Palabras, palabras…

Una historia oriental, tal vez atribuida a Nasrudín, cuenta cómo 4 viajeros -un persa, un turco, un árabe y un griego- estaban conversando sobre cómo gastar la última moneda que les quedaba. “Yo quiero angur”, dijo el persa; “yo quiero uzum”, insistió el turco; “yo quiero inab”, habló el árabe; y, “yo quiero stafil”, apuntó el griego. Un hombre pasó por allí, y al oír la acalorada discusión, se ofreció a comprar lo que quería cada uno si acordaban darle la moneda. Los 4 hombres accedieron. Cuando el desconocido compró un pequeño racimo de uvas para cada uno de ellos, el persa, el turco, el árabe y el griego se sorprendieron y deleitaron al recibir su angur-uzum-inab-stafil.

Las palabras se sitúan por encima de la experiencia sensorial. Nos son útiles para empacar nuestra experiencia y, a la vez, nos conducen a ser menos sensibles a ella. Por ejemplo, cuando digo “silla”, no es necesario que me fije en el color, la forma, el tamaño… Al usar la palabra “silla” me ahorro esfuerzo y tiempo. Me permite atender a otras cosas, y a la vez me conduce irremediablemente a perder ciertos detalles. El lenguaje, pues, goza de ventajas y acarrea inconvenientes.

De esta manera, a menudo, con la respuesta a la pregunta “¿qué es esto?” se nos agota la curiosidad. Incluso, la mayoría de veces, cuando pensamos poseer una cierta etiqueta para alguna cosa, creemos saber sobre esa cosa. Es como si confundiéramos el sentido de diferencia con el sentido de conocimiento. Realmente, los nombres que le damos a las cosas son, simplemente, sonidos; podemos conocer el nombre de las cosas en muchos idiomas y no saber nada de ellas.

Las palabras son herramientas útiles para gestionar nuestras experiencias. Ahora bien, por el hecho de alejarnos de ellas, de la experiencia, nos tornan más insensibles. Korzybski (1879 – 1950) ya señaló que disponemos de un número de conceptos y palabras muy inferior al de experiencias únicas. Las palabras nos sirven, claro, pero, a veces, nos puede ser muy útil y necesario retornar a la experiencia sensorial.

Esta sociedad, la nuestra, nos plantea unos conceptos -nos los vende en forma de palabras- totalmente alejados de la experiencia sensorial. Las palabras tienen ese poder. Las podemos usar, recibir y mandar, totalmente desconectadas de la experiencia directa. Por ejemplo, la belleza, la riqueza, el poder, el amor, la juventud. Y, ¿qué nos pasa con todo eso? Pues, que sin casi darnos cuenta, vamos a la caza de esos conceptos, esas encantadoras palabras, irreales e inexistentes. Nosotros, ahí metidos, hipnotizados por el lenguaje, perseguimos lo que no existe, cual asno detrás de una zanahoria virtual. Probar de alcanzar esas etiquetas nos aleja, todavía más, de la realidad sensible y directa y, eso, nos acarrea, sin duda, infelicidad y angustia.

Los conceptos están vacíos de contenido y los usamos para interpretar el mundo; están libres de experiencia sensorial. A la sombra de Bateson (1904 – 1980), y él a la de Korzybski, diré que la experiencia sensorial no es la palabra con la que la nombramos. Ahora bien, si empaco de manera adecuada las experiencias que he tenido con cierta chica, y les doy nombre (por ejemplo, “amor”) puedo reactivar las sensaciones que me produjeron. Tal vez, en definitiva, muchos cambios en el sentimiento vienen dados por la falta de activación concreta de ciertos conceptos-palabras. Y, si así fuera, una buena manera de reactivar el sentimiento podría ser rehacer, revivir, aquello que sensorialmente nos llevó a construirlo.

Desgraciadamente, nuestro sistema educativo se mueve en el espacio de los conceptos y las palabras, desconectados de la experiencia sensorial, y, eso, puede ser peligroso. Esta es una de las razones por las que creo en una escuela que le dé importancia al experienciar, al manipular, al uso del cuerpo, al tener vivencias sensoriomotoras, al cuidado emocional, a la cognición corporeizada. A partir de ellas, el niño y la niña, a medida que crecen y viven, van colocando palabras a aquello que experimentan con todo su cuerpo. Palabras conectadas con su sentir. Un proceso que les llevará a construir lazos vitales entre lo hecho, lo sentido y lo pensado. Colocar sus propias palabras a sus propias vivencias les permitirá estar más conectados con sí mismos y con el mundo. Entonces, al relacionarse con ellos mismos, con los otros y con el mundo, no necesitarán de un intérprete que les indique el rumbo de aquello que están buscando. No precisarán de un lingüista que mediatice sus interacciones. Conocerán las uvas porque las habrán tocado, olido y saboreado. Sabrán de la existencia del amor, no por haberlo conocido en un anuncio de moda, sino porque lo habrán vivido y sentido en piel propia. Y, cuando en su vivir, lejos de perseguir quimeras y espejismos, se topen con seres humanos y con experiencias amorosas, no tendrán duda alguna de lo que habrán encontrado.

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12 respuestas a Palabras, palabras…

  1. Anita dinamita dijo:

    Bueno Guillem, aquí estoy para defender estas palabras tan poco valoradas, vacías y bordes…

    !! Que discutan los cuatro orientales, porque no saben que estan hablando de lo mismo !! Totalmente a favor de estas perdidas de tiempo tan deliciosas que són las buenas conversaciones; y te digo una cosa: si realmente es una buena discusión, enraizada, expressiva…, aunque se esté hablando en “idiomas distintos” no te preocupes que finalmente se descubrirá que se está hablando de lo mismo.

    !! Que te muestre el amor esta cara que tiene cuando pasa hambre !! Así se sabe que es bueno alimentarlo, con pan, con besos y también con palabras.

    Me cansé un tiempo de escribir aquí, precisamente por algo parecido… Donde van estas palabras?? Añoro el sabor del café que me gusta que las acompañen… Y sin embargo me duele leer que puedas renegar de ellas, quiero protegerlas y reponer su sentido.

    • Querido Ana,
      me encanta el buen conversar, el tiempo pasado al lado de quien me quiere y me acepta, y si va acompañado de un buen yantar mucho mejor. Me encantan tus palabras cargadas de energía, tocadas con destellos de amanecer, llenas de carne y huesos. Por lo tanto, agradezco poder dedicarnos, a ti y a mí, este tiempo; aunque sea virtual y sin ninguna vianda que tomar.

      Quiero empezar diciendo que no me alejo de las palabras, sino sólo de aquellas desconectadas del cuerpo; me alejo del hablar por hablar, del llenar los ratos de compañía con palabras por el hecho de no saber estar en silencio; me alejo, a la vez, del estar haciendo algo y del acompañar ese hacer con palabras alejadas de mí mismo, de los que me acompañan, y de ese momento.

      Me alejo todavía más de vivir con los niños de manera dividida. Es decir, con nuestro cuerpo por un lado y nuestra cabeza por otro. Me gustaría, ahora, hablar de las raíces del hablar. Inicilamente, nuestros ancestros (hace más de 3 millones de años) sólo podían pensar con el CUERPO y el pensar estaba conectado con las ACCIONES; el pensar con el cuerpo (sin palabras) les servia para buscar soluciones prácticas a sus múltiples problemas cotidianos. El hablar, conectado con el CUERPO, en el camino evolutivo de hombre-mujer, surge como una manera de poder transmitir nuestras emociones, afectos, comunicaciones. Y, en esos primeros homínidos, el hablar está conecatdo con el cuerpo, como si de una extensión del cuepro se tratara. Con el paso de siglos y siglos, en muchos adultos, este enlace CUERPO-PALABRA está desconectado y eso crea dolor. Podemos hablar, y podemos construir palabras que no nos tocan, que no nos acarician, que no nos abrazan. Hablar desconectado de uno mismo no es sanador, no nos trae paz, y no nos ayuda a sentirnos conectados con nosotros mismos ni con los demás. Hablar desconectado de uno mismo no ayuda a crear y reforzar vínculos entre personas. Ahora bien, ese hablar desconectado, lo usamos y mucho. Es cierto. Pero, según mi modo de ver, cuando hablamos alejados de nuestro cuerpo, hablamos como una manera de calmar nuestra ansiedad, como una manera de satisfacer nuestro ego (por decirlo de laguna manera), como quien fuma un cigarrillo de manera compulsiva, se harta de comer por llenar un vacio, o bebe de manera desproporcionada para calmar su falta de amor.

      Si nos lo proponemos, en los niños podemos seguir el proceso de unir pensar y hablar; y darnos cuenta de cuales son los canales para que se vayan apoyando mútuamente.

      Discutir, estar en desacuerdo, construir en conversación (dar vueltas a algo juntos) son espacios magníficos, gratos y de gran creatividad y amor. Según mi opinión, estos espacios construyen vínculo e iluminan, siempre y cuando nuestro cuepro esté presente y acompañe honestamente a nuestras palabras.

      Y, aquí me paro. Gracias por permitirme extenderme un poco más y aclarar aún más mis intenciones.
      Un fuerte abrazo de quien te quiere con todas sus palabras
      Guillem

      • Anita dinamita dijo:

        Me reconfortan tus palabras, sinceramente.
        Me tomo este café solo, sola; sabiendo que también lo estoy compartiendo. Vaya locura!!
        Tal vez lo virtual sea un juego que ensaya lo telepático, y como niños estamos aquí jugando, y por esto nos guste tanto este toma y daca!! (me acuerdo de la peli del Planeta Verde, voy a poner los pies en remojo haber si os encuentro…)

        Estoy de acuerdo contigo en el intento de alinear el cuerpo con la mente. También me suena una alarma interior cuando comparto con mis hijos espacios y momentos comunes con las mentes alejadas… es algo que no me gusta!! Sin embargo me complace profundamente la conexión: jugando, hablando, masajeandonos o simplemente con la mirada. Sí!!
        Pero cuando tu dices: ” con el paso de los siglos y siglos, en muchos adultos, este enlace CUERPO-PALABRA está desconectado y eso crea dolor.”, yo diría ” con el paso de los siglos y siglos, en estas civilizaciones guerreras y perpetradoras, los cuerpos y las almas de muchos adultos acumulan y comunican dolor. La palabra, intentando escapar de ello, desconecta el enlace”.
        No creo que la mente, pobreta, tenga la culpa. Se lo hemos permitido culturalmente el tomarse tanto espacio, el comerse el cacho grande del pastel: porque religiosamente se reprime el cuerpo; políticamente se enaltece el discurso y se olvida el hecho; científicamente se somete la creatividad en favor del dato, lo contrastable…

        Supongo que lo importante es coger un camino, necessariamente diría yo de sanación, y hacer los pasos, sentir, hablar, celebrar!!

        Un abrazo.

        • Ana,
          totalmente de acuerdo contigo:
          la situación de la mente, las emociones, el cuerpo… no son responsables de nada, sino las consecuencias de…

          Seguramente, tal y como tu planteas, la manera en como nos manejamos actualmente (como individuos y como sociedad) es, en parte, una consecuencai de la estructura de la llamada sociedad patriarcal…
          Y la posibilidad de hacerlo de otro manera es, en parte, responsabilidad nuestra.

          Otro abrazo

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Buenas, ¿es el sabor del café?, ¿o es el aroma?. Claro, hablo de mi experiencia. He descubierto que lo que me acompaña no es el sabor del café, sino el aroma y el serpentaente humo que sale de la taza… me encantan los bares, pero no todos. Me gustan los que tienen mesas de madera anchas, donde caben café y periódico sin necesidad de acrobacias. Me gusta oir el rum-rum de la gente, no me gustan los bares que ponen música, y menos si ésta sale de una tele de ochocientas pulgadas. Me gustan esos bares donde se nota que la gente va a soltar la tensión del día, o por el contrario se convoca para empezar el día algo más arropado, esos bares me gustan. Me encanta observar a un chico, o chica, leyendo un libro en uno de esos bares, la máquina moliendo café, y una orquestra de conversaciones danzando en el ambiente. ¡Cómo me gustan esos bares!

    Cuando te citas con alguien en uno de estos bares, casi está todo dicho. Las palabras son como la guinda al pastel. Recuerdo muchos momentos en estos bares, más no recuerdo sus palabras…

    Una abraçada,

  3. Joan Gutiérrez dijo:

    Buenas otra vez, la casualidad ha entretejido la lectura de Guillem con la de Gibrán Jilal Gibrán, un pensador y poeta libanés de principios del siglo XX, y creo que sus palabras vienen muy a cuento. Habla de la conversación en su libro “El profeta”:

    “Habláis cuando dejáis de estar en paz con vuestros pensamientos.
    Y cuando no podéis morar por más tiempo en la soledad de vuestro corazón, vivís en vuestros labios; y el sonido es entonces diversión y pasatiempo.
    Y en la mayoría de vuestras charlas, vuestro pensamiento es asesinado en parte.
    Porque el pensamiento es un pájaro del aire libre que en una jaula de palabras puede deplegar las alas, pero no volar.
    Algunos de vosotros buscáis quien os hable por miedo a sentiros solos.
    (…) “.

  4. Anita dinamita dijo:

    Gracias Juan por esta compañía tan inmediata y distendida…

    ¿Te has fijado en los vuelos bajos de las golondrinas y sus primos estos días? Sígueles un rato: Van veloces, uno detrás del otro; de hecho parece que el primero absorbe con su definido trayecto al segundo (o la segunda, pienso yo…), se lo lleva detrás. Es un mágico magnetismo entre ellos, es un juego bellíssimo.
    Siento que hay conversaciones muy parecidas a los vuelos de los pájaros, diga lo que diga el poeta (todo puede ser reinterpretado de nuevo, no?). No te parece: – una sola palabra te invita, te provoca el vuelo… y justamente hechas a volar, cruzando el espacio…

    El tema es que los pájaros no se plantean si jugar o no, pero nosotros sí; es así!! Entonces según como sentimos las jaulas, las ataduras, los impedimentos; es así!!

    • Ana, me encata cuando dejas volar a tus pájaros…
      Me encatan las palabras, tus palabras, cuando las tocas con tu cuerpo y, esas palabras, me llegan y me llenan…

      Un fuerta abrazo
      Guillem

  5. joan massot dijo:

    Viven volando
    Golondrinas, vencejos
    Nunca van solos

    joan

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