Sol, arena y mar

El calor aprieta. Noa remueve la arena. Cava y cava. Va y viene. Del agua al hoyo y de éste, otra vez, a la orilla. Acarrea un cubo que, siguiendo un sagrado rito, llena y vacía. Hunde sus manos en la arena, la huele y, una y otra vez, comprueba como la mezcla, agua y arena, se escapa entre sus dedos. De repente, me invita a participar. Me entrega una palada de arena y, entre risas, me la acerca a la boca. Yo, solícito, acepto el acuerdo y participo en el implícito bautismo simbólico de esa porción de tierra: la llamaremos pastel. Ese resolución virtual, sin duda, acrecenta su seguridad para seguir simbolizando sin perder el contacto con la realidad concreta. Cada vez que Noa pone en mis manos una porción del supuesto bizcocho se encuentran dos mundos. El suyo, básicamente emocional, sensorial y sensible; y, el mío, prioritariamente cognitivo. La buena comunicación y la relación fluida entre ella y  yo dependen del resultado de este metafórico abrazo.

El sol no da tregua. Jan remueve la arena. Cava y cava. Está concentrado y, como recompensa a su esfuerzo, como si de un buscador de oro negro se tratara, espera encontrar agua. Sume sus manos en la arena. De repente, un grito de júbilo se escapa de su corazón: ¡Agua! La alegría se desborda, y, sin pensarlo, empieza a construir una serie de túneles y galerías para canalizar el preciado líquido y, a su vez, también su gozo. Al parecer, ha conseguido su objetivo. Su plan se ha desarrollado con éxito. De repente, me invita a participar. Me da indicaciones y, con la fuerza de quien sabe lo que hace, espera que las ejecute de manera precisa, sin salirme de sus claras advertencias.

Desde el nacimiento hasta los 6-7 años el anhelo de la madre naturaleza es que los seres humanos podamos desarrollar de manera óptima nuestro Sistema Límbico, responsable de la coordinación de la vida afectica y emocional y, conjuntamente con el cerebro reptiliano, de la motricidad y los sentidos. Hasta los 2-3 años de  manera exclusiva y, a partir de esta edad, hasta los 6-7 de manera prioritaria, el niño lo vive todo de manera límbica; a pesar de que todas sus experiencias también estan influidas por sus áreas corticales. Hasta los 2-3 el niño es púramente límbico y, a partir de ahí, y a causa de una explosión prefrontal (véase Quiero vestirme de blanco), el neocortex empieza su carrera. La aparición del lenguaje, todos los procesos simbólicos, el primer encuentro con la propia identidad, la bipedestación, el control de esfínteres… son algunos de los resultados de este precioso momento.

Siegel, en El cerebro del niño (2012), nos recuerda que el cuerpo calloso conecta los dos hemisferios, pero que no está suficientemente maduro hasta los 6-7 años de edad (seguirá madurando durante toda la primaria; y más allá). Antes de esa edad, las conexiones entre Sistem Límbico y Hemisferio Izquierdo -analítico- son escasas, comparadas con las que tiene establecidas con el Derecho -intuitivo-. Durante el tiempo en que los hemisferios están desconectados, la parte derecha, intuitiva y rica en imágenes, está bien estimulada; en ella se acumulan fantasías, experiencias, intuiciones… y de todo ello, la parte izquierda, en su momento, agarrará el material necesario para su trabajo analítico.

Esta etapa preoperativa, según Piaget (1896 – 1980), en Psicología del niño (1969), es la de la cosmovisión mágica; al parecer, indiferente al pensamiento lógico. Parece una paradoja, ¿verdad? Justamente, este juego ilógico, no sólo ayuda a florecer les vivencias imaginativas y intuitivas sino que, con mucho tacto, permitirá, y será imprescindible para poder dar el salto a la nueva etapa: la del pensamiento operativo.

Si observamos el juego de Noa, con sus casi 3 años, entrando de lleno en la etapa preoperativa, veremos que todo su pragmatismo muestra una increíble sensibilidad para asimilar les cualidades de los elementos con los que interactúa. Todas estas experiencias concretas, sensoriomotrices, que irá acumulando, procederá a guardarlas como si de un preciado tresoro se tratara. Le servirán, más tarde, para poder encontrar posibles regularidades en el mundo.
Si observamos el juego de  Jan, con casi 6 años, entrando en la etapa operativa concreta, veremos que todo su organismo empieza a danzar para percibir, aún de manera incipiente, las propiedades cuantitativas de los elementos con los que interactúa, también de manera concreta. Piaget, en El nacimiento de la inteligencia en el niño (1977), nos explicará que todas las experiencias de Jan, todos sus planes, econtrarán fuerza en su propio bagaje experiencial y, todas sus viviencias sensorimotoras cualitativas, que fue acumulando en su corta e intensa vida, serán el pozo de donde sacará agua cada vez que así lo requiera.

Wild (1939), en Etapas del desarrollo (2011), lo resume así: el oficio del hemisferio izquierdo es de de preocuparse de que todas las intuiciones y fantasías que los niños van engendrando desde temprana edad se solidifiquen en este estadio (operativo concreto) de desarrollo con las realidades concretas del mundo.

Jan y Noa, en dos momentos diferentes y esenciales de su desarrollo. Juntos en la playa. Calentados por el mismo sol. Manipulando la misma arena. Y, ahí, bebiendome su juego, con claridad, me doy cuenta que acompañárselo con respeto es, posiblemente, una de las maneras de dar permiso a la Vida para que siga su curso. Adelante pues, vamos a abrirle la puerta de par en par.

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4 respuestas a Sol, arena y mar

  1. maria magarolas dijo:

    Tot aquest text traspua tendresa, amor, respecte i poesia. Gràcies Guillem m’ha emocionat

  2. Pingback: Ajedrez, fútbol y corazón | Ser para educar

  3. Pingback: Una pizca de aprendizaje con toques Montessori (3/4) | Ser para educar

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