El cuerpo como mensaje (2/3)

(viene de El cuerpo como mensaje (1/3)) En la escuela, en algunas escuelas, el cuerpo se doma. Como si de un caballo salvaje se tratara, ciertos maestros prueban de domesticar a las fieras; los niños, encerrados en el aula para amansarlos y sosegarlos, se sueltan en el recreo. Nosotros y otras escuelas, en cambio, intentamos cuidar y respetar esa cultura corporal propia, familiar, comunitaria.

Ahora bien, a menudo, los adultos usamos de forma masiva el lenguaje verbal. Usamos un lenguaje que quiere ser lógico y abstracto y, de ese modo, nos alejamos, sin quererlo, de los niños a los que pretendemos acercarnos. Sin duda, los educadores que están en contacto con niños menores de 6-7-8 años usan, posiblemente sin darse cuenta de ello, formas de comunicación analógicas (véase La comunicación como acto relacional (1/3)). Y, ahí, me pregunto: ¿realmente, esas comunicaciones analógicas usadas por los adultos responden congruentemente (en magnitud, grado, forma, etc.) a las usadas por los niños? Es decir, por un lado, ¿los adultos somos capaces de acompañar (corporalmente) coherentemente las corporalidades de los niños?; y, por otro, ¿los adultos establecemos congruencia entre todas nuestras vías comunicativas (verbal y no-verbal; analógica y digital)?

Se me antoja pensar que, huyendo del vocablo “actitud no-directiva” y sustituyéndolo por el de “actitud centrada en el niño y el adulto” (véase Te veo y me veo viéndote), la actitud analógica bien pudiera ser una especie de gran aliado de esa actitud respetuosa que intentamos vivir cuando acompañamos a niños en proceso de crecimiento. Esa actitud corporal analógica que va de pies a cabeza pasado por el corazón; que comprende manos, cara, gestos, voz, mirada y movimiento ¿podría ayudar a mantener esa ficticia neutralidad del educador gracias, sobretodo, a la virtud del silencio (un silencio digital, claro está)? Un silencio discriminado, en su justa medida, en su puesto. De esa manera, la Presencia corporal del adulto no quedaría disminuida por la supresión de la palabra (sonido vestido a la moda), sino todo lo contrario, creo, la potenciaría y la elevaría.

Y, llegados a este término, y asumiendo que el cuerpo es el primer instrumento del ser humano y, en principio, el más natural, me pregunto: ¿cuál es la actitud analógica del educador que invita a un niño a mantener, a establecer, una relación? Pienso, una vez más, que pudiera tener que ver con el silencio digital para poder escuchar la Voz del otro (una voz, sobretodo analógica), del niño. Es decir, manifestar una actitud que comprometa al otro, que le muestre al otro que el educador está dispuesto a recibirlo y aceptarlo en su totalidad.

Sin duda el cuerpo habla.
Las metáforas corporales son utilizadas por niños y adultos para estructurar y establecer límites, espacios, relaciones, para reproducir analógicamente experiencias personales y sociales, íntimas y en comunidad y, en definitiva, para construir y coconstruir orgánicamente una identidad. Avanzar y realizar progresos a nivel del propio cuerpo, concienciarnos sobre el hecho que el cuerpo habla… nos ayuda a estar más en contacto con nosotros mismos, vivir más desde la autenticidad y estar más en comunión con la Vida.

Los artefactos, el vestuario, son elementos comunicativos y, según el trato que les demos, pueden llegar a transformarse en elementos excluyentes y discriminatorios. Y, nuestro proyecto no es una excepción, aunque esta reflexión se excedería de lo que pretendo con este escrito.

Ciertamente, en Occidente al menos, el cuerpo, como totalidad, como sistema, como metáfora de grupo, pequeña muestra del cosmos, fractal del universo, se vive disociado, disgregado y roto. Ahora bien, aunque vivamos en la diáspora de lo que podríamos llamar cuepro-campo o cuerpo-comunidad, sin duda, ese cuerpo-comunidad sigue vigente en el inconsciente de todos y, sin darnos cuenta, usamos conceptos como el del “cuerpo de policías” o “cuerpo diplomático”. En nuestro proyecto, ese cuerpo-comunidad también nos visita día a día; y, consientes o no de ello, ese cuerpo-comunidad se va construyendo sin cesar, sin prisa y sin pausa. Ese cuerpo-campo (véase El campo relacional) que nos abraza y nos acoge es aquél que conforma nuestra más profunda sensación de pertenencia; es aquél que nos aleja de la alienación; es aquél que nos permitirá, tal vez, dejar de ser ese cuerpo-máquina y llegar a ese anhelado cuerpo-ser. (sigue en El cuerpo como mensaje (3/3))

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2 respuestas a El cuerpo como mensaje (2/3)

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