Dolor

Esta pasada quincena ha habido tres cosas que me han invitado a escribir sobre el dolor. La primera, y la más importante, el abrazo sentido de una amiga que está viviendo el profundo dolor por la muerte de su joven hermano; la segunda, un comentario de Joan en el blog; la última, un informe de la OMS en el que revela el crecimiento de la depresión y pronostica que, en veinte años, será la enfermedad con mayor incidencia en la mayoría de países, superando al cáncer y a las enfermedades cardiovasculares.

En el tipo de educación en al que creo, el dolor forma parte del abanico de experiencias que un niño puede sentir y, por lo tanto, creo, es importante que le acompañemos, con respeto, en su proceso de vivenciarlo. El dolor puede ser físico y/o emocional. El emocional, a veces, es una respuesta holística de todo el cuerpo a un trauma o a una determinada experiencia; otras veces, puede adoptar el color de la tristeza, la ira no expresada y reprimida, o cualquier otra emoción encerrada y no permitida.

A menudo, la Vida nos trae experiencias difíciles, dolorosas, y que en los niños (y también en los adultos) no es necesario que sean de aparente gran envergadura (una caída en el parque, el hecho de no ser aceptado en un grupo, etc.), aunque también las haya (un continuo y repetido acoso escolar, unos padres que no escuchan y/o se enfadan habitualmente, un no sentirse querido ni valorado, la muerte de un ser querido, etc.). En esos momentos, tenemos la posibilidad de cerrarnos, de negarlas o de proyectar ese dolor fuera de nosotros. Ahora bien, según lo que creo, es mucho más útil y honesto aceptar ese dolor como un grito de nuestro cuerpo a la Vida. El dolor forma parte de la Vida y, muchas veces, la Vida, a través del dolor, nos da la oportunidad de volver estar con nosotros mismos.

Ciertamente, desconectarnos del dolor es una manera de gestionarlo: evitándolo. Desconectarnos del dolor, del sufrimiento, de la angustia… muchas veces nos puede parecer útil; ahora bien, coincido con S.Gilligan: no es ecológico; ya que desconectarnos del dolor también y a la vez nos desconecta de la Vida. Jodorowsky (1929) nos recuerda que estar totalmente en el dolor es estar iluminado, pues estar iluminado equivale a vivir exactamente lo que se está viviendo en ese momento; entrar profundamente en uno mismo. Es ser consciente de todo lo que se siente en el momento presente.

Según mi experiencia, para poder sostener el dolor, a pesar que nos resulte desagradable e incómodo, es importante estar conectado con uno mismo, centrado (véase Conectados con la Vida). Ahora lo veo así: estar centrado me permite sostener mi dolor, y, a su vez, el dolor es una de las maneras que tiene la Vida de decirnos que es importante que vivamos conectados con nosotros mimos.

Cuando gestiono mi dolor, y/o cuando acompaño a los niños a que puedan sostener el suyo, mi mente cognitiva y mi mente somática entran en sintonía, se armonizan, cooperan (véase Nuestro cerebro: 3+1 colaborando). Cuando soy capaz de estar al lado de eso que dentro de mí siente dolor; cuando soy capaz de estar al lado de un niño (sin distraerlo, sin negarlo, sin culpabilizarlo, sin aconsejarle, sin juzagarle…) para que él esté, simplemente, al lado de eso que dentro de él siente dolor…, creo, me estoy respetando a mí mismo, le estoy respetado a él y, a la vez, estoy respetando a la Vida y sus procesos (véase Estar presente).

Habitualmente, cuando nos sentimos angustiados, estresados, o abrumados por el dolor, por algo o por alguien, usamos una expresión que siempre ha llamado mi atención. Por ejemplo, cuando notamos la fuerte presión de algo que dentro de nosotros siente dolor a causa de algo externo (trabajo, amigos, familia, etc.), decimos, no puedo más, necesito desconectar. Ahora bien, realmente, y aunque parezca contradictorio, en esos momentos de estrés y aturdimiento es cuando más desconectados estamos de nosotros mismos; en esos momentos es cuando nuestro pensar y nuestro sentir están más disociados, más separados. Por lo tanto, según mi criterio, sería más coherente decir: necesito reconectar, necesito estar más cerca de mí mismo. Es decir, necesito que mi sentir y mi pensar vayan a una; necesito que mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos entren en resonancia, se coordinen, funcionen de manera integrada.

Cuando acompaño el dolor de un niño, lo único que pretendo es estar a su lado, de tal manera que, mi actitud, le permita estar cerca de sí mismo, al lado de su dolor. Mi trabajo me ha enseñado que si quieres que un niño te tenga confianza y se abra, debes estar a su lado, sin dividir tu atención (véase Atención plena), siendo, para él, un espejo muy límpido, reflejarle sin crítica, sin proyección, con total e incondicional aceptación. Siguiendo a Gendlin (1926), la brújula de mi actitud y de mis conductas está gobernada por el sentir del niño. Si lo que hago, y la manera como lo hago, le permiten seguir dentro de él, entonces, siento que voy por buen camino. Y, eso, casi siempre, abre en mí una puerta: la de mi propio dolor; la atención es la atención al otro y la atención a uno mismo. En esos momento, como quien medita y contempla, sigo al lado del niño y, a la vez, sigo al lado de mí mismo, sosteniendo eso que, poco a poco, se va abriendo.

Como educador, permitir que los niños sientan su dolor y puedan expresarlo, siento que es algo muy digno. Me parece digno por dos razones: una, porque eso les mantiene conectados con al Vida y con todo aquello que la Vida puede ofrecerles; dos, porque eso les mantiene conectados con ellos mismos y, es allí, en ellos mismos, donde van a encontrar su propia Verdad. W. Reich (1897 – 1957) dijo que la prevención de la neurosis en el mundo solo será posible cuando aprendamos a cuidar de quien todavía está sano, de quien aún no fue dañado: nuestros niños.

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8 respuestas a Dolor

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Bones Guillem i companyia,

    Per la meva feina, treballo amb infància maltractada, sovint m’he de comunicar amb persones que han provocat un patiment extrem a d’altres (pares que han pegat als seus fills, els han abandonat (físicament o emocional), han abusat sexualment, els han humilliat, els han culpabilitzat, que immers la família en un cicle de violència sense retorn, … marits que beuen, peguen i violen a les SEVES dones, dones que humilien als SEUS marits, germans que es fan la vida impossible, fills que agredeixen als seus pares, els amenacen, dones que han de vendre el seu cos per por a ser agredides i retornades al seu païs, immigrants sotmesos a terratinents sense escrúpuls, assessinats,…) i que a la vegada han patit ells (els agresors) també un dolor molt profund, o bé perquè també van patir aquest cicle de violència i són persones atrapades en aquestes històries no resoltes o bé perquè en una segona fase se n’adonen, en certa manera, que han provocat o estant provocant aquest dolor immens a persones que s’estimen i no saben, no troben altra manera d’actuar i canviar aquestes estructures que els condueixen una i altra vegada a repetir experiències doloroses com si es tractés d’un encanteri.

    La reacció més habitual d’un ser que pateix o provoca dolor és negar-ho, buscar raons externes al seu comportament (evadir), anestesiar-se (drogues, alcohol, compra compulsiva, TV, dependència al treball…), autolesionar-se, expressar ira descontrolada, desconnectar (depresions i malalties mentals en general), refugiar-se en rituals o conductes mimètiques, emmalaltint (tot tipus de dolències d’origen psicosomàtic) o fins i tot justificar-ho per principis i creences internes i/o religioses, etc… Són poques les persones que accepten aquest dolor, que tenen i/o provoquen (parlo tant de persones que han agredit com de persones que estant ho estant patint), i són aquestes poques persones les que realment poden ser acompanyades cap a un procés de transformació interna profunda.

    Per a mi això està sent una GRAN LLIÇÓ DE VIDA, perquè tots nosaltres (això és una opinió personal compartida amb alguns companys de professió) no estem tant lluny de situacions com les que he descrit. Sovint són més subtils, sovint el cicle patiment/dolor – història no resolta – violència, no es tant visceral i no provoca situacions tant dantesques com les adalt descrites, però TOTS tenim exemples diaris i cotidians de com funciona i es repeteix una i altra vegada en alguns aspectes de la nostra experiència vital. Penso que el mecanisme per desencallar aquests cicles no és diferent per a uns que per als altres.

    Comparteixo totalment el pensament de Krishnamurti quan diu que podem acompanyar el DOLOR perquè no existeix el dolor del Guillem, o el dolor del Joan, sino que existeix el DOLOR, i que el dolor del Guillem és el dolor del Joan. Estem acostumats a que les coses són NOSTRES: els fills, les dones, els marits, el lloc on vivim, la hispoteca que paguem, l’alegria, la tristesa, el dolor, la por, la pàtria, el barça, les joguines, l’amor, el sexe, …; o és NOSTRE o és d’un ALTRE. Si és de l’ALTRE, EL MUR QUE HEM DE SALTAR sovint ho fa poc accessible per nosaltres, si és NOSTRE, EL MUR QUE HAN DE SALTAR ELS ALTRES, sovint ho fa poc accessible pel demés… És quan empatitzem amb l’altre, és a dir, que allò seu i allò nostre es comença a fondre quan veiem, quan podem acompanyar i ser acompanyats.

    Aquesta joguina és meva!!!. Aquesta joguina, Berta, és una joguina i ara hi juga la Berta. Pot ser després hi jugarà el Lluch, la Cèlia o la Noa. Fins i tot, un dia hi podeu jugar junts amb aquesta joguina…

    Aquest dolor és meu!!!. Aquest dolor, és dolor, i ara el pateix el Joan. Pot ser també el pateix el Guillem, el David i el Jordi. I pot ser un dia, podeu acompanyar-vos en aquest mateix camí.

    Com sempre, una hipòtesis.

    Una abraçada compartida,

    Joan

  2. Paula Sanchez-Terrero dijo:

    Hola Guillem! Me ha tocado personalente este tema.
    Estoy en la semana 37 preperándome para el parto, o mejor, desmitificando emociones y sentimientos de los cuales no era plenamente consciente, buscando, sintiendo.
    Porque de alguna manera he vivido estos meses cómo el miedo al dolor es en realidad miedo al sufrimiento, y esto nos hace cerrarnos a vivir el dolor como parte nuestra, con naturalidad, con aceptación e integridad.
    Al ir entendiendo y aceptando esto, integrándolo, poco a poco este miedo al sufrimiento lo vamos soltando, ya no nos aferramos, y nos quedamos de cara al dolor (que en mi caso aún no he experimentado!)
    No es un proceso que venga solo, como dice Joan, hasta que no se acepta, hasta que no te ves a ti misma siéndolo (al miedo), no ves otra cosa, y la ayuda, el acompañamiento, el amor que recibes es clave, y también la búsqueda interior.
    Esta nueva manera de ver el dolor se va convirtiendo en aprendizaje, en sabiduría, en seguridad, en integridad.
    Dolor y sufrimiento son dos cosas distintas, y hasta que no lo entendemos con el cuerpo, con cada célula, no soltamos el miedo a experimentar un recuerdo vivido, una memoria ancenstral.
    Me ha ayudado mucho ver y sentir esta diferencia.
    Seguramente a veces con los niños lo que tenemos miedo es de que sufran, porque nos hacen espejo de nuestros propios sufrimientos, y no estamos dispuestos a ello, porque no sabemos cómo vivir el dolor sin sufrir.

    Gracias por compartir vuestras experiencias, una abraçada, Paula.

  3. Juan Ma dijo:

    Hola a todos/as, hola Guillem,
    estoy de acuerdo con los comentarios de Joan y Paula…y con calma me gustaria volver a leerlos porque me parecem muy interesantes.
    A mi me ha llamado mucho la atención la última frase de Reich: “la prevención de la neurosis en el mundo solo será posible cuando aprendamos a cuidar de quien todavía está sano, de quien aún no fue dañado: nuestros niños.”.
    En mi trabajo con niños o jovénes, una colega, una vez me comentó que veía que yo era muy hábil al trabajar con niños/as ya que sabía girar los estados de ánimo de los niños cuando estan enfadados o de mal humor en estados más positivos (contentos, alegres…). Yo algunas veces, he notado que a través de mi presencia calmada y mi atención puesta en ellos de manera respetuosa, niños que están “cerrados”, “enfadados”, “con rábia”, “que no quieren relacionarse”… se van sientiendo más relajados, más conectados y a través del juego simbólico (muchas veces) y del humor con ternura, van saliendo de su estado negativo y entran en un estado diferente, más positivo, es decir, de un estado de llanto o tristeza, rábia, negación a un estado de risas, carcajadas, emoción, que a su vez con determinación y ternura voy regulando con ellos.
    Este artículo sobre el dolor me hace pensar que algunas veces són ellos (los niños) los que realmente me transforman a mí, sacándome ellos de estados negativos en los que también entro y como si en sintonía con ellos y de manera muy sincronizada, siento que vamos entramos en un juego armonioso común que nos retorna de nuevo a la calma y a un estado más sereno conjunto. Pienso que en mí, no siempre, pero en algunas ocasiones, el trabajo con niños y jóvenes ha sido terapéutico por las dos partes ya que las experiencias vividas conjuntamente (de juegos, conversas, almuerzos y cenas, aprendizajes…)són significativas para mi y para los niños y para toda la comunidad.
    Un fuerte abrazo,
    Juan Ma

    • Gracias juanma.
      Me parece muy honesto darnos cuenta que en toda relación educativa la influencia y la transformación es mutua.
      Es decir, funcionando el sistema límbico como un sistema abierto,
      resulta que yo influyo en el niño y el niño influye en mí.
      Para mí, el salto se da cuando eso lo hacemos con respeto.

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