De paseo con Makarenko (1/3)

En el año 1997, me leí por vez primera el Poema Pedagógico de A. Makarenko (1888 – 1939). Conseguí una vieja edición rusa en Managua, en un puesto de libros de segunda mano y, desde el inicio hasta el fin, el texto me dejó sin respiración. En esa época yo tenía muy clara mi vocación y, con todo mi cuerpo, me encaminaba a grandes zancadas a lo que yo llamaba la educación con mayúsculas: trabajar con niños/as y jóvenes en situación de riesgo social. Pues bien, al parecer, en la que luego se llamaría Colonia Gorki, en 1920, a Makarenko le habían asignado un colectivo de muchachos, jóvenes delincuentes, menores de edad que, según el relato del pedagogo ruso, iniciaron su singladura por el centro con un actitud díscola y altamente problemática. Sin duda, de los tres volúmenes de la edición moscovita, las primeras 30 páginas del primer tomo, fueron las que, de golpe, me dejaron sin aliento y me impulsaron, a la carrera, a seguir la que sería una frenética lectura.
Makarenko, melancólico y siniestro, en medio de una complicadísima situación, sintiéndose rechazado y menospreciado por sus educandos, nos cuenta:

Una mañana de invierno pedí a Zadórov que cortase leña para la cocina. Y escuché la habitual contestación descarada y alegre:

  • ¡Ve a acortarla tú mismo: sois muchos aquí!

Era la primera vez que me tuteaban.
Colérico y ofendido, llevado a la desesperación y al frenesí por todos los meses precedentes, me lancé sobre Zadórov y le abofeteé. Le abofeteé con tanta fuerza, que vaciló y fue a caer contra la estufa. Le golpeé por segunda vez y, agarrándole por el cuello y levantándole, le pegué una vez más.
De pronto, vi que se había asustado terriblemente. Pálido, temblándole las manos, se puso precipitadamente la gorra, después se la quitó y luego volvió a ponérsela. Y probablemente yo hubiera seguido golpeándole, pero el muchacho, gimiendo, balbuceó:

  • Perdóneme, Anton Semiónovich.

Mi ira era tan frenética y tan incontenible, que yo me daba cuenta de que, si alguien decía una sola palabra contra mí, me arrojaría sobre todos para matar, para exterminar a aquel tropel de bandidos. En mis manos apareció un atizador de hierro. Los cinco educandos permanecían inmóviles junto a sus camas. Burún se arreglaba precipitadamente algo en el traje.
Me volví a ellos y les conminé, golpeando con el atizador el respaldo de una cama:

  • O vais todos inmediatamente al bosque a trabajar o ahora mismo os marcháis fuera de la colonia con mil demonios.

Y salí del dormitorio.
En el cobertizo donde guardábamos las herramientas empuñé un hacha y contemplé, ceñudo, cómo los educandos se repartían las hachas y los serruchos. Por mi mente pasó la idea de que era mejor no ir al bosque aquel día, no poner las hachas en manos de los educandos, pero ya era tarde: se habían repartido todas las herramientas. Daba igual. Yo me sentía dispuesto a todo: había resuelto no entregar gratuitamente mi vida. Además, tenía el revólver en el bolsillo.
Nos fuimos al bosque. Kalina Ivánovich me dio alcance y, terriblemente agitado, susurró:

  • ¿Qué pasa? Dime, por favor: ¿cómo están hoy tan amables?

Yo contemplé distraído los ojos azules del Pan y respondí:

  • Mal van las cosas, hermano… Por primera vez en mi vida he pegado a un hombre.
  • Pero, ¿qué has hecho? -se sorprendió Kalina Ivánovich-. ¿Y si se quejan?
  • Eso es lo de menos…

Para mi asombro, todo transcurrió bien. Estuve trabajando con los muchachos hasta la hora de comer. Cortábamos pinos torcidos. En general, los muchachos permanecían sombríos, pero el aire puro y helado, el hermoso bosque, que ornaba enormes caperuzas de nieve, la amistosa colaboración del hacha y el serrucho hicieron su obra.
En un alto, fumamos confusos de mi reserva de majorka, y Zadórov, echando el humo hacia las copas de los pinos, lanzó de repente una carcajada:

  • ¡Menudo! ¡Ja, ja, ja, ja!

Era agradable ver su rostro sonrosado, que agitaba la risa, y yo no pude dejar de sonreír:

  • ¿A qué te refieres? ¿Al trabajo?
  • También al trabajo, pero ¡hay que ver cómo me ha zumbado usted!

Era natural que Zadórov, un mocetón robusto y grandote, se riese. Yo mismo me sorprendía de haberme atrevido a tocar a tal gigante.
Lanzó otra carcajada, y, sin dejar de reírse, empuñó el hacha y se fue hacia un árbol.

  • ¡Vaya una historia! ¡Ja, ja, ja, ja!

Almorzamos juntos con apetito, bromeando, pero no aludimos más al suceso de la mañana. Yo, sin embargo, me sentía violento, aunque estaba dispuesto a no bajar el tono y seguí dando órdenes con las misma firmeza después de la comida. Vólojov sonreía, pero Zadórov se aproximó a mi con una expresión de lo más seria:

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2 respuestas a De paseo con Makarenko (1/3)

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