La comunicación como acto relacional (2/3)

Resumiendo lo que comentábamos en la primera parte de este artículo, según mi tesis, la comunicación de los niños (y, sobretodo, la de los menores de 6-7-8 años), al ser mamíferos, se efectuará y versará, sobretodo, en términos de patrones y contingencias de la relación. Y, evidentemente, a diferencia de los gatos, podemos esperar que sea altamente compleja.

Si por un momento damos un salto temporal y nos situamos en el mundo de los adultos humanos, podemos afirmar que nosotros, como mamíferos, también somos diestros en manejar nuestras comunicaciones en términos vinculados con nuestras relaciones. La mayoría de nuestras comunicaciones, sobre el tema de las relaciones, las realizamos -inconscientemente- a través de movimientos (movimientos corporales, expresiones faciales, alteraciones en el ritmo del movimiento, movimiento de los ojos, etc.) y, sobretodo, gracias a las señales paralingüísticas (elementos vinculados con la voz: tono, velocidad, modulación, musicalidad, volumen, intensidad, etc.). Bateson nos pone un ejemplo que, a mí, cuando lo leí por vez primera no dejo de sorprenderme. Ahí va: cuando estamos en compañía de una persona ciega, a menudo, podemos sentir cierta incomodidad y, ésta, no está relacionada con el hecho de que nuestro acompañante sea invidente -eso sólo le atañe a él-, sino porque no nos transmite por medio del movimiento de sus ojos el mensaje que esperamos y necesitamos para saber cómo está y cómo evoluciona el estado de nuestra relación con él. Y lo que se da en nosotros, adultos humanos, no cabe duda de que, también se da en todos los mamíferos. A saber: los órganos sensoriales pasan a ser órganos de transmisión de mensajes acerca de la relación. Así pues, cuando entro en una finca vigilada por un perro que no conozco, entre otras cosas, haré bien en prestar atención a sus ojos, orejas, pelo, boca y  nariz para ir evaluando cómo está y cómo evoluciona el estado de mi relación con él.

Nosotros, los adultos, estamos muy familiarizados con los elementos paralingüísticos y, sin duda, los usamos en forma de gritos, gruñidos, quejidos, susurros, risas, sollozos, modulaciones de la respiración, etc. A causa de ello, los sonidos vocales de los niños no nos resultan enteramente opacos y, con cierta facilidad, reconocemos en ellos una forma de saludo, emoción, persuasión, expresión de cierta necesidad, aunque nuestras deducciones sobre su significado resulten, a veces, erróneas. Ahora bien, cuando no son acertadas, tanto ellos como nosotros, a menudo, nos damos cuenta de ello. Por ejemplo, cuando Jan, con 3 años, mamífero humano, se acercaba a mí con lágrimas en los ojos, gritando, con una mirada fija, con los brazos tensos… yo elaboraba hipótesis sobre qué era lo que le sucedía, qué era lo que me quería comunicar. Y, sin duda, cuando yo no perdía mi centro, estaba bien atento a sus movimientos y a todos los elementos paralíngüísticos de su hacer para averiguar qué le pasaba, qué aspectos relacionales (él – yo) me estaba queriendo comunicar y cómo evolucionaba, a la vez, todo ello. A veces, acertaba en mis deducciones y a veces no. Y, es evidente que, tanto los aciertos como los errores nos afectaban a ambos. En cambio, a los adultos, a menudo, nos parece que estamos exentos del uso de esas herramientas (que, con aires de superioridad, podemos llegar a clasificar de rudimentarias) y, pensamos que nuestras comunicaciones son exactas, asépticas y ajenas al mundo animal. Creemos a pies juntillas en la precisión de las palabras, y, al parecer, vivimos ajenos al hecho de que nuestras comunicaciones continúan muy vinculadas -aunque no seamos conscientes de ello- con los patrones de nuestras relaciones. Por ejemplo, cuando yo realizo cursos para madres y padres, ciertamente, uso palabras pero, a la vez, trato de persuadir al auditorio, trato de merecer su respeto, trato de colocarlo en ciertas nuevas perspectivas, trato de generar seguridad construyendo realidades compartidas y, a veces, pruebo a descolocarlo estructurando realidades alejadas a su cotidiano. Es decir, por un lado, en mis charlas, existe un discurso (que bien pudiera transcribirse en forma de artículo) y, por otro, encontramos un mezcla de elementos que, entre muchas otras cosas, están vinculados con los patrones de relación clásicos docente-alumnos de acuerdo con las reglas de una escuela.

Incluso, en ciertas ocasiones, me doy cuenta que, en mis clases, y en la manera que tengo de darlas, inconscientemente, estoy buscando la aceptación de aquellos que han venido a escucharme. (Sigue en La comunicación como acto relacional (3/3))

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2 respuestas a La comunicación como acto relacional (2/3)

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