La crisis de la adolescencia

Hace unos días, recordaba un artículo de L. Etxebarría que trataba de ciertos conflictos que viven los jóvenes de nuestra sociedad. La escritora planteaba una serie de contradicciones que, nuestros adolescentes, viven cotidianamente. Recuerdo dos: una, hay que ser uno mismo en una sociedad uniformada y aplanadora que hace del marquismo su bandera; dos, no hay que consumir ni alcohol ni drogas cuando todos los modelos cool se asocian con ese consumo de manera sutil. Al final, la autora llegaba a una conclusión que comparto plenamente: las conductas extremas de los adolescentes, en nuestra sociedad, son un síntoma de la enfermedad de la misma, en la que se hace inevitable compararse a todas horas y en la que la presión de los medios de comunicación se vuelve tiránica. Me apetece, en armonía con esta conclusión, citar a dos autores que, en momentos y situaciones distintas, han estudiado y escrito sobre la adolescencia.

La antropóloga Margaret Mead (1901 – 1978), compañera durante algún tiempo de G.Bateson (1904 – 1980), en Adolescencia y cultura en Samoa (1928) analiza la relación entre el desarrollo de la personalidad del adolescente y el tipo de cultura. Su tesis, para mí revolucionaria, es que la crisis psicológica de la pubertad no es un hecho natural e inevitable atado al desarrollo biológico, sino un producto de nuestra sociedad. Sus hallazgos demuestran que la cultura, y no la biología, determina las variaciones en el comportamiento y la personalidad de los seres humanos. Sus estudios, realizados en Nueva Guinea y Samoa, donde se dan pautas socioculturales muy distintas a las nuestras y en las que la transición a la vida adulta se produce de acuerdo a rituales propios, reflejan que el desarrollo es un proceso continuo, no divisible, y cuestionan la inevitabilidad de la conflictividad en esta etapa de la vida.

Por su parte, el biólogo chileno H. Maturana (1928) en Transformación en la convivencia (1999) sostiene que los problemas de la adolescencia son el resultado de los conflictos que se dan a causa del cambio cultural. Según Maturana, la cultura matrística (véase Una educación matrística) actualmente, sólo se conserva en las relaciones materno-infantiles; y, en cambio, las relaciones adultas se dan dentro de una cultura patriarcal. Así pues, vivimos una doble cultura: una, matrística, en la infancia; otra, patriarcal, en la vida adulta. Y, las relaciones que se establecen entre esas dos culturas, son la fuente de los conflictos de la sociedad occidental. A saber: de los conflictos hombre-mujer, y de los conflictos individuo-sociedad; los dos, asociados a la falta de respeto por uno mismo y por el otro.

Si en la infancia se valora la colaboración, de adulto se valida la competencia; si en la infancia se valora la participación, de adulto emerge la exclusión; si en la infancia se vive en el respeto por el propio cuerpo, de adulto el cuerpo se vive como algo obsceno; si en la infancia se está sumergido en la caricia, de adulto se vive en la distancia; si en la infancia es legítimo reconocer las propias emociones, de adulto hay que ocultarlas y controlarlas; si en la infancia son básicas la sinceridad y la honestidad, de adulto hay que presentar una determinada imagen y vivir de las apariencias.

Los niños, a medida que crecen, por un lado, son invitados al mutuo respeto, a la colaboración, a la ternura y a la caricia y, por otro lado, son llamados a competir, a negar al otro, a defender sólo sus intereses, a obedecer, y a presentar lo que no son. Y, en medio de este conflicto, ¿cómo va quedando su propia identidad?, ¿qué le pasa al respeto por uno mismo?, ¿cómo se vive la relación con el otro?

En nuestra cultura, pues, la adolescencia es una etapa donde uno pierde el respeto por sí mismo y por el otro. Si, ahora, al entrar en el mundo de los adultos, debo dar una determinada imagen y, hasta ahora, he vivido en la sinceridad de la relación, entonces, debo aprender a mentir. Cuando soy como soy me basta con ser, pero, cuando debo pretender ser quien no soy, entonces, debo proyectar cierta imagen que no es la mía y, por lo tanto, engañar (véase ¿Hay algo que cierra?). Si de niño he vivido en la colaboración y, ahora, para entrar en el mundo de los adultos, me dicen que debo competir, en el fondo, me están diciendo: “todo aquello que has aprendido,no sirve de nada ahora; de pequeño habías aprendido a respetar al otro, ahora, debes negarlo”.

Así pues, los conflictos adolescentes reflejan conflictos de tránsito cultural y, en el momento en el que aceptamos ese tránsito, aceptamos la vida adulta en términos patriarcales y, con ello, nos adentramos en el camino que nos lleva a perder el respeto por nosotros mismos y por los otros. Y, en ese momento, se difumina la conciencia social, ya que, a partir de entonces, lo individual y lo social se viven como opuestos y contradictorios.

Aceptar al otro pasa por aceptarnos a nosotros mismos; y uno aprende a aceptarse si ha vivido en la aceptación. Y, si no ha sido así, entonces, la guerra santa, por llamarla de alguna manera, no está fuera sino dentro; y consiste en ser capaz de aceptarse a uno mismo, para lograr, a su vez, aceptar la verdad de los demás. A. Machado (1875 – 1939) reflejó, así, ese conflicto interno: no os extrañéis, dulces amigos,/ que esté mi frente arrugada./ Yo vivo en paz con los hombres / y en guerra con mis entrañas.

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4 respuestas a La crisis de la adolescencia

  1. sabina renau dijo:

    Molt interessant i aclaridor, per entendre els conflictes que vivim a casa meva amb els adolescents i la perplexitat que em queda quan veig com han canviat i com han perdut unes qualitats precioses que tenien. Ahir precisament vaig trobar un article en un blig que segueixo que enfoca la mateixa qüestió, des del punt de vista d’una mare. Es aquest:
    http://www.tenemostetas.com/2010/08/el-nino-separado-la-ruptura-del.html
    Gràcies !!!

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Bones Guillem i companyia,

    Seria una hipòtesi molt aventurada dir que quan un adolescent descobreix les grans farses dels adults significatius que l’envolten (familiars, professors, amics, …), si no es capaç de resoldre empàticament aquestes càrregues de patiment les hereda en una mena d’entrega transgeneracional?

    L’infant inncocent és convidat a perdre la concepció que el món és bonic, bo i just per incloure en el seu camp la perversió entesa en sentit ampli. En aquest moment allò pervers és alié al seu ser, però poc a poc va mimetitzant allò pervers en la seva estructura. Lògicament això causa una crisi en el sistema, que tendeix a protegir-se de l’element patògen extern. Si funcionés a mode de vacuna seria genial (com un ritual de pas), però ans al contrari normalment el ser comença a enmalaltir, és quan entre en joc la sedació del dolor, i llavors poc a poc ens anem allunyant d’aquella innocència genuïna, fins que al cap d’un temps un fill, o bé un infant innocent és entregat a les nostres urpes… llavors és quan pares, educadors, amics, … tenim, pot ser, la darrera oportunitat per tornar a créixer cap a la innocència genuïna. L’infant ens enmiralla i per un moment tornem a veure aquell infant qua havíem estat, en un racó, sovint espantat… és el moment de tornar a tenir el coratge per no marxar correns…

    Em proposo no tornar a dir mai en sentit negatiu – “mira que ets innocent”, en tot cas pensaré qué quina sort, el ser que tinc davant encara conserva part de la seva innocència…

    Bona nit i tapa’t!

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