Estar presente

En la región de Usa, había un hombre llamado Job, que vivía una vida recta, sin tacha, y que era un fiel servidor de Dios. Job, según dicen las escrituras, era el hombre más rico de todo el oriente; y, al parecer, como prueba a su fidelidad, Dios le impuso una serie de graves castigos: robo de su ganado, asesinato de sus trabajadores, derribo de su casa, muerte de casi todos sus hijos… Como colofón, Dios le envió una terrible enfermedad de la piel, que le cubrió de pies a cabeza. Job, en ese estado, fue a sentarse junto a un montón de basura y cogió un trozo de olla rota para rascarse. Enfermo y lleno de dolor, le dijo a su mujer: si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males? Según se cuenta en la Biblia, Job tenía tres amigos que, al enterarse de todas las desgracias que le habían acontecido, decidieron ir a consolarle y acompañarle en su dolor. A cierta distancia, alcanzaron a verlo, y como apenas podían reconocerle, empezaron a gritar y llorar, y llenos de dolor se rasgaron sus ropas y lanzaron polvo al aire y sobre sus cabezas. Luego se sentaron en el suelo con él, y durante siete días y siete noches estuvieron allí, sin decir una sola palabra, pues veían que el dolor de Job era muy grande.

Hellinger (1925) define la compasión como resistir aquello que el otro está sufriendo sin intervenir. Y, en uno de sus cursos, como respuesta a una pregunta de un asistente, retrata a los amigos de Job como compasivos.

De un tiempo a esta parte, y de la mano y del cuerpo de Luis López,  ¡qué suerte!, he aprendido el poder sanador que tiene en un ser humano la auténtica presencia de otro ser humano. Estar al lado del otro con la única intención de acompañarle, sin más, como el oxímoron que surge de un delicado huracán que nos muestra su fuerza pero que, sin nuestro permiso, espera con ternura y respeto en el zaguán de nuestra casa. Estar con el otro con el único sentido de estar ahí, como la generosa e incondicional sombra de un árbol en la canícula estival, para que el otro pueda sostener aquello que en él vaya emergiendo. Estar en el otro con el único objetivo de estar, en cuerpo y alma, en el cuerpo y el alma del otro, como el oxígeno y el hidrógeno, abrazados en el agua, sabiéndose diferentes y singulares y, a la vez, reconociendo, en su fusión, algo que va mucho más allá de su individualidad, para que el otro, en el agua del nosotros, pueda abrir un espacio que cobije y acoja todo aquello que le vaya llegando. En definitiva, una presencia que se ofrece al otro, cual de un acto sagrado se tratara, en silencio o retornándole al otro su propio sentir, dispuesta a sostener todo aquello que acontezca en esa poderosa y delicada relación; con la finalidad última de, compleja y simplemente, estar, para que el otro pueda dar una amorosa bienvenida a todo lo que su cuerpo vaya recibiendo.

Rogers (1902 – 1987) afirma que el elemento más importante en la determinación de la eficacia de la terapia es la calidad del encuentro interpersonal con el cliente. Gendlin (1926), por su parte, nos dice que, la relación interpersonal es vital; el proceso interno no sólo tiene lugar dentro del cliente sino también dentro de la interacción con el terapeuta. El cliente se experimenta a sí mismo en la interacción.

Entregar al otro nuestra atención plena y toda nuestra presencia no tiene por objetivo ayudarle, ni es una manera de solucionarle los problemas, ni persigue aconsejarle, ni tiene que ver con aliviarle el sufrimiento… aunque, sin buscarlo conscientemente, sin pretenderlo intencionadamente, ese tipo de relación compasiva es y devenga algo profundamente sanador, por ser tremendamente humano.

Los amigos de Job le entregan al hombre más paciente de la historia su más valioso regalo: su Presencia.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Otra mirada y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

14 respuestas a Estar presente

  1. Juan Ma dijo:

    No puedo estar más de acuerdo contigo!!!! Y así es como uno sana y sana a otros. Gracias por tu compasiva presencia y por estar ahí en cuerpo y alma. Aunque tal vez el aprendizaje del que hablas no lo tenga del todo integrado, entiendo y comparto todo lo que dices. Simplemente, Gracias.
    Juan Ma

  2. neus dijo:

    Dons jo crec que no en sabem,al menys l’experiencia que he tingut jo ,i es troba a faltar sobretot en certs moments de la vida es fa mes necessari,però jo no he conegut ningù que s’estigui callat,tothom et diu el que has de fer,i repeteixo són pocs els que saben acompayar i respectar.

    • Realment, la presència és una actitud que no és massa abundant.
      Malauradament, a l’hora d’acompanyar infants i adults, són d’altres les conductes que més s’empren: minimitzar, culpabilitzar, aconsellar, retreure, distreure, jutjar…
      Val la pena, doncs, posar-hi consciència!

      Una abraçada ben forta

  3. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Senzillament estar, acompanyar. Crec que en determinats moments en què no tens res a dir ni a fer, et sens pobre i únicament pots acompanyar. Hi ha vegades en que només vols o necessites la presència compassiva de l’altre. En la meva experiència a Càritas, moltes vegades et sents tan pobre per ajudar a solucionar problemes que valores moltíssim el estar acompanyant a l’altra persona. Estar al seu costat senzillament

    • Fins i tot hi ha vegades que diries i faries moltes coses i, acompanyar d’aquesta manera, et porta a deixar ALLÒ QUE DIRIES I FARIES a un costat, i només ESTAR. Perquè acompanyar amb compassió et porta a això!

      Sovint, la conversa de l’altre ens suggereix infinitat de coses, i sovint, enlloc d’escoltar l’altre verdaderament, ens escoltem a nosaltres i tot allò que bull dins nostre. Llavors, li aboquem a l’altre tot allò que ens ha suggerit a nosaltres allò que ell estava dient. I, enlloc d’escoltar, comencem una partida de ping-pong.

      Gràcies

  4. Pingback: Wu-wei | Ser para educar

  5. Pingback: Dolor | Ser para educar

  6. Pingback: El llanto | Ser para educar

  7. Pingback: Como Rey Mago, regalo tiempo (2ª parte) | Ser para educar

  8. Pingback: Desempolvando a Tolstoi (1/2) | Ser para educar

  9. Pingback: Socialización y escuela (3/3) | Ser para educar

  10. Pingback: Atención y emoción | Ser para educar

  11. Pingback: Cuatro tipos de escucha | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s