Los mil yoes desintegrados

Otra vez, Galeano (1940). Y, en esta ocasión, nos recuerda, también en Espejos: una historia casi universal (2008), que fueron muchos los acallados por mostrar desacuerdo con lo establecido. Nicolás Copérnico (1473 – 1543), Giordano Bruno (1548 – 1600), Galileo Galilei (1564 – 1642) sufrieron castigo por haber comprobado que la tierra giraba alrededor del sol. A Copérnico la Iglesia Católica le incluyó su obra en el Index de los libros prohibidos. Bruno fue quemado por la Santa Inquisición. Galileo tuvo que retractarse en alta voz. Miquel Servet (1511 – 1553) en 1553, junto a sus libros, ardió en Ginebra. A demanda de la Santa Inquisición, Calvino (1509 – 1564) lo quemó. Servet comprobó que la sangre circula por el cuerpo y se purifica en los pulmones. Ahora, por ello, lo llaman el Copérnico de la Fisiología. Kepler (1571 – 1630) y sus argumentos resultaron sospechosos para protestantes y católicos. Y, cuando, en la recta final de su vida, afirmó que las mareas obedecían a la luna, sus colegas opinaron que sus observaciones eran fruto de demencia senil.

Oliverio Girondo (1891 – 1967) en Espantapájaros (1932) nos cuenta que:

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. […]

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! […]

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ningún tipo de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca.

Gurdjieff (1869 – 1949), en boca de Ouspensky (1878 – 1947), en Fragmentos de una enseñanza desconocida (1949), nos recuerda que un hombre nunca es él mismo durante mucho tiempo. Está cambiando continuamente. Ahora Juan, luego Pedro, más tarde José. Y, todos ellos se llaman a sí mismos “Yo”. Se reconocen amos y ninguno reconoce a los demás. Cada uno es el rey de la casa durante un tiempo y hace lo que le viene en gana. Quien más alto grita, ése es el jefe. Y, castiga al resto con dureza. Pero, al instante, otro toma el mando y, entonces, es ese otro quien golpea sin piedad. Y, así, toda la vida.

Girondo continúa:

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

Gurdjieff a ese hombre con una multiplicidad de “yoes” lo llama el hombre-máquina. El hombre-máquina, nosotros, es el que no puede hacer, y a través del cual todo sucede. No puede poseer un único “yo” permanente e inmutable. Su “yo” cambia tan deprisa como sus pensamientos, su sentimientos y sus conductas, y se equivoca al considerarse a sí mismo siempre como una misma persona. El hombre es una pluralidad y, en todos los casos, pareciera que cuando uno de esos “yoes” toma el mando funciona como el Todo del hombre.

En cambio, cuando uno Es, entonces, puede Hacer; cuando uno se gobierna a sí mismo con un único Yo deja de ser una máquina.

Pensaba que tenemos “yoes” que funcionan como la Santa Inquisición y, sin ningún tipo de reparo, interrogan, torturan y queman a otros cuando les viene en gana. Dentro de mí, en mi multiplicidad no unificada encuentro de todo. Aquí, un Copérnico; allá un Servet; en un rincón, un Bruno. Y, en otro lugar, un poco más allá, un Calvino. Pero lo más terrible del asunto es que esos “yoes”, cual califas, soberanos de su reino de taifas, creyéndose el Todo, funcionan como pequeños Herodes mutilando partes no sólo dentro de mí, sino también fuera. Así pues, como educadores, cuando somos educadores-máquina, no hacemos sino que todo en nosotros sucede. Y, ora alabamos al educando por algo, ora lo castigamos por otra cosa. En cada esquina, nos gobierna un yo distinto y, en consecuencia, esa parcialidad, creyéndose un Todo, es la que dicta, manda y ordena. Y, la infancia, desorientada, recibiendo palos y zanahorias a diestra y siniestra, rodeada de adultos multicéfalos, crece acallada, mutilada, y se quema con su obra en el fuego de la incomprensión.

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4 respuestas a Los mil yoes desintegrados

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Uno de mis yoes te diría Guillem que uno de tus tues se ha pasado tres pueblos con tu última definición de infancia… a otro de mis yoes le ha provocado una sonrisa de complicidad que igual a uno de tus tues no le hace tanta gracia… y uno de mis yoes más negros se preguntaba dónde quemaría mejor mi infancia mutilada, si en una escuela de paja, de madera o de piedras (así tipo masía)…

    y después de todo uno de mis yoes pensaba que mejor nos callamos todos… mientras otro le chinchaba por detrás, susurrando a voces, que su silencio era de pose…

    Mi necesidad es la de aquietar la mente, bajar el volumen de los yoes, crear un espacio de dentro a fuera con vista de águila, … si por ahí, Guillem y compañía, diérais con un educador que quiera acompanyar este proceso, prometo no quemarlo el primer día…

    ¿Cuál es tu necesidad?

    • Querido Joan,
      mi necesidad es la de soltar,
      la de confiar más en la Vida y en lo que viene,
      la de aceptar profundamente la complejidad de nuestro mundo y, al mismo, tiempo su gran sencillez,
      la de sentir en mi cuepro la flexibilidad necesaria para dejarme ir…

      Y digo necesidad porque me duele y, a veces, me atenaza.

      Gracias por ayudarme a satisfacerla

  2. Es curioso, aunque lo he tenido que leer cuatro veces, me parece muy preocupante y tranquilizador al mismo tiempo. Gracias Joan por tu comentario, estoy totalmente de acuerdo, bajar el volumen de los yoes, crear un espacio de dentro a fuera con vista de águila…
    Uno de mis “yoes”, solo uno, creo que añadiría una necesidad mía: construir sobre lo que he podido elaborar de lo que he podido conocer de mi infancia y mi pasado (incongruencias, ambivalencias, contradicciones, fusiones masivas, apegos incomprensibles, etc.). Pero más allà de esa necesidad, me sumo a lo que afirma Guillem, Cuando uno ES, entonces puede HACER, Cuando uno se gobierna así mismo con su único Yo deja de ser una máquina. Pero me surge una duda: ese gobierno de mi yo único parece que solo gobierne uno poco o muy poco, a veces, y dura poco su gobierno. ¿Me identifico tanto con los otros “yoes” de forma tan inconsciente que mi Yo único es acallado por mi yo tímido?
    Me has hecho acordarme Guillem de aquellos tres círculos donde me decías que se encontraban el YO, LOS OTROS y EL ENTORNO. Yo, los otros y el Entorno estamos en relación constante y continua, de ahí que aparezcan tantas confusiones entre yo, los otros y el entorno. Si me fusiono completamente con el entorno me pierdo en fundamentalismos o consumismos…Si me fundo completamente en los otros, entro en altruismos, pero a veces insanos, de dependencia y sin saber donde están los límites. Si me fusiono conmigo mismo puede aparecer egoismo o egocentrismo, narcisismo…¿Podría significar equilibrar mis necesidades con las de los otros y las del entorno ir hacia la comprensión de mis “yoes”,y después integrarlos para que gobierne solamente mi yo único? Gracias

    • Juanma,
      te leo y me vienen al cuepro las palabara equilibrio, lentitud, respiración, calma…

      Planteas un camino y me gustaría decirte que cuando lo hayas iniciado me encantaría que me comentaras cómo te ha ido…

      Creo que integrara el yo-otros-entorno es una buena propuesta ética…
      Creo que integrar el pensar-sentir-hacer es una buena propuesta ontológica; de la mano con integrar todos nuestros yoes.
      Creo que preguntarnos sobre todo esto es una buena propuesta espistemológica…

      y, en todas estas preguntas intuyo que hay algo profundo y transcendente; espiritual, diría yo.
      Es dicir, en este camino, creo , inevitablemente, voy expandiendo mi conciencia de pertenencia a algo que es más grande que yo mismo. Y, eso, para mí, es un regalo extraordinario…

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