Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (1ª parte)

Son las 10:00. Como cada mañana, desde hace unas largas semanas, el pequeño Acán llora. Acán, de 3 años, aparentemente, llora por la ausencia de sus padres.

La mente somática no se comunica con nosotros a través del lenguaje verbal, sino que lo hace a través de sensaciones, emociones y síntomas. Éstos no dejan de ser señales codificadas que pueden ser traducidas en palabras. E. Gendlin (1926) ideó un proceso gracias al cual podemos descifrar el mensaje que nos envía el cuerpo a través de su mensajero, la sensación, y, así, poderla significar.

Son las 10:00. Como cada mañana, desde hace unas largas semanas, Acán busca la protección y la exclusividad de una de las educadoras del proyecto. Marga, atenta al proceso, acompaña con respeto las lágrimas y la demanda de Acán. Acán sólo permite la cercanía de Marga y, eso, en nuestro proyecto, también lo leemos como un síntoma de algo. Acán está en su particular proceso y Marga en el suyo. En el espacio – tiempo del proyecto se han encontrado y, de alguna manera, han sintonizado. Esta conexión entre Acán y Marga, aunque extraña y, aparentemente, alejada de toda causalidad, es algo real y, tal vez, difícil de expresar. Nosotros a esta relación, siguiendo a C. Jung (1875 – 1961), la consideramos una suerte de sincronicidad y nos parece útil estudiarla y tenerla en cuenta.

En la mente somática quedan grabadas las huellas de nuestras experiencias difíciles. Éstas quedan almacenadas en nuestro cuerpo. Cuando nuestro cuerpo recuerda, esas improntas pueden emerger en forma de sensaciones y emociones. De esta manera, la mente somática se comunica con nosotros usando las sensaciones y emociones como códigos para mostrarnos que nos encontramos ante otra situación difícil, otra vez, y que necesitamos aprender nuevas maneras de gestionarla. Si, por la razón que fuere, no recibimos el mensaje que el cuerpo nos envía, entonces, el cuerpo, con la intención positiva de ayudarnos, insiste; y, esas sensaciones y emociones no escuchadas, con el objetivo de hablar más alto, pueden acabar transformándose en síntomas. Así pues, una experiencia no integrada continúa repitiéndose hasta que la integramos. En este aspecto, según S. Gilligan, la Vida tiene una paciencia infinita: la experiencia negativa seguirá retornando hasta que una presencia humana pueda entrar en contacto con ella, con amor y aceptación, e integrarla.

Son las 10:00. Como cada mañana, desde hace unas largas semanas, Marga siente una incomodidad. Hay algo dentro de ella, en su cuerpo, que, a través de una sensación sentida, quiere comunicarle algo. Marga se escucha, se da tiempo, sostiene eso, esa parte de ella, que está ahí, dentro de sí.

C. Narnjo (1932) nos invita a harmonizar la acción, la emoción y el intelecto; así como el cultivo de la atención: el estar presente y despierto aquí y ahora. Pero, desgraciadamente, lo que aprendemos durante nuestra infancia es que lo normal es no tener en cuenta nuestras sensaciones y emociones. A menudo, hemos recibido mensajes dirigidos a negarlas, mensopreciarlas o minimizarlas, incluso a culpabilizarnos por ellas o, en el mejor de los casos, a distraernos de las sensaciones desagradables que, a veces, nos producían. Todos esos mensajes, al interiorizarlos, nos han encaminado, poco a poco, a dejar de ser nosotros mismos y a ser, poco a poco, aquellos que los demás deseaban que fuéramos. En cambio, cuando en nuestro vivir aceptamos nuestro sentir, nuestras sensaciones y emociones, cuando nos permitimos sentir nuestro propio dolor, nos acercamos a nosotros mismos, a aquello que somos verdaderamente; posibilitando la comunión con nuestro Ser. El dolor del síntoma es la manera que tiene el cuerpo de reconectarnos con la Vida. Dicho de otra manera, y en palabras de M. Erikson (1901 – 1980), la mente somática produce los síntomas con el objetivo de protegernos.

Marga comparte sus sensaciones con el grupo de educadores y educadoras con los que trabaja y convive. Marga se sienta al lado de su sentir, está con eso en silencio. Marga, de la misma manera como acompaña, cada día, el llanto de Acán, con esa misma aceptación, acompaña su propio sentir. Espera, aguarda, sin prisa, sin querer cambiar nada, dejando que lo que es sea. Su fuerza, y la fuerza del grupo con el que trabaja y vive, le ayudan en ese, a menudo, difícil y doloroso sostén. Marga sabe que cuando ella resuelva su nudo, entonces, Acán podrá resolver el suyo. Es como si releyéramos a Vigotsky (1896 – 1934) y, en palabras de L. Malaguzzi (1920 – 1994), aceptáramos el criterio de circularidad; el mantenimiento de un vínculo activo entre educador y educando. En este caso, podríamos explicarlo así: Acán no ve aquello que Marga tampoco ve. Si Marga resuelve, entonces, el camino de Acán no sólo se reduce sino que se percibe como posible (Sigue en Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (2ª parte)).

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4 respuestas a Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (1ª parte)

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