Mantitas, peluches y pañuelos

Mi sobrino Guillem, de 4 meses, se ha encariñado de un pañuelo violáceo que, antes de agenciárselo con gracia y salero, pertenecía a su madre. Este pedazo de tela representa, en voz de Winnicott (1896 – 1971), un objetos transicional, que constituye la manifestación visible de un particular espacio de experiencia que no es definible ni como totalmente subjetivo ni como completamente objetivo: el de los fenómenos transicionales. Este espacio que no es ni interior ni exterior constituye el campo intermedio en el que se desarrollaran tanto el juego como otras experiencias culturales (véase De la equinoterapia a Mulla Nasrudín (2ª parte)).

Estos fenómenos, que en mi sobrino han empezado a los 4 meses, pueden aparecer hasta los 12. Sin embargo, este pasado curso, en nuestro proyecto, mi querido Acán, de 3 años, iba siempre acompañado de un lindo perrito de peluche, Robert, como emulando a Bis con su mantita. Así pues, sin duda y con toda naturalidad, estos fenómenos pueden darse también en otros momentos de la niñez (los he observado, también, en niños de 5-6 años), en los que este objeto transicional simboliza a la madre (la sensación de seguridad), de modo que el niño lo usa de forma simbólica para llenar la ausencia temporal de mamá (de esa sensación de seguridad). Incluso, un querido amigo, del cual no revelo el nombre por no haberle perdido permiso, me confesó que dormía con su mantita -y se la llevaba a todas partes-, hasta bien entrados los 30.

La manifestación externa de la emergencia de esta zona intermedia es el uso del objeto transicional, que representa para el bebé una primera posesión del no-Yo; dicho objeto no es el bebé, pero tampoco es concebido por éste como algo exterior a sí mismo. Posee características subjetivas a la vez que otras propias del mundo externo, representado esencialmente por la madre. Estos objetos a los que se aferra el bebé/niño en estos primeros meses/años le proporcionan una defensa contra la ansiedad, siendo incluso a veces imprescindibles para poder conciliar el sueño o sentirse seguro en ciertos espacios (por ejemplo, y en el caso de Acán, en el espacio del proyecto). Aunque su variedad es infinita, dichos objetos comparten en general la característica de poder ser poseídos y manipulados por el bebé (que así adquiere derechos sobre ellos), pero a la vez presentan la condición de ser capaces de conservar el olor de la madre u otras de sus características particulares. De esta manera, representan el espacio que el bebé necesita para renunciar a la posesión omnipotente de su progenitora, conservando algo de la seguridad que ésta le proporciona. Como se ve, el objeto transicional puede ser concebido en este sentido como un precursor evolutivo de lo que luego se logrará por medio de las representaciones simbólicas.

Más importante que el hecho que este objeto represente a la madre, resulta, precisamente, la circunstancia de no ser la madre. Esto indica que el bebé ha aceptado algo como no-Yo, aunque este algo no sea tampoco del todo perteneciente a la realidad exterior objetiva. La aceptación de esta contradicción supone el reconocimiento de todos aquellos fenómenos que no pueden ser considerados ni enteramente subjetivos ni objetivos, y que abarcan todo el campo de los fenómenos culturales. En este sentido, si bien el objeto transicional se abandona y pierde importancia, ello no se produce porque desaparezca la zona de experiencia, sino porque su significación se ha extendido para abarcar todo el espacio propio de lo cultural. A mí, me conecta con la idea de G. Bateson (1904 – 1980) de que toda experiencia propiamente humana se sustenta simultáneamente sobre múltiples marcos o verdades subyacentes.

Así pues, el objeto transicional representa el viaje del niño desde la subjetividad pura a la objetividad, desde la fusión con la madre a la admisión de ésta como objeto exterior. Hay que decir que este viaje, en realidad, no termina nunca: ningún ser humano se encuentra libre de la tensión de vincular la realidad interna con la externa. El alivio de dicha tensión lo proporciona una zona intermedia de experiencia que no es objeto de ataques (las artes, la religión, etc.).

Para Winnicott los fenómenos transicionales no representan una etapa, ni se limitan al uso de un objeto, sino que constituyen una zona de experiencia que permanece toda la vida, y cuya ausencia puede conducir al extremo de una existencia puramente subjetiva (la locura), o absolutamente conformada a una supuesta realidad exterior objetiva que el individuo no contribuye a crear (la conformidad automática de E. Fromm (1900 – 1980), que aunque no es socialmente considerada enfermedad, mutila la existencia humana personal).

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4 respuestas a Mantitas, peluches y pañuelos

  1. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Es bonic que un objecte faci aquesta funció del jo subjectiu al exterior. <està bé que ens adonem del què passa i per què passa. Es bonic afavorir el coneixement de nosaltres mateixos i de l'entorn. Gràcies Guillem per ajudar-me a reflexionar sobre fets i esdeveniments que m'adono que hi són i passen però moltes vegades no hi aprofundeixo.
    Per cert, el curriculum m'ha agradat molt.

    • Darrerament, penso que la “teoria” ens serveix per a observar d’una altra manera allò que passa al nostre voltant, per a fixar-nos-hi amb més detall, per a posar-hi més atenció, per a valorar-ho d’una altra manera…
      Una abraçada

  2. superkalvo dijo:

    Salutacions….tinc la meva “mantita” a 1 metre…però no per mi…;-D

  3. Espero que “a l’altre” li sigui tan útil com t’ho ha estat a tu…
    Una abraçada

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