De la equinoterapia a Mulla Nasrudin (1ª parte)

Sumergido en las horas más calientes del mediodía aragonés, me entrego a la lectura de un artículo sobre equinoterapia que aparece en el semanal del Heraldo. ¿Qué tienen los caballos para acompañar tan bien ciertos procesos? W. Churchill (1874 – 1965) decía que hay algo en el exterior de un caballo que es bueno para el interior del hombre. Los caballos sintonizan, resuenan con las emociones que los rodean (véase De lo que aprendí en un campo de fútbol (1ª parte)). Si nos mostramos tranquilos, por fuera, pero, por dentro, estamos viviendo un conflicto, los caballos lo saben. Si por fuera aparentamos alegría pero, por dentro, sentimos miedo, lo notan.

En esas estoy cuando me decido a escribir, otra vez, sobre dentro-fuera (véase De dentro hacia afuera). Esta vez, hablaré, aunque someramente y en dos entregas, sobre cinco conceptos vinculados con el dentro-fuera que se han agolpado en la antesala de mi pecho sin previo aviso: primero, sobre la sopa emocional inicial en la que vive un bebé; segundo, sobre la explicación pigetiana del proceso de adaptación; tercero, sobre la diferencia entre símbolo y signo; cuarto, sobre el juego y algunos de sus vericuetos; y, quinto, sobre algo que, puede decirse, está, a la vez, dentro y fuera y más allá de los dos. Finalmente, a modo de de epílogo metafísico, me enzarzaré en mi propia y osada interpretación de un breve cuento de Nasrudín. Quiero acabar esta introducción diciendo que cada vez estoy más convencido que los seres vivos nos desarrollamos y evolucionamos con éxito diferenciando, poco a poco, dentro de fuera.

El recién nacido vive en esa nube emocional donde el dentro y el fuera están entremezclados y se confunden. Poco a poco y de manera continuada, ante una necesidad física, por ejemplo hambre, el bebé siente, dentro, una suerte de, digamos, vacío que le permite establecer relaciones con lo que irá siendo su fuera y comunicarse con él. Wallon (1879 – 1962) lo llama la emoción y funciona como signo para las personas que le rodean, antes que para él mismo. Las respuestas a esas necesidades por parte de un adulto, según Winnicott (1896 – 1971) suficientemente bueno, harán posible que el niño acceda a ir comprendiendo que las necesidades se las van satisfaciendo desde fuera. Dentro-fuera van separándose como, en el Génesis, cielo y tierra. El lapso de tiempo que irá desde la sensación-demanda hasta la sensación-satisfacción, no solamente será algo físico (que ayudará a diferenciar dentro de fuera), sino que acabará siendo, también, algo psicológico que le permitirá ir adquiriendo la conciencia del establecimiento de una interacción con el otro.

Piaget (1896 – 1980) nos habla del proceso de adaptación como un balancín entre asimilación y acomodación. En la asimilación todo lo de fuera quedada modificado con la finalidad de ajustarse a nuestro dentro (los esquemas de conocimiento actuales); es una manera de incorporar el fuera al dentro. Literalmente la asimilación se da cuando digerimos alimentos. En la acomodación, en cambio, el dentro se modifica y se adecúa a todo aquello que incorporamos de fuera; es una manera de ajustar nuestro dentro al fuera.

Cuando un niño empieza a desarrollar el pensamiento simbólico salta a una nueva etapa del dentro-fuera; usando como metáfora el bus pigetiano de la adaptación, símbolo y signo, van en la misma dirección pero en sentidos opuestos. Desde mi encuentro con Luis López, me gusta definir el símbolo, no sólo como producto, sino también como proceso; es decir, como la forma de sacar fuera una sensación sentida (mezcla preverbal de parte cognitiva, emocional y corporal), en palabras de Gendlin (1926), que genera la persona dentro de sí misma, con el objetivo de comunicárselo a sí mismo y a los demás. Salvando ciertos matices, los gramáticos transformacionales nos dirían que es una manera de ir de la estructura profunda a la estructura superficial. En cambio, un signo es algo de fuera que debe ser aprendido y aceptado desde dentro. El símbolo sería, pues, algo original, de dentro, hecho por cada cual y no impuesto desde fuera; el signo sería colectivo, obligado y aprendido por imitación desde fuera.

Cuan importante es para los que probamos de respetar los procesos de los niños que, éstos, puedan desarrollar plenamente su pensamiento (¡pensamos con todo el cuerpo¡) a través del proceso de ir de dentro a fuera, a través del sentir su dentro y manejarse, de 100 maneras distintas -no me cansaré nunca de mentar a Malaguzzi (1920 – 1994)-, con los símbolos para llegar a fuera. Mi ilusión, que empieza a ser ya una realidad bien sentida, se encuentra en el hecho de creer que permitiéndoles este juego espontáneo y original con lo simbólico pueden acceder más fácilmente y de manera más profunda a la comprensión, el sentido y el uso de lo signos (por ejemplo, la grafía de las letras y de los números) (sigue en De la equinoterapia a Mulla Nasrudin (2ª parte)).

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