El muro

Aprovechando unos días bien calurosos en tierra de volcanes, he releído al gran Eduardo Galeano (1940). En su libro Espejos. Una historia casi universal (2008), nos cuenta esta historia:

El Muro de Berlín era la noticia cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro… Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros brotaron, y siguen brotando, en el mundo. Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.
Poco se habla el muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.
Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.
¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos?

Yo, al igual que Galeano, me pregunto ¿por qué hay muros de los que no se habla? Y, hoy, de entre estos muros mudos destaco el que se alza entre el mundo de los adultos y el de los niños.

Un muro que nos permite perpetrar crímenes corporales, emocionales y cognitivos y, amparados por lo socialmente aceptado, salir inocentes, indemnes y, en muchos casos, incluso airosos. Un muro, bandera de la comodidad y la acedía mental y espiritual, ya que, sin duda, tal y como afirma Elsworth F. Baker (1903 – 1985), es más fácil criar un niño reprimido que uno completamente sano que afirme su independencia y exija sus derechos.

Un muro que arrolla la creatividad, la espontaneidad, la naturalidad, la alegría, la ternura, la sensualidad, el amor, la autenticidad, lo infantil y lo maternal. Un muro, aliado de la sociedad patriarcal, la nuestra, que atenaza y pisa sin compasión -y con el beneplácito de una mayoría- nuestras partes maternales e infantiles. Como afirma Naranjo (1932), un muro que resguarda la tiranía de la razón sobre la emoción y el placer instintivo, y la victoria desalmada del saber a expensas del amor y de la libertad.

Un muro en el que todos y todas estamos incrustados. Un muro del que somos piedra y cal. Un muro que, para verlo, es imprescindible salir de nosotros mismos, del muro, y poder mirarlo y mirarnos desde fuera. Paradójico trayecto que para salir nos dirige hacia adentro: laberíntico viaje lleno de dificultades. Titánica y, al parecer, utópica tarea que nos invita a buscar un vellocino de oro interior; nave, destino y argonauta en una misma figura.

Un muro, fractal en el espacio, con raíces insondables que se alza más allá de lo alcanzable, del que todos y cada uno de nosotros somos, a la vez, todo y parte.

Un muro no sólo silencioso, sino, también, invisible. Silencioso porque no se habla de él. Invisible porque, al igual que los peces en el agua, nosotros en él nadamos. Y, como todo lo invisible, para verlo, primero, debemos creer que existe y, segundo, debemos aprender a mirarlo. Lo primero implica un cambio de creencias que nos arriba, de inicio, a la cabeza, aunque, a menudo, no se quede ahí; lo segundo, una nueva manera de hacer y sentir, que nos invita de corazón a desplegar, con sabia nueva, antiguas y olvidadas capacidades.

Un muro que para derribarlo hace falta fuerza, ternura y una gran dosis de instinto. Una caída, piedra a piedra, que no tiene otro director de orquesta que el dolor; el propio. Un dolor, sentido en el cuerpo, que nos guía en el proceso de destrucción y, si no le arrinconamos, nos permitirá ver y sentir, de nuevo, el calor de la Vida.

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6 respuestas a El muro

  1. Anita dijo:

    Leo por tercera vez el artículo y realmete estoy sin palabras: me parece precioso, Guillem!! Has metido todo tu bagaje en un alambique y este es el destilado: justo, bello y poderoso. De verdad esta lectura me resulta especialmente lúcida!!
    Cuidado pero, en quedarse embarazado de tanta dureza, solidez y inmobilidad!! Este muro nuestro con los hijos es real y a la vez metafórico; por decirlo de alguna manera tiene algo de psicotrópico, porque a la vez que pasaran ineludiblemente años antes que no le veamos caer… a la vez se derrumba totalmente qualquier tarde fluiendo con ellos… No?

    Hasta pronto. Gracias.

  2. Joan Gutiérrez dijo:

    Quizás somos, como diría Aquel, el microsespacio que queda entre piedra y piedra de un enorme muro, siete veces mayor que el mayor de los muros. Ese espacio, que una vez vaciado de pequeñas y microscòpicas partículas, no es nada y lo es todo…

    No me hagáis caso, vengo de una boda…

    Un abrazo, mejor… os doy el pequeño espacio que queda entre cuerpo y cuerpo cuando se abrazan y entregan…

    • Seguramente, Joan, entre piedra y piedra, no hay nada y, a la vez, está todo.
      Seguramente, Joan, lo invisible es lo que realmente importa.
      Seguramente, Joan, cuando lo quitamos todo, entonces, podemos volver a llenarlo.
      Seguramente, Joan, aquello que parece insignificante está cargado de valor y poder.

      Gracias

  3. Maria dijo:

    A mi també em sembla preciós. Una abraçada fill

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