Amputar la alegría (1/2)

Hace algún tiempo ya, leí que H. Maturana (1928) considera que el aspecto consciente de nuestra conducta es aquél que vemos emerger asociado a una intención declarada o declarable, que la justifica como tal en el momento en el que surge. De un modo similar, el biólogo chileno entiende que el aspecto inconsciente de nuestro hacer es aquél que emerge sin estar asociado a una intención declarable; es decir, aquél que surge como algo espontáneo, que vemos como instintivo y vivimos como si viniera de la nada, con un porqué que aparece como el resultado de un acto de inspiración. Ahora bien, sin duda, la base de nuestro vivir racional está en la generación inconsciente de la mayoría de nuestras conductas.

La negación de nuestra manera de funcionar básicamente inconsciente ha provocado, sin dudas, una desvalorización de nuestras emociones, lo cual ha hecho que las mantuviéramos apartadas en el getho de lo irracional, a causa de su presencia y emergencia sin una aparente justificación reflexiva. Esta negación de nuestra manera básica de funcionar inconsciente nos ha llevado a enfatizar, en educación, la adquisición explícita consciente de ciertos aspectos del vivir (valores sociales, conductas éticas, actitudes positivas, etc.). Y, hemos olvidado, ¡craso error!, que para que éstos se vivan de manera espontánea, en nuestra conducta cotidiana adulta, se deberían adquirir de manera inconsciente, como el simple resultado natural de haber convivido con ellas durante nuestra infancia.

Según S. Gilligan (1954), existen tres energías arquetípicas fundamentales: fuerza, compasión y humor. La fuerza (poder, determinación, contundencia) es necesaria para mantener nuestros compromisos y delimitar espacios (físicos, emocionales y cognitivos). Ahora bien, la fuerza sin la ayuda de la compasión y el humor podría convertirse en violencia. La compasión (ternura, apertura, sensibilidad, amabilidad) es necesaria para poder contactar con uno mismo, con los demás y con el mundo; para ser emocionalmente completos, y para poder dar y recibir todo aquello que requerimos para poder vivir y crecer. La ternura sin el contrapunto de la fuerza y del humor podría convertirse en debilidad y dependencia. El humor (ganas de jugar, flexibilidad, creatividad, placer) es necesario para descubrir nuevas perspectivas, para ser creativo y vivir con fluidez. Sin embargo, el humor sin la fuerza y la ternura podría convertirse en cinismo y engaño.

En la infancia, la ternura la recibimos de nuestra madre, o de aquella persona que ejerza el rol materno. La capacidad de estar atentos a nuestras necesidades y deseos, de escuchar a nuestro cuerpo y saber qué le hace falta; la empatía, la escucha profunda, el cuidado, la atención. La fuerza nos la trasmite nuestro padre, o aquella persona que ejerza el rol paterno. La capacidad de satisfacer esas necesidades y deseos que nuestra ternura a detectado; de ir hacia el mundo para buscar y encontrar aquello que necesitamos o anhelamos; vinculada con la agresividad en pro de la Vida, tal y como la entendió E. Fromm (1900 – 1980). El humor, en cambio, presiento, nos lo activa la misma Vida. La capacidad de asombrarnos con todo lo que nos rodea, la curiosidad que nos empuja a explorar todos y cada uno de los rincones de nuestro mundo, la búsqueda del placer, la intuición y la creatividad.

Estas tres energías, una a una, casan con el constructo que Eric Berne (1910 – 1970), en Juegos en que participamos (1964), bautizó con el nombre de análisis transaccional (padre, adulto, niño), que, a su vez, tiene su correspondencia con la tríada de instancias psíquicas (superego, yo, ello) creada por S. Freud (1856 – 1939). El ello (el niño de Berne) conforma la esfera instintiva; el yo (el adulto de Berne) prueba de ejercer una función integradora entre instinto y cultura; y, el superego (el padre de Berne) reúne las expectativas sociales internalizadas. Además, estas tres energías, guardan relación con los 3 tipos de amor que C. Naranjo (1932) describe en El eneagrama de la sociedad (1995). El amor paterno (filia), la fuerza, orientado hacia los ideales, enmarcado por el respeto y la admiración. El amor materno (ágape), la ternura, orientado hacia las personas y sus necesidades. El amor filial (eros), el humor, dirigido hacia la búsqueda del placer y la felicidad. (Sigue en Amputar la alegría (2/2))

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