Procesos (2ª parte)

(viene de Procesos (1ª parte)). Son casi las 11:00 y Oriol, de 5 años bien cumplidos, está trabajando con un material de matemáticas. Parece que está sumando. David está cerca. Según lo que Oriol piensa, la suma no le acaba de cuadrar y dice, David, no me sale. David le responde, ¿quieres que lo hagamos juntos y veamos qué pasa? Entonces, David y Oriol, en paralelo, empiezan a trabajar con el mismo material, ahora coloco está bola en este agujero, y, como si las palabras fueran bailando al mismo son que sus manos, David, relata en voz alta, todo el proceso de la operación. El producto es importante, pero el proceso es vital, esencial; ya que habla sobre nosotros y sobre nuestra manera de estar y relacionarnos en el mundo.

Tocan las 12:00 y Erik, de 4 años y 2 meses, de repente, llama a Elena. De lejos, me parece que tiene miedo. Al momento, Erik le dice, tengo miedo. Elena le contesta, ¿dónde sientes ese miedo, Erik? Erik no dice nada, se pone la mano en la barriga y Elena lo acompaña con la suya. ¿Cómo es esa cosa que tienes en la barriga, Erik?, le pregunta. Erik vuelve a decirle, tengo miedo. Por el camino he visto un perro y me da miedo que se acerque. Elena le pregunta, ¿Qué te dice ese miedo? Erik le contesta, que me marche de aquí. Elena le responde, quieres irte de aquí. ¿quieres que a ti y a tu miedo os acompañe a algún sitio? Cuando dejas que el proceso siga su curso, como un río que sigue su cauce, a menudo, aquello que, inicialmente, calificaste como síntoma puede convertirse en toda o parte de la solución.

Como educador, la vida, tu propio proceso vital, te puede traer todo aquello que necesitas en cada momento y, generalmente, puede ser que lo recibas de la mano de los niños. Aprender a aceptar el proceso, sin perseguir una determinada estación o un objetivo preciso, te puede permitir llegar a ser tú mismo. La vida, y el trabajo forma parte de ella, entonces, se convierte en una fuente de riqueza llena de oportunidades. A menudo, la vida, para que te despiertes y con el objetivo de reconectarte contigo mismo, te envía el dolor. Sin duda, creo que, el dolor es un grito de la Vida para que vuelvas a estar, de manera consciente, contigo mismo (véase Dolor).

Con el tiempo he descubierto que la impaciencia, la necesidad de avanzarnos, se enmarca en un enfoque orientado hacia los objetivos. Es decir, cuando estoy ansioso por llegar a algún sitio no transito por el camino, incierto y imprevisto, de los procesos. Al contrario, me centro en la finalidad, descuido cada paso, me voy del presente para ocuparme de la llegada; y, me olvido que, para llegar a la meta, no hay una única vía, sino que existen múltiples senderos. Curiosamente, esos olvidos y la prisa por encontrar atajos, cual paradoja vital, ayudan a que no alcance el objetivo. Cuando emerge un incómodo imprevisto, vivido con sufrimiento, a veces estoy tentado a dejar de confiar en al Vida y, simplemente, etiquetarlo, hacer un diagnóstico y, rápidamente, sacármelo de encima y buscarle una solución. La tentación de aligerar el síntoma haciendo uso de técnicas me aparece una y otra vez. Ahora bien, de la experiencia he aprendido que, a menudo, recetar una poción para tratar al síntoma bloquea el proceso que la Vida a iniciado. En el caso de las emociones, por ejemplo, estar atento y respetar los procesos podría significar conectarse con el niño y, desde ahí, sentir cual es la mejor manera de acompañarle; por ejemplo, dejar que las emociones se abran y se desplieguen. Hace unos años, personalmente, ciertas emociones, me resultaban desagradables y, fuere como fuere, intentaba que los niños no se bajaran en esas estaciones. De esa manera, frente a la tristeza, por ejemplo, probaba de distraer, mira que bien se lo pasan aquellos, o, incluso, frente al dolor, me refugiaba en la cognición, buscando razones, ya te lo dije que fueras con cuidado. Te das cuenta de lo que te ha pasado por no hacerme caso. Muchas veces despreciaba la rabia, no vale la pena enfadarse. No es tan importante. Con el tiempo, y acompañado por el dolor, me he dado cuenta que respetar los procesos de vida quiere decir, también, acompañar a cada persona, en cada estación, el tiempo que requiera. Sin prisas, sin querer ir demasiado rápido, sin expectativas.

Ya son la 13:00. Los padres y las madres van llegando y, los niños, medio en serio, entre risas y llantos, juegan a alargar su jornada en el proyecto. Los procesos de los progenitores, como unos faros intermitentes, alumbran y oscurecen los procesos de sus descendientes. La Vida se entrecruza y, pasado y futuro, lo antiguo y lo nuevo, se dan la mano en un presente que, fugaz y escurridizo, nos muestra constantemente oportunidades para seguir creciendo. Las vías se entremezclan multitud de veces, y la Vida nos sirve en bandeja de plata, una y otra vez, nuestros propios bloqueos y temas pendientes para que podamos integrarlos y trascenderlos. Los aparentes baches, con el tiempo, resultan ser benditas removidas. Los choques, al instante dolorosos, con sosiego se transforman en necesarias fricciones que, al igual que las caricias, funcionan de imprescindible combustible para seguir la travesía.

Respetar los procesos, en definitiva, nos sitúa al lado de la Vida. Y, la Vida, siempre acaba ganando la final; pero, en esta Liga, aunque sabemos que debemos rendirnos a la trayectoria, la mayoría de veces, no aceptamos tener la sensación de perder algún partido. Gracias a la Vida por despertarnos y gracias a la Vida por insistir.

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2 respuestas a Procesos (2ª parte)

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