El cuerpo como mensaje (3/3)

(viene de El cuerpo como mensaje (2/3)) El uso del cuerpo, de los recursos vocales, de los esquemas corporales, facilita (o impide) la comunicación con los niños; es decir, hacer con el cuerpo aquello que explicado (solamente con palabras) puede no ser comprendido. Y, en ese sentido, vale la pena medir hasta qué punto “aquello analógico” (gesto, voz, movimiento, etc.) ayuda a digerir “aquello digital”, acompañándolo, sosteniéndolo, complementándolo, acundándolo. Aquello no-verbal abre la vía de la asimilación viva y relacional de aquello verbal; por lo tanto, deliberadamente, estamos invitados a llevarlo a la práctica: voz, mímica, trabajo gestual, expresión facial, juego dramático… J. Dewey (1859 – 1952), en este sentido y en muchos otros, nos invita a la reflexión inteligente vinculada con el arte, la estética y el pensamiento cualitativo.

Desgraciadamente, según mi opinión y de acuerdo con el gran Malaguzzi (1920 – 1994), la concepción utilitarista de la educación nos empuja a darle demasiada importancia a la palabra, a lo digital, y, por ende, desvincularla -a la educación- de lo analógico y, en consecuencia, de lo relacional. Para mí, craso error. Cabe decir que, ahora y aquí, en este escrito, se me enreda y complica la intención de transmitir -presionando teclas en el ordenador de manera digital- la importancia que creo que tienen los saberes no-verbales. Podría aporrear la teclas cuando creyera que las palabras que escribo son más significativas, o escribirlas en negrilla, o en un tamaño de 60, pero eso sería poco eficaz. Es aquello ya dicho: el hemisferio derecho no puede defenderse a sí mismo y por sí solo y, para lograrlo, necesita, sine qua non, el apoyo del izquierdo. Intuitivamente tengo la sensación que a medida que avanzamos en una experimentación no-verbal, avanzamos a la vez en la comprensión de aquello a lo que llamamos Vida y que, en el proyecto, nos empeñamos en proteger, defender y acompañar. Lo digital acompañaría a lo analógico como una música acompaña a ciertas danzas. Y, cierto tipo de felicidad, emergería cuando existiera una coherencia (una congruencia) entre ambas y, así, de ese modo, tal vez, lograríamos hablar auténticamente de lo que hacemos, sentimos y pensamos. Así pues, no se trata de inventar nada nuevo. No se trata, pues, de hablar del “escuchar”, sino de presentarnos -corporalmente- dispuestos y abiertos a establecer procesos de escucha. De esa manera, la comunicación analógica desplegada por el educador suscitaría, a menudo y tal vez, por parte del niño, una intensa comunicación verbal y no-verbal deseada; por ejemplo, cuando un niño del proyecto percibe profundamente esa presencia y esa atención respetuosa (en cuanto a lo analógico), y silenciosa -y/o en palabras descriptivas- (en cuanto a lo digital), que le brinda el adulto, y de ello resulta,  una sensación -en el niño- enriquecedora, vigorizante; y que, también y sin duda, la puede generar en el adulto. Es decir, un tipo de “saber estar” que tiene en cuenta aquello corporal puede incrementar la seguridad y la tranquilidad del niño y permitirle, en el ahora y el aquí, ser más él mismo. Cuando un niño se siente aceptado, y nota que el educador está dispuesto a escucharle (y éste lo demuestra con todo su cuerpo), entonces, él mismo, el niño, se regala a sí mismo la oportunidad de abrirse a su propia experiencia y, si cabe y así lo requiere, a compartirla con el mundo. El niño, cuando el educador está -desde su Ser- congruentemente (cuerpo y mente en armonía) con él, se siente  -puede sentirse- un nosotros, un cuerpo-comunidad.

Invito a los que hayáis llegado a este punto de la lectura a realizar la siguiente práctica, por otro lado habitual en el proyecto: durante unos minutos, agachaos a la altura del niño, y, simbólicamente, construid un habitáculo -cuasi energético- con vuestro propio cuerpo -y el del niño- que os acoja a vosotros y al niño y que, de alguna manera, os resguarde -sin aislaros-, metafóricamente, de todo aquello que os rodea; como si de una segunda piel se tratase. Entonces, lo observáis en silencio digital, pero siendo conscientes que vuestro cuerpo -y el del niño- no cesan de hablar analógicamente. Y, probáis de sintonizar con él a ese nivel, al nivel  analógico. Y, al mismo tiempo, sed conscientes que ese hablar analógico tiene que ver con el tipo de relación que ambos habéis construido y que, en el ahora y en el aquí, estáis construyendo. Y que incluso aquello digital que pudiera darse, ahí, también tiene que ver, prioritariamente, con lo relacional. Y que, en ese momento, estáis construyendo, a su vez, ese cuerpo-campo que tiene que ver con el nosotros. Y, ahí, lo escucháis corporalmente, de manera significativa, y le regaláis, sin más, sin expectativas, sin objetivos, sin juicios, sin currículums, sin prejuicios, sin futuro… vuestro tiempo.

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7 respuestas a El cuerpo como mensaje (3/3)

  1. Pingback: El cuerpo como mensaje (2/3) | Ser para educar

  2. Muchas gracias por tus reflexiones, tu compartir y esta propuesta final. Muy interesante y siempre un regalo ponernos a la altura de estos sabios. Durante la lectura de las tres partes, he pensado y sentido esa comunicación no-verbal que nos ofrecen los niños sobre todo entre ellos, antes de que dominen el lenguaje verbal, esa comunicación no-verbal difícil de acoger, el empujón de ‘ahora no quiero estar contigo’, esa bofetada de ‘me caes muy bien’…..Me encantaría saber como siente un educador, la escucha corporal sin objetivos en estos casos, el tiempo que se dedica a resolver esa CNV socialmente prejuzgada, penalizada y muchas veces no permitida.

    • Caroline,
      primero quiero agradecerte tu comentario
      y tu presencia en este espacio.
      Para mí es un placer contar contigo y con tus reflexiones…

      ¿Cómo siente el educador la escucha corporal del otro?

      Kyrorai, un alumno de Bashô, escribió:

      Cima de peña:
      allí también hay otro
      huésped de la luna.

      ¿En qué pensaba cuando lo escribió?, le preguntó Bashô a Kyorai. Kyorai contestó: Una noche, mientras caminaba en la colina bajo la luna de verano, tratando de componer un poema, descubrí en lo alto de una roca a otro poeta, probablemente también pensando en un poema. Bashô movió la cabeza: “hubiera sido mucho más interesante si las líneas: “allí también hay otro / huésped de la luna” se refiriesen no a otro sino a usted mismo.

      Y, con eso, quiero decirte que, según mi experiencia, escuchar el cuerpo del niño, empieza por escucharse a uno mismo y, entonces, esa escucha del otro pasa a ser la escucha de un sí mismo. Puedo escuchar al otro porque antes he aprendido a escucharme a mí mismo. Puedo escuchar la Vida del otro porque yo mismo estoy Vivo. Y, en ese proceso, a su vez, distingir lo mío, lo del otro y lo que pertenece a ambos. Y, ese distingir, es otro arte…

      Muchas gracias, de nuevo
      y no dejes de reglarnos tu presencia

      Muchas

  3. Importante acción: su “El Cuerpo Como Mensaje”. Un matiz en ello (si distinguiéramos “relación” de “vínculo”): ¿cuál es la “vectorización” vincular discernible que puede colegir la atención flotante de tal o cual participante en la relación? Lo que tiene que ver con los procesos transferenciales que se dinamizan; y también con el “legado” estructurante -las identificaciones y vías configuradas para nuestra líbido en la morbidez primera de cada quien -. Bueh.. Comentario más cortito no podría hacer yo ahora. ¿Y de Martin Buber no toma usted respaldo?
    SALUDOS

    • Querido Sergio,
      su comentario me abruma; pero, de alguna manera, voy a intentar escribir aquello que me sugiere, incluyendo en mi respuesta a nuestro querido Buber.

      En el encuentro con el otro, en esa relación con el otro, Lévinas nos invitará a construir un un humanismo del otro. Un humanismo que no va dirigido a un hombre genérico y lejano, universal, platónico; sino que se cuestiona por el otro. El otro como ese ser humano que desde su diferencia me invita a la ética y a la responsabilidad. El otro como un educando (de cuerpo y alma) que no podemos reducir a un esquema, a un número, a una edad; un educando, único e irrepetible, que, en la relación que con él mantengo, me transforma, a mí, en alguien también insustituible. Soy educador de Cuerpo y Alma que al encontrarme con el niño, con el otro, me digo: Yo soy otro (Rimbaud). Nadie puede ocupar mi lugar en la relación con el educando; me encarno en él. De esa manera, el educando se transforma del eso al Tú. Y, ahí, redescubro el Tú y, tal y como nos dirá Buber: “en el Tú el hombre se convierte en un Yo”. E, invitados por ese encuentro, y sabiendo que para que nuestra Identidad se manifiesta es necesario el otro, podremos ir más allá del yo-tú, trascenderlo, y construir el nosotros. Y, entonces, Lévinas nos hablará de la epifanía de ese nosotros, de la Presencia de la relación; de ese encuentro como revelación, manifestación. Y, nos dirá, que podemos acceder a ese encuentro con el otro, a esa conexión que puede llegar al éxtasis, a la sacralidad, a través del rostro del otro.
      En eset sentido Lévinas nos dirá: El «rostro» es lo que se halla detrás de la fachada, bajo el semblante que cada uno se da: es la mortalidad del prójimo. Para ver, para conocer el rostro, hace falta ver insistentemente al otro. El «rostro» en su desnudez es la fragilidad de un ser único expuesto a la muerte, pero al mismo tiempo es el enunciado de un imperativo que me obliga a no dejarlo solo.

      De todo corazón le agradezco su participación y, también , la posibilidad que haya apliado mi reflexión.
      Reciba un fuerta abrazo

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