Amputar la alegría (2/2)

(Viene de Amputar la alegría (1/2)) Ese humor de Gilligan; esa esfera intuitiva, y de impulso creativo y de placer del niño de Berne; esos impulsos instintivos del ello de Freud; la valoración del placer, la búsqueda de la felicidad, la aceptación del espíritu lúdico, la espontaneidad y la entrega (propias del espíritu dionisíaco) del amor filial de Naranjo; esas estructuras, profundas y ancestrales, vinculada con lo que Siegel, en La mente en desarrollo (1999), llama estrucutras inferiores; sin duda, están íntimamente relacionados con la Alegría de Vivir.

De repente, alucino con el canturreo de Noa (casí 3 años). Libre, sin partitura, improvisado. Acompañado por un movimiento arrítmico, en la mejor acepción que pueda tener este término. Y, todo ello, aderezado con una leve sonrisa, fina y sutil (pero con mucho peso), al estilo Gioconda, que trasmite una conexión interna, profunda e inconsciente. De repente, me fascino con la explosión de Jan (casi 6 años). Alocada, sin guión, genuina. Movimiento y sonido sin parangón; cual giróscopo de eje libre y dirección no constante. Y, en su caso, más cerca de la mística de un giróvago, vagabundo, que de un alumno de danza contemporánea. En ambos caos, con lágrimas en los ojos, contemplo el alegre espectáculo callejero. Inundado por el miedo, sorprendido por la espontaneidad de su alegría, con el puño prieto, siento, allí adentro, una oleada de dolor, fuego helado, en lo más profundo de mi alma, en el cuerpo.

La Alegría de Vivir. Esa alegría que nos acecha de repente, en la calle, y nos lanza a canturrear una música desprovista de sentido. Esa alegría que nos aguarda en una esquina y nos lleva a vitorear, con ganas, a una persona o a una acción sin motivo aparente. Esa alegría que nos sorprende sin previo aviso y nos empuja a verter risas a diestra y siniestra, sin ton ni son. Esa alegría que, vivaz y traviesa, nos viene de dentro y nos menea el cuerpo, de pies a cabeza, sin ningún orto objetivo que el del movimiento espontáneo.

Esa alegría de la que nos habla Jodorosky (1929) y que tiene que ver con celebrar cada instante de la vida como si de un regalo precioso se tratara.

Los niños y las niñas son expertos en esa Alegría de Vivir. Y, Maturana, nos diría que esa alegría es inconsciente y, por lo tanto, irracional. Esa alegría que no obedece a razón alguna. Y digo razón como sinónimo de causa y, a su vez, como imagen de aquello que representa la lógica más pura y socialmente venerada. Esa alegría que proviene de lo más profundo de nuestro Ser y no responde, aparentemente, a Nada; sólo a la Vida. ¡Qué maravilla! Y, eso, sobretodo, nos llevará a los adultos a no comprenderla, a no aceptarla e, incluso, a censurarla. Esa explosión primitiva, que emerge en los niños, y que, sin duda, a los adultos, nos remueve las entrañas y nos las llena de dolor. Esa alegría infantil, que menospreciamos porque nos amenaza. Esa alegría infantil que, punzante como puñal afilado, nos recuerda que nosotros también la albergamos; pero que, en algún momento, tuvimos que reprimirla. Esa alegría a la que enviamos nuestro séptimo de caballería y queremos aniquilar a toda costa. C. Trungpa, en Shambhala (1984), nos dirá que esa alegría es un manera de contactar con suavidad con el mundo: no andar a golpes con la realidad, sino apreciarla con mano liviana. Naranjo, en La Mente patriarcal (2010), nos recordará que ese niño interior (símbolo, aquí, entre otras cosas, de la alegría), con su derecho al placer, es aquello que nuestra sociedad patriarcal reprime (juntamente con la ternura materna) colectivamente.

Así pues, me sumo a aquella educación que acoge a esa alegría sin apellidos como la semilla de la Vida. Esa educación que acompaña lo espontáneo, lo instintivo, lo irracional. Esa educación que trenza amor, límites y respeto para lograr que cada cual pueda Ser, rodeado de personas que también desean Ser. Esa educación de personas felices, creativas; donde libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda.

Y, para ello, para poder acompañarlo, no hay duda, el educador no puede fingir. Es imprescindible haberlo vivido.

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9 respuestas a Amputar la alegría (2/2)

  1. Pingback: Amputar la alegría (1/2) | Ser para educar

  2. joan dijo:

    sonríe la alegría
    como una flor inane
    en su belleza

  3. Anita dijo:

    Guillem, que gusto leerte. Porque siento que todo ésto es así! de evidente, de duro, de sincero y punzante… Y aunque me encantaría que fuera de otra manera…, aunque pasé años queriendo no verlo, despistando, sacudiéndo esta pena… es así: reírse hasta el llanto, vivir “sin límite el placer”, nos acera más a la locura que a ningún tipo de alegría deseable, compartible, y según cómo mejor nos resulta reprimirlas… (Suerte que en lo entranyable las mejores personas son también algo locas, y saber esto puede inmunizarnos los miedos !!)

    Hablando de Berne y el Analisis transaccional quisiera hacer eco de una lectura: EL GUIÓN DE VIDA, José Luis Martorell. Para quien escudriña en su interior, queriendo revolucionar las creencias sobre uno mismo y los demás adquiridas desde la infancia. Sin juicio, con acierto y madurez. Buen viaje!! Dejo una cita:
    “A lo largo del texto se ha ido mostrando cómo el guión se forma por medio de las decisiones que, en respuesta a la presión de los padres y del ambiente, el niño toma sobre quién es él, quiénes son los demás y qué hará en la vida. También se ha visto que a medida que dicha presión parental y ambiental es mayor, más asfixiante, la decisión del niño se acercara inevitablemente a ceder a esta presión. En otros términos, el niño, con los elementos que hay disponibles a su alrededor, aprende cómo tiene que verse él, ver a los demás y ver la vida (la sanidad o insanidad de este aprendizaje estribará en la diferencia entre aprender a vivir y aprender a sobrevivir).” pag 183

    Gracias de nuevo.
    Anita.

  4. colin dijo:

    Hola Guillem y companya!
    leyendo el texto, fluyendo por él con la gracia que me visita cuando te leo, caigo de repente sobre esta frase “con lágrimas en los ojos, contemplo el alegre espectáculo callejero. Inundado por el miedo, sorprendido por la espontaneidad de su alegría, con el puño prieto, siento, allí adentro, una oleada de dolor, fuego helado, en lo más profundo de mi alma, en el cuerpo” y ha resonado un estallido en mi interior…dolor contemplando alegria, que extranyo…y sin embargo es cierto que siento -como tu- la amenaza en el impulso irracional del otro, porque no lo entiendo, porque es soberana y por lo tanto me deja fuera y…porqué he utilizado la palabra amenaza un poco mas arriba? uno porque ese movimiento se contagia, la alegria invita a la alegria, y dos porque me posiciono como educador -no como acompanyante- y ya tomo un rol de jardinero, no de flor… que dificil es aceptar que hay cosas incomprensibles!

    • Querido Colin,
      fue un placer conocerte y es un palcer reencontrarte.

      Tus reflexiones me llenan de gozo,
      y siento alegría por los niños que pueden estar a tu lado.

      ¡Qué bueno!
      Ser jardinero y flor al mismo tiempo, y tantas cosas más…

      Un fuerte abrazo

  5. Maria dijo:

    “con lágrimas en los ojos, contemplo el alegre espectáculo callejero…” Jo con una inmensa ternura que añora un tiempo inocente y espontáneo .

    • Con lágrimas en los ojos, con dolor.

      Un dolor que me confronta conmigo mismo, con mis barreras, con mis represiones. Un dolor que, a veces, se transforma en rabia, en barrera para el otro.

      Un dolor que, a veces, no puedo sostener. A menudo, es tan rápido que no puedo agarrarlo. Un dolor que, cual ratón que se siente perseguido por unas manos grandes, se torna escurridizo y corre para no ser atrapado. Un dolor que, desbocado, desparramado, me puede y me lanza a hacer sin ser.

      Un dolor que está ahí, a la espera que alguien o algo le abra la puerta y le deje salir.

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