De lo que aprendí en un campo de fútbol (1ª parte)

Este viernes me reencontré con Marc, de 17 días. Con inmenso placer, lo sostuve en brazos mientras se iba quedando dormido; y con gran alegría tuve el honor de servirle de cama durante una de sus siestas matutinas. Tumbado en mi barriga, mientras subía y bajaba al ritmo de mi respiración, me sentí más animal que nunca. Somos mamíferos y como tales disponemos de un sistema límbico que nos permite conectar con el otro, con el grupo y con campos que están mucho más allá. A diferencia de otros sistemas corporales (respiratorio, circulatoria, etc.), el límbico es un sistema abierto; es decir, de alguna manera, cual aparato de radio, puede sintonizar, recibir interferencias, vibrar de manera armónica con otros sistemas límbicos situados fuera del organismo que lo acoge.

D. Goleman (1947), T. Lewis (1913 – 1993), S. Gilligan y otros a esta capacidad mamífera de sintonizar con el otro la llaman resonáncia límbica, y yo he adoptado el nombre. La usa un perro para captar la tristeza de su dueño, la usa un caballo para percibir las intenciones del jinete que le monta, la usa una pareja de humanos para bailar de manera sincronizada, la usa un bebé para vincularse con su madre. L. Gutman, que fue alumna de F. Dolto (1908 – 1988), en lo referente al vínculo madre-bebé, lo llama fusión emocional. En La madre y el encuentro con la propia sombra: crisis vital y revolución emocional (2008), lo explica así:

Este recién nacido (…) forma parte aún del entorno emocional en el que está sumergido. Al no haber comenzado todavía el desarrollo del intelecto, conserva sus capacidades intuitivas, telepáticas, sutiles, que están absolutamente conectadas con el alma de su madre. (…) Todo lo que la madre siente, lo que recuerda, lo que le preocupa, lo que rechaza… el bebé lo vive como propio. Porque en este sentido son dos seres en uno.

Un bebé carece de una mente cognitiva madura, por lo tanto todo lo vive desde la perspectiva emocional (subjetiva y sentida, personal y concreta) que le confiere su mente somática. El campo emocional que crea la madre (véase Sentido de pertenencia, más allá de la vida y El campo relacional) es el que acoge, sustenta y sostiene al bebé, a modo de una especie de segunda piel (véase Segunda piel). Y, de esta manera, todo lo que vive la madre, el bebé lo vive como propio porque, indefectiblemente, vive y siente dentro del campo emocional de su madre.

De esta mezcolanza emocional, en la que el bebé sigue conectado con la madre a través de una especie de cordón umbilical emocional, H. Wallon (1879 – 1962), en Psicología del niño. Una comprensión dialéctica del desarrollo infantil (1987), dice lo siguiente:

La emoción está en relación con una vida psíquica mal diferenciada (…) el período inicial del psiquismo parece, pues, haber sido un estado de confusión entre lo que depende de la situación exterior y lo que corresponde al propio sujeto. Todo lo que accede simultáneamente a su conciencia permanece confundido en ella o, por lo menos, las delimitaciones que pueden establecerse no son en principio las del yo y lo otro (…)

La primera y única vez que he estado en un estadio de fútbol pude vivir y entender esa especie de mimetismo emocional que se da por lo contagiosas que son las emociones. Parafraseando a mi querido Gesualdo B. (1920 – 1996), debo decir que, en esa ocasión, un hecho que, imaginado, siempre me había parecido sorprendente, cuan natural se me tornó en el momento de vivirlo. Y, en ese partido, lo vivido fue una suerte de resonancia límbica, que se manifiestó en el grupo a través de impulsos de pertenencia (a unos colores); y la casi supresión, en cada persona, de su punto de vista individual e, incluso, de su propio autocontrol. El campo emocional que se creó, y en el que yo buceaba, hacía que las diferencias, que a veces mantenemos de manera celosa, prácticamente llegaran a difuminarse. Wallon asegura que este tipo de participación emocional responde a un estado psíquico más primitivo que la toma de conciencia mediante la que la persona afirma su autonomía. Es decir, es como si, de repente, en un campo de deportes, nos transformáramos en bebés, ausentes de autocontrol, dependientes, y formando uno con todos con la madre masa.

En el caso de los bebés, este período de resonancia límbica tan intensa (única y especial) se extiende prácticamente hasta que el bebé empieza a lograr el desplazamiento autónomo. Esto se da (según los bebés) alrededor de los 9 meses. Ahora bien, los bebés y los niños pequeños continúan viviendo y sintiendo, casi exclusivamente, a través de su mente somática hasta que aparecen los primeros atisbos de simbolización. Y esto lo podemos situar (según los bebés) alrededor de los 18 meses (sigue en De lo que aprendí en un campo de fútbol (2ª parte)).

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4 respuestas a De lo que aprendí en un campo de fútbol (1ª parte)

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