Dar amor a los más pequeños

Luca Bonatti (1960), neurolingüista de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, apunta lo siguiente: un niño de un año razona mejor que un adulto. Además, este investigador italiano afirma que lo mejor que los padres y las madres podemos hacer para estimular las aptitudes de nuestros hijos es quererlos, ya que esto es lo que mejor les va para construir su cerebro y ser felices (véase Quiero vestirme de blanco). Y, yo me pregunto, ¿cómo se le da amor a un niño de un año? Y, ese amor, ¿cómo lo percibe?

Paul D. MacLean (1913 – 2007), físico y neurocientífico norteamericano, propuso la teoría del cerebro triuno, según la cual, al igual que el árbol, con el tiempo, va añadiendo capa sobre capa de corteza, el cerebro humano, ha ido creciendo, también, añadiendo capa sobre capa a lo largo de su evolución, desde los reptiles hasta los humanos. Su teoría concibe un modelo de cerebro formado por tres elementos interrelacionados: el cerebros reptiliano, el sistema límbico y el neocórtex (véase Los tres mosqueteros y Nuestro cerebro: 3 + 1 colaborando).

El sistema reticular nos recuerda que somos animales y que no podemos desatender todo lo que tiene que ver con nuestra supervivencia (para adquirir un sentimiento de seguridad y tranquilidad); además de abrir espacios, con excelencia, para el movimiento y la corporalidad. Esta parte de nuestro cerebro, entre otras cosas, es responsable de la recogida de datos del entorno a través de las sensaciones corporales y los sentidos (excepto el olfato), y de las respuestas de supervivencia: lucha, huida y bloqueo. El llamado cerebro reptiliano madura durante el embarazo y, por lo tanto, a partir del nacimiento está ya en pleno funcionamiento.

El sistema límbico nos recuerda que somos seres relacionales, seres emocionales, y que, por lo tanto, es importante cuidar nuestra sensorialidad y nuestra afectividad como si de un gran tesoro se tratara. Esta parte de nuestro cerebro, entre otras cosas, es responsable de la motivación y de las emociones. El sistema límbico madura durante toda la infancia, y sus partes más vinculadas con el neocórtex (por ejemplo el córtex orbifrontal, a caballo entre el sistema limbico y el neocórtex) no dejan de evolucionar hasta pasados los 20 años de vida. Ahora bien, vale la pena destacar que, hasta los 6,7,8 años de edad, la percepción que tienen los niños del mundo es en esencia límbica (emocional, intuitiva, global…) y que ésta es la prioritaria hasta los inicios de la adolescencia donde la perspectiva cognitiva va ganándole peso y terreno.

El neocórtex nos recuerda que somos seres racionales y que, al abrir el abanico de nuestras capacidades superiores, constantemente y de manera cotidiana, vamos tejiendo y viviendo en la trama de la cultura; y que es importante mantener el placer por conocer y comprendernos a nosotros, a los otros, y al complejo mundo en el que vivimos. Esta parte del cerebro, entre otras cosas, es responsable del pensamiento abstracto, la reflexión y la autoconscienia. El neocórtex madura, prioritariamente, a partir de los 6,7,8 años (aunque, antes, tiene importantes conatos de crecimiento; a destacar, el que se da, aproximadamente, a los 2 años de edad) y no deja de hacerlo, sobretodo el córtex prefrontal, hasta pasados los 20 años de vida.

Así pues, el niño, gracias al cerebro reptiliano, percibe el amor a través de su cuerpo; gracias al sistema límbico, percibe el amor a través de todo aquello relacionado con el lenguaje no-verbal (expresión facial, elementos para-lingüístico, gestualidad, etc.); y, gracias al neocórtex, percibe el amor a través del lenguaje verbal.

Entonces, a la luz de la neurociencia, a un niño de un año no le llega nuestro amor por vía de la palabra, sino que, para ello, se tornan imprescindibles dos elementos: uno, el contacto corporal y, dos, el lenguaje no-verbal. Y, tanto uno como el otro, usados con el objetivo de hacerle sentir que lo aceptamos total e incondicionalmente.

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