Rabindranath Tagore (3/3)

(Viene de Rabindranath Tagore (2/3)) Para terminar esta trilogía en honor a Tagore, propongo uno de sus cuentos. Sobran los comentarios.

Érase una vez un pájaro ignorante. Cantaba, sí, pero nunca recitaba las escrituras. Daba saltos con bastante frecuencia, pero no tenía modales. El Rajá dijo para sus adentros: “La ignorancia cuesta cara a la larga. Los necios consumen tanta comida como los que no lo son, y sin embargo na dan nada a cambio.”
Congregó a sus sobrinos y les dijo que el pájaro tenía que tener una buena educación. Acudieron los pandit que enseguida fueron al meollo de la cuestión. Decidieron que la ignorancia de los pájaros se debía a su hábito natural de vivir en nidos pobres. Por lo tanto, según las autoridades, la primera cosa necesaria en la educación del pájaro era una jaula adecuada. Las autoridades recibieron su recompensa y se fueron a casa contentas.
Se construyó una jaula de oro con decoraciones preciosas. Desde todos los rincones del mundo acudió gente a verla. “La cultura encerrada en una jaula!” exclamaron algunos, en un arrebato de éxtasis, y estallaron en sollozos. Otros comentaron: “Incluso si la cultura llegase a desaparecer, la jaula permanecería hasta el final, un hecho sustancial. ¡Qué fortuna para el pájaro!”
El orfebre llenó su bolsa de dinero y no perdió tiempo en coger el barco para regresar a su casa. El pandit se sentó para educar al pájaro. Con gesto de pausada deliberación cogió una pizca de rapé, y dijo: “¡Los libros de texto nunca pueden ser demasiados para nuestro cometido!”
Los sobrinos congregaron una enorme muchedumbre de escribas que copiaban y atesoraron libros y copias, hasta que los manuscritos formaron una pila de una altura inalcanzable. Los hombres murmuraron con asombro: “¡Oh, la torre de la cultura, tan egregiamente alta! ¡Su extremo perdido en las nubes!”
Los escribas, con el corazón despreocupado, se marcharon deprisa a sus casas, con los bolsillos muy cargados.
Los sobrinos se afanaban en mantener la jaula limpia y reluciente. Mientras iban frotando y limpiando, la gente decía con satisfacción: “Verdaderamente, ¡esto sí que es progreso!”
Se contrató a muchísimos hombres siendo los supervisores más numerosos. Estos, junto con sus primos lejanos y cercanos, se construyeron un palacio y allí vivieron muy felices.
Sean sus deficiencias las que fueren, el mundo nunca estuvo falto de criticones, y estos decían que cualquier criatura remotamente relacionada con la jaula, prosperaba más allá de lo indecible, excepto el pájaro en cuestión.
Cuando esta observación llegó a oídos del Rajá, llamó a sus sobrinos ante él y les dijo: “mis queridos sobrinos, ¿qué es esto que oímos?”
Los sobrinos le contestaron: “Señoría, oigamos el testimonio de los orfebres y de los pandit, de los escribas y de los supervisores, si queremos conocer la verdad. Los alimentos escasean entre los criticones y por eso sus lenguas se han vuelto más afiladas”.
Esta explicación le pareció al Rajá tan sumamente satisfactoria que decoró a cada uno de sus sobrinos con sus preciadas joyas.
El Rajá, deseoso de ver con sus propios ojos cómo se afanaba su Departamento de Educación en tono al pequeño pájaro, apareció un día en la gran sala del Saber.
Desde la verja se oía el sonido de las caracolas y de los gongs, de los cuernos, de los bugles y de las trompetas, de los címbalos, de los tambores y de los timbales, de los tantanes, de las panderetas, de las flautas, de los pífanos, de los organillos y de las gaitas. Los pandit empezaron a salmodiar mantras a pleno pulmón, mientras que los orfebres, los escribas, los supervisores y sus innumerables primos cercanos y lejanos, aclamaban con vítores.
Los sobrinos se sonreían y decían: “Señoría, ¿qué pensáis de todo esto?” El Rajá dijo: “Me parece un principio de Educación terriblemente sólido”.
Enormemente satisfecho, el Rajá, a punto de montar en su elefante, oyó al criticón que estaba detrás de una manta: “Maharajá, ¿habéis visto al pájaro?”
“¡Lo cierto es que no!, exclamó el Raja. “Se me ha olvidado el pájaro por completo”.
Volvió, y les preguntó a los pandit acerca del método de enseñanza que seguían. Se lo enseñaron. Se quedó muy impresionado. El método era tan estupendo que el pájaro, en comparación, parecía ridículamente poco importante. El Rajá estaba satisfecho de que no hubiera ningún defecto en las disposiciones. En cuanto a que el pájaro pudiera quejarse, eso sencillamente era muy poco probable. Tenía la garganta tan asfixiada de las hojas de los libros que no podía ni silbar ni susurrar. Le entraban a uno escalofríos viendo aquello.
Mientras el Rajá montaba su elefante, mandó a su tirador de orejas del Estado que le diera un buen tirón de orejas (en las dos) al criticón.
Y así siguió el pájaro, arrastrándose como es debido, y correcto, hasta el más seguro extremo de inanición. De hecho, su progreso era satisfactorio en extremo. Sin embargo, la Naturaleza a veces triunfaba sobre la formación, y cuando la luz de la mañana se asomaba a la jaula del pájaro, a veces sacudía sus alas de modo reprensible. Y, aunque difícil de creer, le daba picotazos a las barras con su débil pico.
“¡Qué impertinencia!” rugió el kotwal (jefe de policía de un pueblo).
El herrero con su fragua y martillo tomó su puesto en el Departamento de Educación del Rajá. ¡Qué estruendo de golpes! Pronto acabaron la cadena de hierro, y al pájaro le cortaron las alas.
Los cuñados del Rajá dando pruebas de desaprobación, dijeron: “Estos pájaros no solamente son insensatos sino que además, ¡son desagradecidos!”
Los pandit empuñaron un libro de texto en una mano y un palo en la otra, le dieron al pobre pájaro lo que podríamos llamar una buena lección.
Al kotwal le honraron con un título por su vigilancia, y al herrero por su trabajo en forjar cadenas.
El pájaro murió.
Nadie tenía la menor idea de cuándo había sucedido esto. El criticón fue el primero en dar la noticia.
El Rajá llamó a sus sobrinos y les preguntó: “Mis queridos sobrinos, ¿qué es esto que oímos?”
Los sobrinos dijeron: “Señoría, la educación del pájaro ha terminado”.
“¿Salta?”, preguntó el Rajá.
“¡Nunca!”, dijeron los sobrinos.
“¿Vuela?”
“No”
“Traedme al pájaro”, dijo el Rajá.
Le trajeron al pájaro custodiado por el kotwal, los cipayos (policías) y los sowar (jinetes). El Rajá empujó su cuerpo con el dedo. Solamente se oyó el crujido de las hojas de libros de las que estaba relleno. Fuera, el murmullo de la brisa de primavera entre las hojas recién brotadas de los asoka (árbol legendario con poderes curativos) llenaban de tristeza esta mañana de abril.

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4 respuestas a Rabindranath Tagore (3/3)

  1. efectivament, tot comentari sobra…

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Quizás con una jaula de paja…

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