Rutinas, ritos y ritmos

En los últimos tiempos, y de manera espacial, he empezado a vincular la palabra rutina con camino, dirección, rumbo. Así, rutina me aparece como un recorrido ya conocido, habitual, familiar, no extraño, que me aporta seguridad y confort.
Por mi particular historia, he huido de los rituales tanto como de las rutinas. Y, en estos días, me estoy reconciliando tanto con unos como con otros. Entiendo los rituales como aquellas acciones, individuales o en grupo, que forman parte de cada cultura; entendida, ésta, siguiendo a Maturana (1928), como aquel conjunto de entrelazamientos de emociones y coordinaciones conductuales que poseen un significado particular y consensual para la colectividad donde uno vive y que pasan de una generación a otra.

En mi manera de entender la educación, los rituales fijan unas regularidades, aunque éstos estén, por principio, abiertos al cambio. Las repeticiones de unos determinados marcos, de unas determinadas acciones aportarían, así, seguridad y estabilidad a los niños, y también a los adultos; saber que después de una cosa vendrá la otra favorece la tranquilidad. Y, desde esa seguridad, desde esa tranquilidad, el niño puede aventurarse hacia lo desconocido, hacía lo profundo e incierto que ofrece lo novedoso.

Para mí, de un tiempo a esta parte, las regularidades de los rituales presentes en el cotidiano de la escuela funcionan como el soporte y el fundamento para la creación de aquello que es nuevo. Percibo la rutina, a la vez, suave paradoja, como un espacio-tiempo para la tradición y la innovación. Digo espacio-tiempo porque, a pesar que la palabra rutina se ha asociado, a menudo y básicamente, a un aspecto temporal, creo que, haciéndole un guiño a A. Einstein (1879 – 1955), aquello rutinario está estrechamente abrazado por una amalgama constituida por espacio-tiempo-materia-relaciones.

Según mi parecer, las rutinas es imprescindible que tengan en cuenta el ritmo, la relación con el mundo, la realidad de cada niño, la alegría, la autenticidad, la autonomía, la imaginación, la consciencia. De esta manera, las rutinas son el escenario donde pueden devenir mil maneras distintas de reinventar aquello que sucede en el cotidiano.

En nuestro proyecto existen una serie de elementos que pueden considerarse rutinas. Serían los siguientes:

  • los usos del tiempo y el espacio, vinculados a los materiales y a las relaciones (yo-otro-entorno)
  • la creación, y la distribución de ambientes preparados
  • la selección y la propuesta de talleres
  • la selección y la presentación de los rincones

En relación con la rutina me aparece, también, aquello que llamaríamos períodos. Las fiestas de cumpleaños, los períodos de adaptación, las propuestas que aparecen según las estaciones, los talleres vinculados a ciertos días de la semana. En este sentido, se me antoja importante destacar que el aprendizaje del tiempo no es algo que se incorpore con rapidez. Las repeticiones, los ritmos, las rutinas, acompañan a los niños en ese aprendizaje. De esta manera, las secuencias temporales, guiadas por las necesidades orgánica, las experiencias emocionales y las búsquedas cognitivas, establecen diferentes ritmos (diario, semanal, mensual, anual) que se corporalizan desde la vivencia infantil.

En la esencia de la Vida encontramos el ritmo, la alternancia de la acción y el reposo. En la naturaleza, como yin y yang, lo encontramos en las olas del mar, en el ciclo de las estaciones; en el paso del día a la noche, en el aullido de viento, y en el llanto y la risa del ser humano.

W. Reich (1897 – 1957) ya se percató que todo en la naturaleza dispone de un ritmo; un movimiento regular entre dos estado contrastados (tensión – relajación), a menudo, complementarios. R. Steiner (1861 – 1925) describió el aprendizaje de la respiración como una de las tareas más fundamentales de la vida. Con ello, Stenier no hacía referencia a la respiración física, sino a la necesidad de vivir como respiramos; es decir, moviéndonos rítmicamente entre contracción y expansión.

Los ritmos y las rutinas están relacionados orgánicamente con la alternancia. Una alternancia que nos puede llevar al equilibrio entre lo individual y lo colectivo, entre aquello que recibimos desde fuera y aquello que entregamos desde dentro, entre los espacios-tiempo de concentración y los de dispersión, entre la quietud y el movimientos, entre el escuchar y el hablar, entre el yo y el otro.

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