La comunicación como acto relacional (1/3)

Me gustaría empezar esta serie de 3 artículos afirmando una obviedad que, a menudo, se olvida: el niño es un mamífero. Lo digo, y luego voy a desplegarlo, porque me parece de suma importancia para el tema de la comunicación y, como no, de acuerdo con Maturana (1928), con todo lo vinculado con la conducta. Y cito a Maturana hablando de la relación comunicación – conducta porque, según el biólogo, la comunicación es una red tejida con dos hilos: lenguaje y emociones; y, a su vez, el lenguaje una coordinación de coordinaciones conductuales consensuales. Pero bueno, y sin entrar en detalle en estas consideraciones maturanianas, sigamos con aquello que hemos iniciado: el niño es un mamífero que usa un cierto tipo de lenguaje para comunicarse.

Para mí, ahora, lo esencial en este tema es que ese lenguaje mamífero para que sea acto comunicativo debe ser significativo para otros miembros de la especie. En nuestro caso, y hablando del mamífero niño, su lenguaje será un acto comunicativo si es significativo o bien para el resto de niños o bien para los adultos con lo que tiene vínculo (o para ambos). Afinando un poco más, y matizando el término significativo, con él me refiero, en primer lugar, a que el lenguaje del niño afecte, de alguna manera, por ejemplo, a la conducta de los adultos que están a su cargo; y, en segundo lugar, en el sentido de que si no se lograra un significado adecuado, eso, afecte, a la vez y de alguna manera, a la conducta del niño y a la del adulto.

Voy a ayudarme de un ejemplo de mi querido G. Bateson (1904 – 1980), citado en Pasos para una ecología de la mente (1972), para aclarar la importancia de colgarle el rótulo de mamífero a la conducta de los niños. Y para ello me voy a servir del gato que últimamente se pasea por nuestra casa. Cuando ese gato quiere decirnos que quiere “leche” no usa palabras. Lo que hace es una serie de movimientos y sonidos que son los que haría un gato que quiere llamar la atención de su madre. Si nos atreviéramos a traducirlos en palabras, según Bateson, no sería correcto traducirlos por “leche”; sino que lo que estaría diciendo es algo así como “¡Dependencia!”. El gato habla en término de patrones y contingencias de relación y, a partir de eso (movimientos y sonidos), queda a nuestro cargo dar un paso deductivo, elaborando una hipótesis y conjeturando que lo que el gato quiere es “leche”. Y, para mí, ahí está lo interesante en el tema que nos atañe. A saber: ese paso deductivo es lo que marca la diferencia entre la comunicación preverbal de los mamíferos, en general, y la comunicación en el lenguaje de los mamíferos humanos en particular.

Permitidme, aquí y ahora, dar una vuelta de tuerca más y, exponer que, según mi tesis, en lo referente a la comunicación, el niño, desde su nacimiento (y, sobretodo, a lo largo de la primera infancia, digamos, hasta los 6-7-8 años), está más cerca de un mamífero preverbal que de un adulto humano. Y, a lo largo de su crecimiento, ira transformado su lenguaje, alejándolo del mundo de los mamíferos preverbales y acercándolo al del mundo de los adultos humanos. Y, con eso, lo que quiero manifestar es que el lenguaje (movimientos y sonidos) de un niño (aunque esté adornado por palabras) expresa básicamente patrones y contingencias de relación. En ese sentido, y siguiendo todavía a Bateson, el hecho extraordinario en la evolución del lenguaje humano no fue el descubrimiento de la abstracción o la generalización, sino el descubrimiento de cómo expresar específicamente algo que no sea la relación. Por ejemplo, si Olga me dice “La basura está llena”, yo rara vez acepto su observación como un simple enunciado de un hecho. Lo más frecuente es que dedique un grupo de mis neuronas a contestar a la siguiente pregunta: ¿qué supone para mi relación con Olga el hecho de que ella esté diciendo esto que dice? Seguramente, cuando yo, consiente o inconscientemente, haya contestado a esa pregunta, y según la respuesta que me dé, haré o no haré una serie de cosas vinculadas con los patrones de relación que, en este caso, nos unen a mí y a Olga. Por ejemplo, levantarme del sofá e ir a tirar la basura sin que ella me lo haya pedido. Y, eso, sin duda, indica que mis antepasados mamíferos están más a flor de piel de lo que nos gustaría pensar, a pesar de los trucos lingüísitcos que hemos ido adquiriendo. (Sigue en La comunicación como acto relacional (2/3))

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6 respuestas a La comunicación como acto relacional (1/3)

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  4. joseluis817 dijo:

    Muy interesante tu post y muy de acuerdo con la idea de Bateson a quien también admiro. Cuando a los 8 meses, un niño arroja un objeto y espera que su padre lo haga reaparecer, desborda el marco de su relación con el objeto, en el sentido trascendente de relación -social- con el adulto. Creo que en ese momento inicia su lenguaje humano, sin utilizar aún una palabra. http://joseluis817.wordpress.com/2014/02/04/el-origen-de-la-magia/ Saludos, JL

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