Autorregulación

En este breve artículo, humildemente, voy a agradecer a W. Reich (1897 – 1957) dos de sus aportaciones. La primera, su visión de la educación; la segunda, su concepto de autorregulación.

En otro escrito (véase Ello, yo, super-yo) ya hablé de mi profunda creencia en la bondad innata del ser humano y que, en eso, me posicionaba en contra de la opinión de Freud (1856-1939). Según lo que yo creo, y en eso amo a Rousseau (1712 – 1778), los seres humanos no nacemos con una ansiedad básica, sino emocionalmente sanos y con un gran potencial interno por desarrollar. Por lo tanto, coincidiendo con Reich, creo que la educación consiste en respetar y potenciar las capacidades naturales del ser humano, lo que posibilitará personas felices y una sociedad sana. Ahora bien, cuando el niño entra en conflicto con el exterior, crea mecanismos para reprimir sus propios impulsos naturales. En el momento en el que un impulso natural es reprimido empieza a construirse lo que Reich llama coraza; un conjunto de rigideces que, por una parte, son bloqueos musculares (en el cuerpo) y, por otra, bloqueos emocionales que, en el plano psíquico, constituyen el carácter. Así pues, para conseguir personas felices, si estamos de acuerdo en su bondad innata, es imprescindible que actuemos respetando el desarrollo natural de niños y niñas confiando en su potencial interno. J. Piaget (1896 – 1980), de manera parecida, creía que el objetivo de la educación era la autonomía; una autonomía a todos los niveles: lógico-matemática (cognitiva), corporal y socio-emocional.

El respeto, para Reich, está íntimamente ligado con lo que él dio en llamar autorregulación. Permitir que un niño se autorregule en un mundo donde la regulación social se vive impositiva y avasalladora es harto difícil. Pero hacerlo, no significa ni desentenderse de él ni dejar que haga lo que le dé la gana; es decir, la autorregulación, como la vida, requiere también del uso de límites. Y, en este sentido, quiero romper una lanza en favor de A. Neill (1873 – 1973) y la escuela que fundó. Summerhill puede ser elogiada y/o criticada, pero siempre he pensado que, desde que me dedico a la educación, son bien pocas (por no decir ninguna) las personas que han vituperado a Neill con conocimiento de causa, habiéndose informado profundamente, y habiendo conocido verdaderamente el pensamiento y la obra de este escocés. Realmente, me enfadan las opiniones gratuitas, cargadas de ignorancia e inseguridad, que se han esgrimido en contra de Neill y su obra, sin base alguna, sin fundamento, sin un análisis crítico, basadas, solamente, en ideas preconcebidas cargadas de estereotipos y prejuicios -como aquél que critica a fulanito, y que sólo lo conoce por haber leído un pie de foto en una revista del corazón-. Y hablo de Neill porque la base pedagógica de la autorregulación se la debemos a él y al intenso trabajo que él y Reich hicieron al alimón.

Permitir que los niños expresen sus emociones exige un gran compromiso y una gran responsabilidad por parte de los adultos que, de esta manera, los acompañen. No es tarea fácil y, me atrevo a decir que, personalmente -y después de haberlas probada todas-, es mucho más duro que reprimirlos, distraerlos, aconsejarlos, manipularlos, culpabilizarlos o dirigirlos. En este sentido, siempre he defendido que un adulto no puede acompañar más allá de sus propios bloqueos emocionales, ya que, un adulto atrapado en su propia rigidez no podrá sostener el fluir de lo vivo; el hacer, el sentir y el pensar de la espontaneidad infantil. Y hablo de los adultos porque, tal y como plasmó Vigotsky. (1896 – 1934), las funciones superiores se adquieren, primero, en el vivir con los otros y, después, se interiorizan en la relación con uno mismo.

Según mi criterio, la autorregulación consiste en observar con atención a los niños; con esa mirada que emerge de la objetividad entre paréntesis de Maturana (1928). La autorregulación consiste en escuchar verdaderamente a los niños; con la profundidad de Rogers (1902 – 1987). La autorregulación consiste en respetar el ritmo de los niños; seguir y acompañar el proceso de su emerger, único y singular, con la presencia de Gendlin (1926). La autorregulación consiste en valorar los intereses y los pensamientos de los niños; permitir y favorecer sus expresiones con la ética y la estética de Malaguzzi (1920 – 1994). La autorregulación consiste en respetar el cuerpo y los movimientos de los niños; con ese estar plenamente de Pikler (1902 – 1984). La autorregulación consiste en dejar que el niño explore, de manera autónoma, en un entorno preparado para ello; con la intuición de Montessori (1870 – 1952). La autorregulación consiste en dejar que los niños tomen sus decisiones; decidan y escojan su trabajo, en momento y ritmo, con la confianza de Freinet (1896 – 1966). La autorregulación consiste en esa libertad sin libertinaje que se conquista a diario en la relación con el otro; con la dignidad de P. Freire (1921 – 1997). La autorregulación consiste en que los niños puedan expresar sus emociones; y que, haciéndolo, puedan sentirse acompañados y sostenidos desde el Ser del adulto, integración del sentir-hacer-pensar de Gurdjieff (1869 – 1949) y Naranjo (1932).

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12 respuestas a Autorregulación

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  6. jregadera dijo:

    Acabo de leer tu artículo y me da que esta película, Vivir otra vez, podría gustarte: https://vimeo.com/121718370
    Saludos

  7. Nena dijo:

    Y el hecho de que tanto la de Reich como la de otros que citas (Piaget, Naranjo) sean teorías especulativas, sin más base que las conclusiones que ellos mismos sacaron de sus observaciones y sesgadas por su concepción de la infancia, ¿no crees que las hace poco fiables? Tal vez deberíamos buscar otros referentes con el mismo discurso pero sin pies de barro.

    • He llegado a la conclusión que, realmente, no hay nada “fiable”.
      A lo largo de mi camino como educador me he querido agarrar siempre a “algo fiable” (y todavía lo quiero; y con mucha fuerza) y, si te soy sincero, siempre me he acabado cayendo; o “se me ha acabado cayendo eso que creía fiable”. También quiero matizar que “esa sed de buscar algo fiable”, al menos en mí, me viene de mi propio carácter (que estoy aprendiendo que también es algo “poco fiable”).

      En mi trabajo continuamente especulo, hago hipótesis, las contrasto, las tiro, las cambio, las matizo. Me sirven para avanzar. No me agarro a ellas con fuerza, pero, a veces, son muletas que me permiten no caerme. A menudo las tiro, ando un poco sin ellas, y, al rato, me agarro otras… Y, así, sin más… voy andando.

      En mi trabajo me baso en mis conclusiones, fruto de mis observaciones, y en las conclusiones que han sacado otros. Esas conclusiones “provisionales”, a lo largo de mi carrera profesional, las he ido cambiando, modificando…

      En mi trabajo, las conclusiones que voy sacando -desgraciadamente- están enmarcadas en mis concepciones teóricas; están limitadas por mis marcos de referencia; están atenazadas por mis creencias personales (a veces, limitantes y limitadoras; a veces, potenciadoras; y, a menudo, las dos cosas al mismo tiempo). En algunas ocasiones, mis propias observaciones (o las de otros) han logrado cambiar (ampliar) mis concepciones teóricas; mis marcos de referencia (la concepción de lo que es para mí la infancia, lo que significa aprender, lo que significa respetar y acompañar procesos, etc.). Es decir, por suerte, mi práctica diaria y el diálogo con otros (real o virtual) me ha llevado a ir modificando mi forma de pensar y de ver el mundo.

      Actualmente, y de manera provisional y fruto de mis observaciones, creo que acompañar a niños en su proceso de autonomía es un arte; un sutil equilibrio entre cuidarles (amarles, respetarles, escucharles, etc.) y darles la oportunidad de que aprendan a cuidarse (amarse, respetarse, escucharse, etc.) a sí mismos.
      Y, claro está, no es de poca importancia matizar que aquél que acompaña (en este caso yo mismo) todavía no sabe cuidarse, amarse, respetarse, escucharse, etc.

      Quiero decirte que, a menudo, me siento con los pies de barro.

      • jregadera dijo:

        Se trata de que la niñez pueda vivir su vida y también pueda convivir con gentes que estén viviendo la suya. La convivencia es la coincidencia en el encuentro.¿Y a caso se sabe de algún ‘acompañante’ que haya coincidido con la niñez? Contrariamente, los acompañantes no están donde están por coincidencia sino por deber. Es decir, la niñez, adulterada y sustituida por la infancia, no convive junto a gentes que viven su vida sino que son abandonadas frente a personas que están ahí por ellas (con una finalidad) en lugar de por sí mismas o/y abiertas al encuentro, a la convivencia.

      • Nena dijo:

        Buena respuesta🙂
        Yo tampoco sigo un corpus teórico que me guíe infaliblemente. No creo que sea posible en un área tan inescrutable como el desarrollo de los niños. Pero aunque no sabemos qué es fiable, algunas veces sí podemos saber qué NO lo es. Si Reich defendía una visión de la infancia con la que estoy de acuerdo, prefiero acogerme a esa visión sin usar sus mismos términos, o haciéndolo de forma crítica. De lo contrario da la impresión de que la educación con respeto y el psicoanálisis (en este caso) van necesariamente de la mano, o que los conceptos que manejaba Reich son algo más que pura especulación.
        Me encuentro a menudo que los educadores encuentran algo que les gusta (llámese inteligencias múltiples, flipped classroom, educación autodidacta, inteligencia emocional…) y abrazan inmediatamente, con la fe del converso, todo el contexto en el que lo encontraron. Si, pongamos por caso, les gustan las inteligencias múltiples porque da cuerpo a lo que ellos ven en clase -que los niños tienen diferentes talentos-, se agarran de forma acrítica a la teoría de Gardner sin pararse a pensar, por ejemplo, que limita arbitrariamente esos talentos a 8, y ay del niño que deje asomar un noveno que no está en la lista. Por eso hablar de un autor o una teoría sin exponer sus debilidades me parece un ejercicio incompleto y engañoso (sin menospreciar el esfuerzo que haces con estos textos).
        Un saludo cordial.

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