Reconocer al otro

Cuan complejo es aceptar a la infancia en toda su grandeza. Sí, es cierto, a menudo, nos llenamos la boca de palabras: respeto, reconocimiento, aceptación, empatía. Pero éstas, que sólo son palabras, cabe decirlo, se fundamentan en el estar con el otro desde un plano de igualdad. Y, esa igualdad, también palabra, es acertado mencionarlo, la desconocemos, es algo raro, no nos es nada habitual.

Estamos hartos de vivenciar la desigualdad; la diferencia nos entra por los ojos a cada rato, destaca, se nos torna evidente. En cambio, la igualdad pasa desapercibida; se esconde en los bajos fondos o se escapa por las altas esferas. No salta a simple vista. Por lo tanto, en el encuentro con el otro, destaca lo diferente (género, inteligencia, color de la piel, jerarquía, rol, tono de voz, poder, estatus, nivel económico, influencia, indumentaria, puesto de trabajo, fuerza, edad, olor corporal, estudios) y, eso, a menudo, acaba siendo lo que mediatiza nuestra relación. Desgraciadamente, a lo largo de nuestra vida, no hemos experimentado demasiados ejemplos de tipos de relaciones igualitarias; de interacciones en las que el otro nos consideraba como a un , de igual a igual, desnudas de artefactos. Estamos inmersos en estructuras relacionales que nos llevan a ver al otro como a alguien que está por encima, o como a alguien que está por debajo; pero, casi nunca, nos encontramos con un otro que está, o lo consideramos, a nuestro mismo nivel. De esa manera, en la relación con la infancia, a menudo inconscientemente, nos situamos en espacios-tiempos de poder, del que más sabe, del que funciona de manera más competente; y, cegados por nuestra propia luz, somos incapaces de ver la rica estructura profunda que se esconde detrás de los modos y maneras infantiles que, a menudo, interrumpimos, desviamos, ahogamos, con la finalidad de sustituirlos por los nuestros.

Así pues, en este sentido y en relación a la infancia, me propongo cinco cosas:

  1. Reconocer las interacciones entre niños con más o menos significado con el objetivo de no interrumpirlas. Por un lado, estar atento (y guardar silencio y respeto verbal y no-verbal) a la manera como un niño observa a otro más competente; por otro, dejar espacio a las intenciones y acciones -a veces inocentes o ingenuas, a veces más o menos torpes- más evolucionadas que un niño ofrece a otro, en términos de zona de desarrollo próximo.

  2. Estar al margen y, a la vez, suficientemente cerca, para no superponerme a las relaciones entre niños, y no enmascararlas con la introducción de mi punto de vista. Un punto de vista que proviene de arriba, cargado de intenciones y razones. Soltarme, dejar de querer controlar, y probar de recoger, con humildad, desde el no-saber, la connotación que niños y niñas le dan a aquello que sucede, a aquello que viven, con el objetivo de, como adulto, simplemente, si cabe, sostenerlo.

  1. Esperar y ser sensibles con la finalidad de no ofrecer soluciones y respuestas en momentos y fases en los que niños y niñas todavía se están ajustando mutuamente en su propia manera y proceso de llegar a posibles acuerdos; incluso en momentos donde se me puede hacer evidente una cierta dificultad en relación al compartir espacios, objetos, tiempos, relaciones o significados.

  2. Frenar la precipitación que me puede llevar a avanzarme en la interpretación de la comunicación gestual y corporal de niños y niñas. Dar tiempo, antes de intervenir, el suficiente y necesario, para que los niños puedan expresar plenamente sus intenciones y completar sus interacciones.

  3. Dejar espacio al sentir de los niños, no avanzarme en la búsqueda de significados, en la construcción de mensajes, en la propuesta de acciones. Permitirles estar con ellos mismos, en contacto con sus cuerpos, en el aquí y el ahora. No lanzarles a la acción, sacándoles de sí mismos, con prisas y razones.

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2 respuestas a Reconocer al otro

  1. Anita dinamita dijo:

    Hay una palabra que no sé nunca bien bien cómo llenar… pero encuentro continuamente en juicios y toda clase de opiniones. Creo entender que es responsable de muchas de estas distancias que impiden la igualdad al tratar con el otro: Hablo del “ego”, esta muralla desde donde nos asomamos al “otro”, si con suerte podemos verle!!
    Alguien, que considero un maestro, que no se cansa de hablar del “hacer sin hacer nada”, nos explicó su alegría aquella mañana: despertó sin recordar quien era!! La sensación de no tener que mantener un protagonismo concreto, sinó entrar en el mundo simplemente siendo: un regalo de la vida!!
    Supongo que ahí las palabras que acuden son menos huecas… insufladas de su propia alma.

    Tal vez estar dispuesto a la igualdad passa por diponerse a la inseguridad también… Los niños cómo van dando brincos de presente en presente y “tiro porque me toca”… no se dan tanta cuenta, pero el adulto, que ya adoleció… ¿Habrá algún truco, Guillem?

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