El traje nuevo del emperador

Cierto día, llegaron a un reino dos estafadores haciéndose pasar por sastres. Según ellos, la tela que usaban se tronaba invisible a ojos de zafios y mentecatos. Cuando el rey lo supo, pensó: “Si tuviera un traje de esa tela podría descubrir qué cortesanos son ineptos”. El rey, pues, encargó un vestido y, el día de la entrega, los falsos sastres le dijeron: “Majestad, sabed que estas piezas son tan ligeras que pensareis que vais desnudo”. En todo el reino, nadie quería reconocer que nada veía, por miedo a ser tomado por tonto. Incluso el rey, con el fin de esconder su incapacidad, se vistió con el supuesto traje y salió al balcón. La gente, desde la plaza, conocedora de la virtud de la tela, elogiaba el gusto del emperador. Hasta que un niño chilló: “¡El rey va desnudo!”. Y, entonces, descubriendo estafa y vanidad, el pueblo gritó: “¡El rey va desnudo!”

Tumbado en la arena, después de un placentero baño, con las orejas todavía tapadas por el agua de mar, en ese magnífico duermevela, musicado por el rítmico y arrastrado oleaje, por azar o por la fuerza del destino, se abrió en mi memoria un relato de Andersen (1805 – 1875) titulado El Traje nuevo del emperador.

Con cada intento de narrar una dimensión de nuestra identidad generamos otra que se mantiene oculta. Según C. Jung (1875 – 1961), cuánto más larga es esa dimensión más larga es, a su vez, la sombra que proyecta; nuestra identidad es un baile, más o menos pacífico, de polaridades complementarias. Una complementariedad, a modo de sucesión armoniosa, que la filosofía china denomina yin – yang; unas facetas que se oponen, en una relación interdependiente, creciendo y decreciendo en un vaivén sincrónico e interelacionado. Así pues, cada vez que probamos de definirnos de una determinada manera provocamos, en una suerte de sortilegio, que emerja su aspecto complementario.

Una buena manera de conciliarse con uno mismo podría empezar por establecer una especie de alianza interior pacífica, en lugar de sentenciar al ostracismo a aquello que no deseamos de nosotros mismos. Todos gozamos de un conjunto de cualidades contrapuestas que interactúan entre sí. A menudo, despreciamos aquellas que no nos agradan y/o aquellas que no queremos que el mundo vea en nosotros. En cambio, nos jactamos de aquellas que nos proporcionan bienestar y las aceptamos con júbilo. Ahora bien, ¿qué sucedería si aceptáramos todo aquello que somos? A veces, soy compasivo con el otro, y a la vez, a veces, soy alguien que sólo piensa en sí mismo, y Gilligan añadiría, y que bueno es saber que puedo ser las dos cosas al mismo tiempo. K. Wilber (1949), en este sentido, habla de aceptar, integrar y trascender;

Según Naranjo (1932), el Oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo encierra dos ricos significados: el psicológico y el espiritual, filosófico o místico. En cambio, cuando uso esa máxima para definirme, de alguna manera me encasillo y limito. Sí, yo soy así, me digo a mi mismo; y, a la vez, eso me confirma que no soy asá. Maturana (1928) nos dice que, entendido así, detesta y renuncia del Oráculo. Desde esta rigidez, el conocernos, y el conocer al otro, nos lleva a relacionarnos, desde el pasado, con nuestra propia imagen mental -o la que tenemos del otro-, en lugar de hacerlo desde la frescura y la autenticidad del momento presente -la nuestra y la del otro-. El chileno, con su lenguaje provocador, afirma que, de esa forma, no quiere conocerse ni a él ni a sus amigos, sino que prefiere quererse a él y a los otros. Ese querer, el biólogo lo entiende como el aceptar total e incondicionalmente, en el aquí y el ahora, a sí mismo y al otro; algo no exento, cabe decirlo, aunque no me detenga en ello, de responsabilidad.

Y, ahí, desde ese amor transformador, y si yo lo considero oportuno a las circunstancias que vivo, aceptando las consecuencias que puedan derivarse de ello, me permito decir lo que pienso y siento, a pesar que el otro me pueda tomar, por ello, por un inepto; y, aceptando mi desnudez, y de un salto barriendo la lógica aristotélica, salgo al balcón de la vida, viendo que soy lo que soy, y a la vez, viendo que soy lo que no soy, y a la vez, viendo que soy mucho, mucho, mucho más que todo eso.

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3 respuestas a El traje nuevo del emperador

  1. Isolda dijo:

    Moltes gràcies Guillem!
    Ara m’ha vingut al cap que la necessitat humana de definir-nos, d’explicar-nos,… de coneixe’ns ens fa recórrer, molt sovint, a la paraula. Si bé, la capacitat que tenim del llenguatge ens permet anomenar i negociar significats respecte la vida i, per tant, respecte nosaltres mateixos, penso que, a la vegada, com a capacitat humana, també ens limita en la voluntat de definició, pequè allò que descrivim amb paraules es queda curt al que succeeix fora d’aquestes. Ara bé, justament, intueixo que serà al llarg del nostre viatge que anirem aprenent a descriure no només colors, sinó també tonalitats, matisos i, allò que no sabrem anomenar o explicar-nos quedarà com un més dels enigmes de la vida.
    M’han agradat molt les teves últimes paraules “(…) viendo que soy mucho, mucho,mucho más que todo eso”… Moltes gràcies per aquest matís…

    A reveure!
    Marta

    • No puc estar més d’acord amb les teves paraules.
      La paraula, escrita i oral, és una gran eina, plena de potencialitats i alhora carregada de limitacions. El mot és com una caixa on hi provem de col·locar les nostres experiències i, a vegades, hi encaixen més o menys bé i, a vegades, no. Fins i tot hi ha vegades que “no trobem les paraules” per poder expressar una determinada vivència…

      Per sort sabem que els éssers humans tenim molts altres llenguatges que, a vegades, poden suplir les limitacions del llenguatge oral: la pintua, l’escultura, la música, el moviment, la dansa, el teatre… Quina meravella seria poder-ne fer un ús més quotidià, oi?

      Gràcies pel comentari
      Una abraçada

  2. Pingback: Interioridad | Ser para educar

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