La escuela ideal

De la mano de unos amigos, me llega el ejemplar de la tercera semana de noviembre de 2011 de la revista Presència. El dossier de este número, el 2073, se titula La escuela ideal, y, en él, una serie de escogidos maestros y pedagogos reflexionan sobre el modelo educativo que, según ellos, necesita Cataluña. En los diferentes artículos que forman este especial, se habla de competencias y saberes; se hace referencia al aprendizaje más allá de las asignaturas; se apuesta por tres lenguas habituales en la escuela (castellano, catalán y inglés) más un cuarto idioma; se loan las nuevas tecnologías; se repite hasta la saciedad la idea de cambio, dinamismo y apertura; se diserta sobre una escuela de todos y para todos; se debate sobre cómo hacer para que los niños se tornen ciudadanos competentes; se elogia el trabajo intergeneracional; se perfila el nuevo rol del docente y se apunta a la formación del profesorado como la piedra filosofal que convertirá, a ojos de PISA, todo fracaso en éxito.

Estos días, buscando bibliografía de O. Decroly (1871 – 1932), he recuperado del olvido a un gran pedagogo. Adolphe Ferrière (1879 – 1960), heredero de J.H. Pestalozzi (1746 – 1827), fue un destacado miembro de lo que se dio en llamar la Escuela Nueva. A su muerte, parece ser que, C. Freinet (1896 – 1966) dijo de él: trasladó a la realidad los sueños generosos de los grandes pedagogos. Ferrière, en 1920, hace casi 100 años, escribe Transformemos la escuela. En el prefacio, el ginebrés nos cuenta una historia sobre el origen de la escuela. Según el autor, la escuela se creó siguiendo las indicaciones de un astuto diablo. Seguidamente, presento una adaptación personal de este, para mí, estupendo cuentecito:

El demonio convenció a la muchedumbre de la necesidad de crear la escuela y, siguiendo sus indicaciones, la crearon.

Al niño le gusta la naturaleza y le encerraron en el aula; al niño le gusta comprobar que su quehacer tiene sentido y le llevaron a realizar tareas sin objetivo; le gusta moverse y le ataron a la inmovilidad; le gusta manejar objetos y le pusieron en contacto con el mundo de las ideas; le gusta usar las manos y sólo le dejaron trabajar con su cerebro; le gusta hablar y le obligaron al silencio; quisiera razonar y le hicieron memorizar; quisiera buscar la ciencia y se la dieron ya masticada; quisiera entusiasmarse e inventaron el castigo.

Los niños supieron de la pena de estar separados de sus familias; incluso de su ambiente. Los deberes les ocuparon su tiempo; no les explicaban nada, sólo los obligaban.

Y, entonces, aprendieron aquello que, pudiera ser, nunca hubieran aprendido: supieron disimular, engañar, mentir.

De acuerdo con el diablo, buena parte de la humanidad se adormeció, languideció, se volvió circunspecta, pasiva, desinteresada. La salud, la felicidad, el amor, la bondad se terminaron.

Pero hubo niños que huyeron al bosque, treparon a los árboles, burlaron a los sabios. Corrieron aventuras, se desarrollaron por ellos mismos, se hicieron fuertes, hábiles, ingeniosos, perseverantes. De esta manera manera desapareció la escuela que tan sabiamente el demonio había imaginado.

En el monográfico de la revista Presència no he encontrado referencia alguna, aunque fuese pequeña, al niño como Persona capaz. Es cierto, se habla de la educación de la infancia como de algo integral, global, holístico. Pero ni una mísera nota apuntando al niño y sus propias capacidades para desplegar todo su potencial interno.

En el estudio se cita a Aristóteles (384aC – 322aC), la inteligencia no consiste sólo en el conocimiento, sino también en la habilidad de saberlo aplicar en la práctica; a Plutarco (50 – 120), el cerebro no es un vaso que deba llenarse, sino una luz que ha de encenderse. Pero no se menciona a J. Dewey (1859 – 1952), la educación no es una preparación para la vida, sino la vida misma; a C. Naranjo (1932), la UNESCO ha querido poner al espíritu en el centro de nuestra atención señalando que no sólo es importante aprender a hacer, aprender a aprender y aprender a convivir, sino también aprender a ser; a L. Milani (1923 – 1967), no deberían preocuparse de cómo hay que hacer para dar escuela, sino de cómo hay que ser para poder darla.

¿Qué pasaría con las expectativas del educador si la escuela mirara al niño como a la Persona que puede llegar a Ser? ¿Qué pasaría si la escuela permitiera que el niño fuera él mismo? ¿Qué pasaría si la escuela favoreciera la natural autonomía de la infancia? ¿Qué pasaría si la escuela se preparara para que el niño pudiera encontrar todo aquello que pudiera necesitar para satisfacer sus verdaderas necesidades? ¿Cómo sería la mirada del educador si confiara en la capacidad de los niños para desplegar todoas sus competencias como ser humano?¿Qué pasaría si la escuela, sin más, abriera de par en par las puertas al amor y la felicidad?

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11 respuestas a La escuela ideal

  1. Roman Roset dijo:

    Paral·lelament al teu post m’han enviat aquest enllaç:

    Això de l’educació i l’ensenyament dóna per pensar molt i és molt complexa.

  2. yasmin blanco dijo:

    excelente trabajo me hizo que no hemos cambiado ni construido nada solo pañitos de agua caliente para crear un cambio no queremos dejar el poder en el otro sino seguir igual cuando daremos ese paso para cambiar saludos

  3. No podria estar més d´acord

  4. Pingback: Encarnar nuestro verdadero Ser | Ser para educar

  5. Pingback: Ciudadanas y ciudadanos (1/2) | Ser para educar

  6. Pingback: Una pizca de aprendizaje con toques Montessori (4/4) | Ser para educar

  7. Jordi Lainez dijo:

    Amic Guillem, porto setmanes i mesos llegint i llegint, recordant experiències i recopilant “sabiduria” ja que col·laboro en l’escriptura d’un llibre, de lleure educatiu (recordes? segur que si)… llegint molts dels teus escrits (magnífics i deliciosos si hem permets): m’has fet riure! Riure de mi i riure de molts altres. Gràcies per fer-ho per i amb nosaltres!
    Jordi Lainez

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