La comunicación como acto relacional (3/3)

Llegados a esta parte (viene de La comunicación como acto relacional (2/3)), la tercera y última, y regresando a los niños, volveré a resumir diciendo que éstos, y sobretodo con los que actualmente convivimos en nuestro proyecto –y, cuánto más pequeños más, ya que están más cerca de los mamíferos preverbales, aunque ya usen la palabra– se comunican sobre las cosas, cuando tienen que hacerlo, empleando en primer lugar señales, movimientos y marcas paralingüísticas (también palabras), que tienen que ver con patrones de relación. En cambio, los adultos empleamos en primer lugar las palabras, que están orientadas básicamente hacia las cosas, para indagar y demandar relaciones. Veámoslo con un ejemplo: Noa, cuando era una bebé, como mi gato, pedía comida diciendo “¡Dependencia!” (un llanto determinado nos ayudaba a deducir que lo que ella quería era mamar) y yo, en mis cursos, solicito la atención, el respeto e, incluso, el amor de mi auditorio, hablando sin parar de cómo podemos respetar más y mejor a nuestros hijos.

Bien, pues. Todo ello, para seguir avanzando. Y, desde aquí, sin perder la estela de Bateson, me urge separar dos términos que, a partir de ahora, nos van a resultar útiles. Son los siguientes: analógico y digital. Las palabras que usamos son la parte del lenguaje que podemos clasificar como digital, y lo relacionado con el movimiento y lo paralingüístico vendría a ser lo analógico. A las palabras las llamamos digital porque los signos que usamos, en sí mismos, no tienen una relación simple con aquello que representan. Por ejemplo, el numeral “5” no es de mayor tamaño que el numeral “2”; y un nombre tiene, generalmente, una relación puramente convencional con aquello que designa. La palabra mesa tiene una relación básicamente arbitraria con el objeto que nombra. No tiene sentido, pues, preguntarnos si mi número de teléfono es mayor que el de Olga porque el intercambio telefónico se da a través de un computador puramente digital. En cambio, en la comunicación analógica se emplean magnitudes reales que corresponden a magnitudes reales vinculadas al contexto comunicativo.

El lenguaje verbal, pues, es casi sólo digital. Y, como decíamos, la palabra “grande” no es de mayor tamaño que la palabra “pequeño”; aunque, a mí, me parecería divertido que así fuera. En cambio, el movimiento y los elementos paralingüísticos (la amplitud del gesto, el volumen de la voz, el grado de la expresión facial, la tensión de nuestros músculos, etc.) son magnitudes que, habitualmente, corresponden a magnitudes que tienen que ver con la relación dentro del marco en el que se da nuestra comunicación. Y, si bien es cierto que lo analógico cubre un gran espectro de lo relacional, también es verdad que los adultos usamos cierto número de palabras (conceptos, matizaría yo) para hablar de funciones relacionales; por ejemplo, amor, amistad, respeto, etc. Pero, queda demostrado por la experiencia que, esas palabras tienen poca eficacia en un supuesto diálogo entre dos humanos adultos que estén vinculados por la relación que, supuestamente, esas palabras designan. Por ejemplo, cuando yo le digo a Olga “Te quiero” es probable que ella preste más atención a todo lo vinculado con mi movimiento (cómo están mis manos, cuál es mi expresión facial, como está colocado mi cuerpo, etc.) y con mis señales paralingüísticas (mi tono de voz, mi cadencia, mi volumen, mi respiración, etc.) que a las palabras en sí mismas. Es decir, los adultos humanos, incluso cuando hablamos de aspectos relacionales, estamos más atentos -aunque todo ello funcione a niveles inconscientes- a la parte analógica de nuestra comunicación que a la digital. Y digo inconsciente porque, aunque yo, en este escrito, quiera explicitar el significado de lo analógico, normalmente, en nuestras conversaciones diarias preferimos que lo analógico permanezca como tal, analógico, inconsciente e involuntario. Y, seguro, tendemos a desconfiar de las personas que pueden simular mensajes -analógicos- sobre la relación que quieren o quisieran mantener con nosotros.

Ya estamos en la recta final de este opúsculo en tres entregas, y tengo la sensación, todavía, de estar en el inicio. Por lo que, y sin más dilación, paso a ofrecer una pequeña conclusión: los niños y las niñas de menos de 6-7-8 años, como mamíferos humanos que son, se comunican (dando y recibiendo), básicamente, desde lo analógico (expresando lo suyo y significando lo nuestro, sobradas veces, dentro de un marco de patrones relaciones; aunque su diálogo, y el nuestro, aparentemente, verse sobre cosas) y, desgraciadamente, los adultos humanos, en demasiadas ocasiones, nos manifestamos e interpretamos sólo desde lo digital (obviando lo relacional). Todo este desbarajuste, bajo mi mirada, es fuente real de conflictos, incomprensiones y desaguisados de toda índole. Así que, ruego al ilustrísimo que, por el bien de los más pequeños, obremos en consecuencia.

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3 respuestas a La comunicación como acto relacional (3/3)

  1. Pingback: La comunicación como acto relacional (2/3) | Ser para educar

  2. Anita dijo:

    Un dia soñé que hablaba con un hombre: Estabamos en una huerta, un jardín o una viña. Había una balsa llena de agua. Estabamos sentados en la repisa de esta balsa. Nos mirábamos y hablábamos. Mi mano, dentro del agua. Se acerco un animal nadando. Era un mamífero, con pelo y acuatico, hágil. Por morro, por boca, tenía el pico de un pato. Entonces era un animal especial, algo raro. Le acaricie la cabeza, la cabezita… Hubo un movimiento rápido y insospechado. El animal me mordió. Tenía dientes dentro de esta extraña boca!!! Miré al hombre preguntando – ¿que puedo hacer?, me está mordiendo!!-
    Él me indicó que metiera la mano de nuevo en el agua, y … el animal me soltó!! FIN.

    He recordado este sueño, pensando en los conceptos del artículo, tal vez inconcreto y fugaz.
    Lo analógico es cambiante, inalcanzable, impossible de conocer, pero más cercano a la VIDA que lo digital.
    Sin analógico lo digital se cae. Tarde o temprano dejan de haber palabras, o en todo caso bailan solas sin sentido y sin gracia.

    Ser, sentir, pensar y espresar. Esta línea es la que da el sonido de cada uno de nosotros, nuestro propio tono.

    Disculpad la dispersión.
    Un abrazo.
    Annita

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