Gurdjieff, Gendlin y el Zen

Ouspensky (1878 – 1947), en 1915, se reúne con Gurdjieff (1869 – 1949), y Fragmentgos de una ensañanza desconocida: en busca de lo milagroso (1949) es la crónica que cuenta los años que este buscador pasó trabajando con el gran maestro espiritual. En un párrafo de este fascinante y sugestivo libro, el autor apunta:

El segundo aspecto (en las teorías psicológicas de Gurdjieff que suscitaron mi interés de forma especial) era el requisito de “no manifestar las emociones desagradables”. (El paréntesis es mío).

Ha tenido que pasar algún tiempo para que, de alguna manera, haya empezado a comprender esta frase, casi marginal, dentro de un libro que me ha llevado a reconsiderar mi propio conocimiento; y a plantearme, en este sentido, una serie de preguntas a nivel epistemológico: ¿qué es conocer?, ¿cómo llegamos al conocimiento?, ¿qué es lo que se puede conocer?, ¿cuál es el alcance de nuestro conocimiento?

Adentrándome en el Zen, me he encontrado con la siguiente pregunta: ¿Cómo debo hacer con la ira y con el resto de emociones desagradables? Seguramente, si la rabia, o cualquier otra emoción desagradable está ahí, significa que, en ese momento, ése, es nuestro camino. Es decir, la emoción, a nivel somático, de alguna manera, quiere mostrarnos algo, nos trae algún mensaje. Y, por lo tanto, la aparición de la rabia es una señal que nos indica que sería interesante dirigir nuestra atención hacia adentro de nosotros mismos. Esa mirada es una oportunidad para adentrarnos hasta el lugar donde esa emoción nace, su posible origen (véase Agresividad y violencia): sensación que algo o alguien ha traspasado y/o dañado nuestros límites (físicos, emocionales, cognitivos), sensación de tener alguna necesidad no cubierta o de sufrir alguna carencia en algún nivel, frustración, injusticia, expectativas no satisfechas, etc.
En el Zen, parece ser, también hay una norma relacionada con la rabia: “No expreséis les emociones negativas”. Y, aquí, Gurdjieff y el Zen se dan la mano. Ahora bien, sin duda, al igual que la frase en el libro de Ouspensky, esta instrucción me causó confusión porque, leída de manera superficial, puede parecer una invitación a reprimir esos sentimientos que juzgamos como malos o negativos. Nada más lejos de la esencia del Zen. No expresar las emociones negativas es algo muy distinto a reprimirlas, ya que, cuando las reprimimos no las estamos sintiendo. De hecho, cuando las expresamos, física o verbalmente, raramente experimentamos aquello que sentimos; es como una manera de querérnoslo quitar de encima. Experimentar consiste en sentir y percibir la reacción emocional. No expresar las emociones desagradable es, en parte, según el Zen, una manera de no crear más dolor en el mundo; pero, incluso, cuando al expresarlas no causamos dolor -por ejemplo, cuando recomendamos que se descargue la rabia dando golpes en una almohada-, al hacerlo, estamos evitándonos la experiencia real, el contacto con nuestro dolor, la posibilidad de llegar a recibir el mensaje que nos esconde.

Para encontrarnos con las emociones desagradables, aunque no sólo para ello, podemos seguir algunos consejos del gran Gendlin (1926) que, seguro, secundaría el Zen: estar con ellas; darles presencia. Sin más, zambullirnos de cabeza en el cuerpo para poder tocarlas o, simplemente, para poder estar a su lado.
Gendlin nos podría aconsejar que, primero, probáramos de despejar un espacio. Despejar en el sentido de establecer una relación con aquello, hablando de emociones desagradables, que nos abruma. Una relación que nos aporta distancia y, a la vez, conexión. Distancia para romper la inmensa identificación que tenemos con aquello que sentimos (y, también, con aquello que pensamos); conexión porque abrimos un espacio para poder estar, de otra manera, al lado de aquello que nos produce dolor. Por ejemplo, pasando de lo intrapersonal a lo interpersonal, si estoy contigo, en relación, “yo” no soy “tú”: eso sería la distancia; experimentar el “tú” y el “yo” como entes separados y, aunque distintos, percibirlos a al vez y en estrecha unión: eso sería la conexión.
A continuación, Gendlin nos invitaría a realizar una especie de revelado corporal. Es decir, una especie de pregunta que podría formularse así: ¿Qué es eso? La respuesta no la da la cabeza, sino que nos la dibuja el cuerpo: ¿sentimos presión?, ¿dónde?, ¿calor?, ¿palpitaciones?, ¿qué forma tiene?, ¿es grande?,…

En esencia, primero, le damos la bienvenida a la rabia, como nos sugiere Rumi (1207 – 1273), aceptando que su llegada a nuestra posada tiene algún objetivo beneficioso. A continuación, como apunta Gurdjieff, no la expresamos ni la reprimimos. En tercer lugar, a instancias de Gendlin, despejamos un espacio para encontrar distancia más conexión. Finalmente, como plantea el camino del Zen, experimentamos la rabia, sintiéndola directamente en el cuerpo.

Despejar un espacio y hacer una especie de etiquetaje emocional –¿qué es eso?-, con atención amable y bondadosa, ayuda, aunque éste no sea su objetivo, a que la emoción pierda su punzante aguijón; simplemente, a veces, sólo por sentir el alivio de dejar de notar la presión que nos produce el creer que la rabia soy yo. Por otro lado, localizar corporalmente la emoción nos permite, con la ayuda de la respiración, aflojar esa parte del cuerpo permitiéndole a la emoción permanecer allí. Entonces, y a partir de ahí, tenemos la oportunidad de acceder a capas más profundas de dolor, miedo, tristeza… que nos pedirán, a su vez, más respeto, amor, amabilidad y presencia.

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6 respuestas a Gurdjieff, Gendlin y el Zen

  1. juanma dijo:

    Que bueno…me recuerda también a “la valentía de amar” de Guilligan. Un abrazo,

  2. ángeles dijo:

    uf, mientras (te) leía fui sintiendo sorpresa, confusión, comprensión y alivio.
    Gracias Guillem. La foto me parece sublime.

  3. Anita dijo:

    Que bien: La rabia, el profundo desacuerdo, el dolor del ser excluido, merecen una mirada clara!!
    La tradición católica que muchos hemos mamado, y se ha convertido en la matriz para la comprensión y el esclarecimiento de lo que nos pasa y nos abruma, no permite tener una vivencia digna de estas emociones tan desagradables. Y entonces la rábia se come al higado y se transforma en amargura, y la rabia no es amargura, es mucho más brillante y vital que esta.
    Gracias a que mucha gente ha gritado sus rabias a pleno pulmón, podemos ahora desear estos procesos que nos invitas, (y ensayar el ser elfos).
    Comparto el pensamiento que cuando aparece este sentir, éste es el camino, sin ninguna duda ni rastro de culpabilidad en mi fuero interno. Y también me gusta el segundo punto, no convertirlo en un tema de heave metal, no protagonizarlo, no hacerlo crecer. En la intimidad, buscarlo, cantarle, respirarle, a mi manera, y ojalá regresar a la unidad de dónde salí a trompicones detrás de él.

    Un caluroso abrazo, me alegra mucho seguir en conexión. Gracias

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