Procesos (1ª parte)

Son las 9:00 de la mañana y el sol, todavía perezoso, empieza a calentar la plaza que, lentamente, se irá llenando de niños y niñas de entre 2 y 5 años. Mientras espero su llegada, recuerdo la frase con la que bautizamos a la asociación que, cual amable paraguas, acoge y abraza a nuestro pequeño y delicado proyecto: Submarí Lila para la atención y el respeto a los procesos de Vida.

Ahora, para mí, como educador, respetar los procesos que viven niños y adultos es como aceptar, sin reserva alguna, el funcionamiento de un tren; el tren avanza, puede parar en las estaciones y, dependiendo de gran variedad de factores, reemprender -o no- su marcha para, luego, quizás, volver a parar y, así, seguir… El proceso es el tren en la vía que, en el caso de los seres vivos, a priori, no sabemos a donde nos llevará. No es hasta que hemos avanzado en el camino, y volvemos la vista atrás, que nos percatamos de la línea que hemos trazado, como si de una deriva se tratara. Antes, difusa o clara pero inexistente; ahora, nítida o borrosa pero vivida.

Hace años, en cambio, cuando empecé a trabajar, en lugar de pensar, sentir y actuar desde el enfoque de un viaje lo hacía en términos de estaciones o estados. Cuando comentaba lo observado, en el mejor de los casos, describía estados y, la mayoría de veces, los significaba. Por ejemplo, decía, este niño está desadaptado, o está agresivo, o está vergonzoso. Pero, con el tiempo, me fui dando cuenta que todas esas etiquetas que, a menudo, guiaban mi quehacer no eran más que nombres de estaciones.

Mientras me distraigo con estos pensamientos, me doy cuenta que Berta, de 2 años y medio, se ha caído y empieza a llorar. Marga, una de las educadoras, se le acerca y le dice, esto duele, Berta. Puedes llorar todo lo que necesites. A mí, las estaciones me gustan, pero, realmente, aquello que me interesa de verdad es el fluir de la vida; el tren en la vía. Es decir, aquello que realmente me parece esencial no es el estado, sino la forma en el que se desarrolla, aquello que le dice al niño, el mensaje que le trae, aquello que mueve en su sistema familiar… El movimiento del tren, su traqueteo, es el proceso. Ahora, veo a Berta subiendo y bajando del níspero que da sombra al arenal. Después de unos momentos en brazos de Marga, ha dejado de llorar y, ahora, está concentrada en su escalda arbórea. Me acerco a ella y, después de un rato observándola respetuosamente, me mira y, con una sonrisa en los labios, me dice, mira, guillem, subo al árbol. Yo le contesto, Berta, estás subiendo al árbol. Te veo contenta. Si me relaciono con los procesos no puedo pensar, de ninguna manera, en términos de bueno/malo, correcto/incorrecto… Desde la óptica del proceso, las conductas de los seres humanos no son buenas o malas en sí mismas, sino que son oportunas o inoportunas a las circunstancias que se viven; adecuadas o inadecuadas a los procesos en los que se está inmerso. Si trabajo desde los procesos no me quedo encallado en palabras o etiquetas y, eso, a menudo, me permite ver las situaciones con una visión de conjunto, más sistémica, con algunas de sus posibles relaciones e implicaciones.

Son las 10:00. Mientras unos cuantos niños desayunan cerca de un cerezo, Jan, de 5 años y Óscar, de 5 años y medio, empiezan a chillar. Afino mi atención, y oigo a Jan que dice, esto no me ha gustado. Me he enfadado mucho contigo, tonto. Óscar le contesta: no querré jugar más contigo, Jan, no me ha gustado nada lo que me has dicho. A su vera, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, David observa (dentro/fuera) la situación y, con la tranquilidad de un paquidermo (dentro) y la atención de un rapaz (fuera), sin descuidar todo lo que emerge sí mismo (dentro), se prepara por si hiciera falta intervenir. La discusión continúa y, de repente, David, dice, Jan está muy enfadado y Óscar también está muy enfadado. Respectar los procesos no significa evitar el dolor, la tristeza o la ira, y perseguir la alegría. Que unos niños, por ejemplo, estén concentrados trabajando o estén metidos en una discusión sólo nos indica el nombre del cartel de las estaciones en su particular línea de tren. Como educador, a menudo, he intentado que ciertos niños se apeen en aquellas estaciones que yo consideraba más convenientes y/o provechosas, pero, con el tiempo, he ido descubriendo que el dolor, la tristeza, la concentración, la alegría, la agresividad… sólo son estados. Jan y Óscar ya vuelven a jugar juntos. David se ha alejado un poco de la situación y continúa bien atento, como si en el hecho de observar con atención plena se escondiera algo sagrado. Si aceptamos y respetamos los procesos es porque, creo, estamos interesados en el itinerario vital y, eso, para mí, significa que no estamos abonados a una única estación.

Miriam y Mar, que rondan los 3 años, prueban de subir a un avellano. Mar pide ayuda a Cristina que, hoy, acompaña a los pequeños. Cristina, en este caso y mirando al proceso, le dice, yo prefiero que lo continúes haciendo sola. Si quieres puedo estar a tu lado. De repente, Itziar y Aitana, que acaban de estrenar los 4, se acercan e intervienen, Mar, ¿quieres que te ayudemos? Los procesos se dan de manera orgánica, afectando a toda la persona y, si se respetan y armonizan, ayudan a construir todo el Ser, en el plano físico, en el emocional y en el cognitivo. Los procesos, a veces, sólo implican tu vía de tren y, otras, surgen en un cruce en el que toman partido varias vías, dos o tres, un conjunto, un grupo (sigue en Procesos (2ª parte)).

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2 respuestas a Procesos (1ª parte)

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