados y respetados, pero no siempre satisfechos. Y, ahí, está la cuestión, la piedra filosofal: el criterio y el buen saber hacer de padres y educadores es el encargado de diferenciar entre deseos y necesidades y, luego, actuar en consecuencia. Si a un niño se le satisfacen todos sus deseos, pero no sus verdaderas necesidades, según mi opinión, por muchos brazos y muchos ratos de padres que haya tenido, no desarrolla una verdadera autonomía. La sensación interna del niño es la de no tener sus necesidades cubiertas y, por lo tanto, sigue demandando, ávido y glotón, generalmente, siguiendo la vía de los deseos. Sus padres y/o educadores, solícitos y prontos a cubrir aquello que el niño les demande, corren a colmar las expectativas infantiles y, con ello, paradójicamente, le dan al pequeño aquello que, en lugar de reportarle seguridad y autonomía, le amarra más y más a las invisibles garras de sus cuidadores. Y, ese niño,  que, a veces, externamente, puede aparecer como un ser dependiente y débil, en otras ocasiones, se transforma, a la luz de un observador, en alguien que exige, con fuerza, hasta la extenuación. En ambos casos, un niño que clama atención a sus verdaderas necesidades.

Un niño necesita el contacto físico de sus padres; el apego o vínculo afectivo es una necesidad básica del ser humano, tan básica como el hambre. Satisfacer las necesidades básicas y verdaderas de nuestros hijos asegura que puedan crecer seguros, tranquilos y, por ende, puedan desarrollar su autonomía. Satisfacer las necesidades verdaderas de nuestros hijos, tenerlos en brazos, ponerles límites, acariciarlos, escucharlos, asegurarles un plácido sueño, decirles que no, alimentarlos, darles toda nuestra atención no-dividida (véase Atención plena), decirle que sí, no darles todo aquello que piden -no satisfacer todos sus deseos-, respetarlos, etc. es un camino que, aliñado con mucho amor, límites y confianza ciega en la Vida, les ofrece la posibilidad, a ellos mismos, de ser ellos mismos los se autoconstruyan como seres autónomos.

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5 respuestas a En brazos. Necesario pero no suficiente

  1. sabina renau dijo:

    Mi observación es que si estan las necesidades verdaderas satisfechas, un niño ya no pide nada mas. Un niño que està pidiendo y al que hay que “saber decirle que no” es que no tiene sus necesidades verdaderas satisfechas. Y su pedir no es mas que el sintoma de que le esta faltando algo de lo verdadero.
    Un saludo y gracias!

  2. Querida Sabina,
    primero de todo quiero agradecerte tu comentario.
    Me llena de gozo que hayas escrito…
    y me parece muy oportuna tu observación.

    Quiero empezar deciendo que, tal y como expongo en mi reflexión, estoy plenamente de acuerdo con tu observación.

    Y, a continuación, aprovechando tu comentario, quiero afinar un poco más en el tema de los deseos y las necesidades y ver algún caso particular. Y, sobretodo, de los deseos que un niño, con sus necesidades verdaderas cubiertas, “pide” y que, a veces, como adultos, debemos negarle; y, por lo tanto, aprender a decirle “no”. Y, ahí, nos encontraríamos con “un pedir”, en este caso un deseo, que no nos manifestaria, necesariamente, que le está faltando algo de lo verdadero.

    Pero, vamos poco a poco…
    Según mi experiencia, las necesidades y los deseos van por caminos distintos; a veces, se cruzan y a veces no. El deseo es un motor muy importante en la vida y, según lo que yo pienso, es interesante permitir que los niños deseen y se ilusionen, aunque, a veces, queramos decirles “no” a la concreción real del mismo.
    El deseo, a veces, es algo poco “permitido” en nuestra sociedad. Y no me refiero a la concreción real del deseo que, a menudo, se satisface de manera indiscriminada y como un sustituto de las verdaderas necesidades (como ya digo en la reflexión); sino a la posibilidad de disfrutar con la manipulación simbólica del deseo… y ya!
    Así que, por ejemplo, supongamos un niño de 5 años que tiene sus verdaderas necesidades cubiertas y, junto con su madre, pasa al lado de un vendedor de globos. El niño se queda absorto con el movimiento de los globos y le pide uno a su madre. Eso, en este caso, es un deseo (o pensamos que puede serlo). Entonces, la madre, en este caso, por las razones que sean, decide decirle que no.

    Según mi punto de vista, si…
    el niño tiene sus verdaderas necesidades cubiertas,
    y a la vez
    la madre sabe decirle que no,
    y a la vez
    la madre reconoce y acepta el deseo
    el niño aceptará el hecho de no “llevar a acto” su deseo y podrá (si su madre acompaña y reconoce el deseo), a su vez, disfrutar de él a nivel simbólico.

    Por eso, aunque un niño tenga sus verdaderas necesidades cubiertas, a veces, puede pedir (un deseo) y, a veces, si los adultos que le acompañan lo creen conveniente, será oportuno aprender a decirle que no, cuidando, a su vez, de que el niño, a nivel simbólico, pueda seguir disfrutando y compartiendo su deseo y su ilusión.
    Porque tener deseos y poder gozar de ellos simbólicamente, también es una necesidade verdadera.

    Gracias de nuevo y gracias por permitirme explicar un poco más
    Recibe un fuerte abrazo simbólico y virtual lleno de buenos deseos

  3. Pingback: Liberar el estrés infantil | Ser para educar

  4. Juan Ma dijo:

    Tal como lo entiendo yo aprender a vivir el deseo des de lo simbólico es una manera de entender la libertad, y aprender la honestedat y la honradez, y aceptar la realidad con alegría. De otra forma nunca estamos satisfechos y se pierde la fe i la esperanza a causa de no saber poner limites a la realidad.
    Mi pregunta, ahora mismo, es si las pulsiones o en concreto la pulsión escópica es un deseo o una necesidad… Un abrazo, Juan Ma

    • Querido Juan Ma,
      como ya sabes, mi fuerte no es el psicoanálisis; pero a la «pulsión escópica», algunos la llaman, también, el deseo de mirar.
      Hace un tiempo escribí sobre las fases del espejo de Lacan y, según parece, ese deseo de mirar se dirige primero al cuerpo propio -coincidiendo con el momento en el que el niño se percibe como unidad-, para retornar, luego, bajo el deseo de ser mirado.

      Según lo que yo creo, existe un momento en el que el niño se da cuenta que es mirado (mira que es mirado). El niño se mira en la madre que, a su vez, se mira en el niño.

      Más allá de eso, creo que para que un niño se convierta en un ser humano hay que tratarle como tal, y proporcionarle estructuras humanas. Todo aquello que vive un niño, creo, es importante que sea patrocinado, que sea estructurado/significado como humano. Y, eso, solo lo puede hacer la mirada de un adulto. En este sentido, pues, esa pulsión escópica podria devenir una necesidad del niño para poder existir como humano. Es decir, para poder estructurarse como ser humano, el niño necesita de la mirada de otro humano y, así, poder mirarse, a sí mismo, a través de ella. Vendría a ser una mirada que sirve para que el sujeto se pueda mirar a sí mismo y, así, autocontruir su propia identidad.
      Seguramente para que un niño crezca estructurado no sólo es necesaria la mirada (un eufemismo para no decir Amor) sino que, creo, también hacen falta los límites (un eufemismo para no decir Seguridad).
      Mirada y límites; amor y seguridad: un cóctel púramente humano.

      Un abarzo

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