Exigencia (1ª parte)

Maturana (1928) afirma que la estima es la valoración que hacemos de algo, usando como referencia un criterio externo. De esa manera, la autoestima sería un juicio, una creencia, que realizamos, o tenemos, sobre nosotros mismos utilizando para ello un criterio externo a nosotros. Bien, pues, y aquí empiezo la reflexión, quiero expresar que la autoestima, así entendida, me rechina un poco. Por dos motivos. Primero, por ser una valoración. Segundo, por hacerla en base a criterios que son externos a uno mismo. Por lo tanto, prefiero hablar de aceptación.

La autoaceptación no la entiendo como una valoración hecha desde la cabeza usando criterios racionales. La aceptación de uno mismo, la sensación sentida, profunda, de estar en paz y serenidad con uno mismo, con independencia de las circunstancias externas, eso, al más puro estilo Gendlin (1926), eso, me repito, es una sensación interna. Y ahí está el salto. Eso, matizo y aclaro, tengo la seguridad que ni es un juicio ni una creencia ni una evaluación. El respeto y la aceptación hacia uno mismo no es un ponerse precio, no es un trabajo de nuestro aparato cognitivo, sino que es un sentir corporal desde el que uno se mueve sin cuestionarse a sí mismo, sin vivir con la sensación que uno debe justificarse (su ser y su hacer) frente a los otros. Y uno, cuando se acepta a sí mismo, no se siente cuestionado por el otro porque, en definitiva, en esas circunstancias, uno no se objeta a sí mismo.

En otro orden de cosas, pero sin salirme de tema, quiero abrir paso a otro elemento: la autoconfianza. Para mí la autoconfianza es la propia valoración, consciente y fundamentada la mayoría de veces, de la propia capacidad para desarrollar un hacer en determinados dominios: trabajo, familia, amigos, deportes, etc.

Así pues, autoaceptación y autoconfianza son dos cosas distintas que, en nuestra sociedad, se confunden y solapan. Pero, tal y como yo lo veo, insisto, autoaceptación y autoconfianza no van, necesariamente, de la mano.

Una persona, a través de su hacer, puede haberse demostrado sobradamente sus capacidades, y habérselas demostrado a otros (gozar de autoconfianza, pues), y, a pesar de ello, mantener una sensación interna de conexión consigo misma de inseguridad, de no aceptación e, incluso, vivir en la incapacidad de percibirse a sí misma de manera profunda y auténtica. Según mi opinión, cuando esto se da, entre la valoración cognitiva de la propia capacidad de hacer de manera eficaz y la sensación sentida corporalmente de la no aceptación (o, en el peor de los caos, la desconexión del propio interior), se abre, causa y consecuencia, una especie de zanja emocional. Para mí, esa trinchera interna es razón y fuente de dolor. Esa rotura, esa herida, le lleva a uno a esforzarse cada vez más, le empuja a exigirse cada vez más como un intento infructuoso, estéril, de coser, de sanar, dicha brecha. En ese resquicio, a carne viva, cual sumidero que todo lo engulle, por donde uno pierde la seguridad en sí mismo, emerge la autoexigencia, como una agotadora e interminable carrera contra uno mismo. Una carrera en la que, con el objetivo de no perder la competencia, uno no se da permiso para mirar atrás y ver todo lo que ha logrado, sino que la mirada, fija en el futuro, sólo es capaz de contemplar todo lo que aún le queda por conseguir.

Cuando vivimos desconectados de nosotros mismos, cuando estamos alejados de nuestro sentir y de nuestra corporalidad, cuando no nos aceptamos tal y como somos, a pesar de saber que sabemos (sólo sabemos), no estamos bien. En ese vivir proyectados en el futuro, pretendemos alcanzar algo que, creemos, todavía no tenemos; cuando, realmente, sin saberlo, lo que estamos buscando, necesitando diría yo, no es algo que no tenemos, sino algo que todavía no sentimos (sigue en Exigencia (2ª parte)).

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