El cuerpo como santuario

Durante esta última semana, en un curso, hemos estado trabajando, entre otras cosas, la capacidad de lo que hemos acordado en llamar estar centrado (véase Conectados con la Vida). Decíamos que la mejor versión de uno mismo emerge cuando se da una relación integrada y resonante entre nuestras tres mentes (véase Nuestro cerebro: 3+1 colaborandio). Según S. Gilligan, estas tres mentes son: Mente Somática (cuerpo, sensación sentida somática, observación consciente, capacidad de experimentar…); Mente Cognitiva (conciencia, intelecto, capacidad de expandir racionalmente…); Mente Campo (integración, sentido de pertenencia a un sistema mayor…). A su vez, según Gilligan, estas tres mentes pueden estar organizadas en tres diferentes configuraciones: Nivel Primitivo – Nivel Ego – Nivel Generativo.

A nivel orientativo, podemos decir que, la mente somática de los niños se encuentran en el nivel primitivo. El nivel primitivo nos da mucha energía; de eso no hay duda: si pasamos un buen rato con un niño nos damos cuenta. Ahora bien, cabe puntualizar que cuando hablamos de energía nos referimos a energía somática: corporal, intensa, variada, con altos y bajos, poli-rítmica, etc. Y, a veces, los adultos, podemos vivir este nivel primitivo de los niños, tal y como aquí lo entendemos, como desbordado, desparramado, sin contornos, explosivo… Y, es en este sentido que decimos que aquello primitivo necesita un poco de orden, un poco de estructura. Pero, a su vez, hemos de velar para que esa estructura no “mate” al niño, no lo encarcele. Los límites son útiles cuando nos aportan seguridad (a nosotros, a los demás y al entorno), cuando nos acompañan a la hora de canalizar lo que sentimos… pero no lo son cuando nos oprimen, nos abruman y nos impiden desplegar todas nuestras potencialidades y toda nuestra creatividad. Pienso que, cuando, como adultos, sabemos sumar limites más amor, responsabilidad más libertad, conseguimos crear espacios donde pueden emerger personas generativas, creativas y en armonía. En este sentido, vale la pena recordar que todas y cada una de las experiencias humanas se construyen y maduran en relación con seres humanos, en contextos sociales. Así pues, la presencia de un adulto centrado tiene la capacidad y la posibilidad de aportar presencia humana a las conductas de los niños. Aportar presencia humana significa, entre otras cosas, elevar la energía somática, que se encuentra en un estado primitivo (una energía no centrada, no sostenida, no integrada con otras energías… ) a un nivel más óptimo. Aportar presencia humana, sostener todo aquello que aparezca, nos es muy útil; ya que, una energía desbordada no centrada puede convertirse, a la larga, en un síntoma.

Normalmente, la mente somática de los adultos se encuentra en el nivel Ego. El nivel Ego puede ser un nivel más o menos ordenado que nos permite ir tirando en nuestro día día. Ahora bien, frente a un problema, o delante de una situación estresante, podemos caer al nivel primitivo. En este nivel, se activan y funcionan lo que llamamos estrategias de supervivencia. El Ego retorna a sus estrategias primitivas, animales: atacar, luchar, huir, someterse, paralizarse… Sólo existe una especia animal capaz de mantenerse en sus estrategias de supervivencia de manera permanente: el hombre. El resto de especies sólo las usan en situaciones de peligro. Cuando el peligro desaparece, recuperan su estado normal. Las consecuencias de mantenerse permanentemente en un estado de supervivencia nos puede llevar a graves estados de estrés (véase Liberar el estrés infantil). Así pues, los tres valores por defecto, de serie, que posee nuestro sistema nervioso son atacar, paralizarse y huir. Ahora bien, existe una cuarta respuesta: el Fluir de M. Csikszentmihalyi (1934). Gilligan y otros a esta respuesta la llamamos estar centrado.

Ahora bien, caer en el nivel somático primitivo no tiene porque ser siempre negativo y/o desagradable; puede ser un proceso buscado y voluntario. Hay una serie de actividades que pueden sacarnos de nuestra conciencia ego y reconectarnos con el flujo de nuestra mente original, regenerarnos y recrear nuestra manera de ser en la vida; sería una manera de cuidar de nuestro niño interior, de velar por lo creativo, por lo instintivo; y tal y como dice Naranjo (1932), por lo dionisíaco. Tendría que ver también con recuperar el sentido de fluidez que da el aquí y el ahora, la interconexión, la libertad, el juego y la presencia.

El nivel somático generativo nos permite abrirnos a un campo de posibilidades, nos permite transformar los problemas en oportunidades. En el nivel generativo, el estado que sostiene la experiencia es el que puede generar resultados. En el nivel corporal generativo estamos conectados con lo que Genldin (1926) llama una profunda sensación sentida de presencia interna, una conexión con nuestro adentro como si de un espacio sagrado se tratara, una clara conciencia del afuera como de un espacio protector, una auténtica comunión y fusión con el otro, y una vinculación con el espacio que está más allá de nuestra conciencia individual.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Amor, Dentro-Fuera, Felicidad, Libertad y Autonomía y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El cuerpo como santuario

  1. Pingback: Atención y emoción | Ser para educar

  2. Pingback: Puertas | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s