Autonomía y heteronomía

Ayer, aprobamos nuestro Proyecto Educativo de Centro. Acto seguido, los presentes, brindamos por ello con Oporto. ¡Qué lujo y qué placer tan bien merecidos! En el documento, entre otras muchas cosas, se formulan los objetivos de ámbito pedagógico de nuestra futura escuela. El primero de ellos reza así: construir un ambiente que permita que los niños desarrollen su autonomía a través de la confianza y las relaciones seguras (véase Carta a favor de la autonomía).

La palabra autonomía es un término político que significa gobernarse a sí mismo. Por contra, heteronomía significa ser gobernado por algún otro. Las personas autónomas tienen sus propios criterios para juzgar qué es adecuado a las circunstancias y qué no; y no fundamentan sus decisiones en valoraciones externas a ellos mismos, aunque para ello sí tengan en cuenta las consecuencia que puedan tener sus conductas en los otros y en el entorno. Por ende, sus juicios, y las acciones que se derivan de ellos, no se basan en que puedan ser castigados o no.

En El criterio moral del niño (1934), Piaget (1896 – 1980) habla de las sanciones. Piaget afirma que los adultos usan las sanciones para conseguir que los niños se comporten de determinadas maneras. El autor manifiesta que, en la vida, es imposible evitar las sanciones. Ahora bien, aunque Piaget reconoce su carácter inevitable, también insiste en que las sanciones tienen el efecto de prolongar la heteronomía de los niños impidiendo el desarrollo de su autonomía. Podríamos limitar las sanciones a su vertiente positiva y ejercer la recompensa sin castigo y la aprobación en vez de la reprobación. Sin embargo, de la misma manera, todo el poder de las sanciones positivas sólo puede conducir a prolongar la heteronomía de los niños.
Según mi experiencia, una de las consecuencias de estructurar prioritariamente nuestras relaciones con los niños a través del elogio, la crítica, los premios y los castigos es que colaboramos en la construcción de personalidades dependientes, extrínsecamente controladas, y obstinadas en la búsqueda de reconocimiento. Personas que no se aceptan a sí mismas y con poca capacidad de autoevaluación. Personas que buscan agradara al otro y que dedican esfuerzos a comportarse según las expectativas que creen que sobre ellos tienen los demás.

El origen del estudio psicológico de las sanciones, premios y castigos, lo encontramos en el conductismo.  El conductismo, a través de las sanciones, puede explicar por qué ciertos tipos de conductas y determinadas personas pueden controlarse en cierta medida; pero no puede explicar el comportamiento de las personas autónomas que deciden hacer aquello que piensan y sienten a pesar del sistema de premios y castigos, y defienden lo que consideran éticamente correcto. Según mi opinión, el conductismo puede explicar, hasta cierto punto, la heteronomía, pero la autonomía sólo se puede explicar con una teoría de mayor alcance y profundidad.

Hace muchos años, cuando trabajaba en Cáritas, con un grupo de educadores, nos encontrábamos una vez por semana para compartir, en grupo, una especie de proceso de crecimiento personal. En una de nuestras sesiones, comentamos un texto del famoso NasrudínNasrudín, en esa ocasión, buscaba una llave que había perdido. Y la buscaba debajo de una farola en la plaza del pueblo. Un amigo se le acercó y se puso a ayudarle, de manera que los dos pasaron un rato de rodillas antes que el amigo le preguntase: ¿Estás seguro que la perdiste aquí? Nasrudín respondió con toda naturalidad: No, la he perdido en mi casa. A lo que el amigo contestó: Pero, entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí? El gran maestro sufi, respondió: Porque aquí hay más luz.

La autonomía, además de un proceso que nos lleva a pensar, sentir y hacer por nosotros mismos, muy ligada a la autorregulación de W. Reich (1897 – 1957) (véase Autorregulación) y a la autopoiesis de H. Maturana (1928) y Varela (1946 – 2001) (véase Autopoiesis), también la entiendo como un gobernarse a sí mismo a nivel espiritual. Como afirma C. Naranjo (1932), en Cambiar la educación para cambiar el mundo (2004), a veces, buscamos la llave, no donde la perdimos, sino donde hay más luz. Buscamos nuestro Ser en el sitio equivocado. Lo buscamos donde los otros nos han dicho que se encuentra, o donde pensamos que hay más claridad, o donde la sociedad nos ha asegurado que está escondida (conocimiento, amor, reconocimiento, placer, poder, etc.) . Pero, sin duda, la llave está en casa; es decir, dentro de nosotros mismos.

Educar para una autonomía espiritual, entre otras cosas, nos lleva a acompañar a los niños para que puedan estar más conectarnos con sí mismos (véase Espiritualidad y Educar para Ser). Como nos plantea Gendlin (1926), a buscar dentro de sí mismos, en la sabiduría del cuerpo. Y remarco cuerpo porque las tradiciones occidentales han basado la búsqueda del Ser en métodos cognitivos, en la razón, y, siguiendo a Naranjo, proponemos un acercamiento al Ser desde la experimentación, el cuerpo y la vivencia.

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3 respuestas a Autonomía y heteronomía

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